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May 1, 2012

Adicción

capitalismo

El discurso hegemónico tiene el descaro de denominar de anti sociales a los “drogadictos”, siendo un completo producto de la falta de espacios y oportunidades generadas por una sociedad injusta y desigual.

Este discurso es además cínico, ya que nuestras sociedades disfrazan y ocultan un enorme consumo de drogas lícitas e ilícitas por una numerosa parte de la población en la esfera más privada, alrededor de toda clase social, grupo etario e incluso al interior de las clases gobernantes.

Pero el discurso hegemónico además es destructivo al reproducir y legitimizar muchas otros hábitos y productos nocivos para el ser humano, de índole completamente adictivos. El consumismo es sin duda el más preocupante. Nuestros hábitos de consumo están impregnados en todas nuestras prácticas sociales, sin siquiera darnos cuenta. Lo profundo da paso a lo superficial.

En una sociedad completamente adicta al dinero, la rehabilitación del capitalismo es prácticamente imposible sin cambios paradigmáticos revolucionarios.

 

Nico Riethmuller

Director – El Diario Judío

May 1, 2012

Minian de Adicción

Adicción

EDITORIAL

Ley de Tolerancia 0: estrategias de coerción y represión para una sociedad carente de educación.

NICKY ARENBERG

Adicciones Legales: beneficios monetarios para un Estado que vende la salud de sus habitantes.

GABRIEL MINOND

Uso de Sustancias con Potencial Adictivo: del Pasado al Presente.

JAIE MICHELOW

Convenciones sociales y percepciones en torno al consumo de drogas ilegales: la búsqueda de estilos de vida alternativos y sin legitimidad.

ARIEL BOHORODZANER

El Bien y el Mal, o sobre retóricas impuestas y nuevas formas alternativas hacia la emancipación.

FELIPE QUINTEROS

El camino de la Intolerancia Religiosa como la adicción ante el vacío de creer en algo más allá de lo superficial.

BENJAMIN KRAUS

Adictos a la Justicia Social: compartir y aprender para cambiar mis percepciones a la sociedad.

ARIEL VAISMAN

Las adicciones como falsa solución a las demandas de un mundo amenazador.

ALEXANDER MINOND

Combatiendo adicciones y dependencias: el desafío de definir y decidir nuestra felicidad.

DIEGO SILVA CASSORLA

Con tan solo 10 años. Imaginación e Ingenuidad.

YOEL GENI

 

May 1, 2012

Ley de Tolerancia 0: estrategias de coerción y represión para una sociedad carente de educación.

tunik bandera chile

por NICKY ARENBERG, Est. de Derecho. U. de Chile. Secretario General Federación de Estudiantes Judíos. Coordinador El Diario Judío.

La Ley 20.580 que se promulgó el 9 de marzo pasado, conocida comúnmente como “Ley de Tolerancia 0”, contiene en su articulado[1] una serie de medidas que tienen por fin aumentar las sanciones por manejo en estado de ebriedad, bajo la influencia del alcohol, sustancias sicotrópicas o estupefacientes. Dentro de esta Ley, se contemplan los controles discrecionales de carabineros con alcohotest y narcotest a conductores, y la posibilidad de la pérdida de licencia de conducir de por vida.

A primera vista, a una persona medianamente razonable, le puede parecer que estas medidas son necesarias y justas, haciendo una deducción del tipo “menos conductores con conciencia alterada es igual a menos accidentes”. El problema es que este diagnóstico deja fuera dos temas relevantes: el primero es cómo se determina el standard y la medición de la conducción bajo la influencia del alcohol o las drogas, y el segundo es que función social cumple el enforcement de la Ley de Tolerancia 0.

Sobre el primer tema, la determinación de un standard sobre lo que no es tolerable para la Ley de conducir, es clave. En el caso del alcohol, el Legislador ha determinado 0.3 g de alcohol por litro de sangre, cifra que es excedida por el consumo habitual socialmente aceptado de un chileno promedio en una cena – un aperitivo y una copa de vino. Por esto, la eficacia de la norma solo va a depender del miedo a la coerción contra la convención social arraigada en la idiosincrasia chilena y en cuanto tiempo se mantenga la política de control actual por parte de carabineros. Esto hace que respecto al standard que se estableció, la norma sea desproporcionada y poco adecuada para la sociedad chilena, confiando entonces no en la racionalidad de los individuos sino en la posibilidad de reprimir el comportamiento con la expectativa de corregir o dejar fuera de las calles a los reincidentes.

Ahora, al mismo respecto, el caso del consumo de drogas o estupefacientes mientras se conduce es bastante más complejo. En poco tiempo más, con la finalidad de imponer las mismas sanciones que en el caso del alcohol a los consumidores de drogas o estupefacientes, se comenzarán a realizar controles en la vía pública a conductores con narcotest. Este método funciona, en palabras de la directora del SENDA Francisca Florenzano, con un sistema de “lengüetas que a través de la saliva identifican si hay presencia (de estupefacientes). Mide cinco tipos de drogas que son las que más se consumen en el país: marihuana, cocaína, pasta base, metanfetaminas y éxtasis”[2].

La elección de este sistema trae a la luz varios issues: 1) el consumo personal de las drogas afectas a la Ley 20.000 no está penalizado, en virtud del Art. 4 de la misma norma[3]. 2) al no estar penalizado el consumo personal de drogas, pero si la conducción bajo los efectos de estas (y sin fijar un standard mínimo, como en el caso del alcohol), la fiscalización debe focalizarse exclusivamente en la conducción misma. 3) El narcotest solo arroja resultados respecto a la presencia de la gama de drogas que es capaz de detectar. De comprobarse por esta vía la presencia de drogas o estupefacientes en el cuerpo, se realiza un examen de sangre al conductor para determinar la cantidad y tipo de droga que se consumió. 4) Las drogas sujetas a este control se mantienen en el organismo por días o semanas después del último uso, haciendo imposible que el narcotest o el examen de sangre posterior permitan determinar que un conductor estaba o no bajo los efectos de las drogas.

Considerando lo anterior, es claro que el enforcement que se planea hacer del standard legalmente establecido que prohíbe manejar bajo los efectos de las drogas es absolutamente inadecuado e ineficiente. Esto debido a que no comprueba de ninguna manera si el conductor se encontraba con sus capacidades alteradas o bajo efectos de drogas al momento de conducir, sino que solo determina que el conductor ha consumido drogas en el pasado más o menos próximo. Cabe señalar, a modo de ejemplo que, en los lugares en que se ha legalizado el uso medicinal de la marihuana, se ha producido una caída en los accidentes fatales viales y una reducción en la venta y la conducción bajo los efectos del alcohol[4]. En respuesta a esto, los sectores prohibicionistas han intentado implementar medidas de tolerancia 0 a la conducción bajo los efectos del cannabis, lo cual ha sido ampliamente rechazado por la comunidad científica, por las mismas razones ya planteadas.

La forma en que el Estado ha determinado el standard y la medición de la conducción bajo la influencia del alcohol o las drogas en la “Ley de Tolerancia 0” es deficiente e inadecuada para la realidad nacional y, en el caso de las drogas, para el mundo científico. Además, se vale de tácticas que se basan en el miedo, la represión y la coerción de las libertades para modificar un comportamiento a posteriori, con la pretensión de prevenir accidentes. La última estadística del INE respecto a accidentes de tránsito (2010[5]), refleja que de un total de 57.746 accidentes en ese año, 4.578 ocurrieron porque uno de los conductores se encontraba bajo la influencia de drogas lícitas o ilícitas (incluido el alcohol). De estos, solo 17 accidentes tuvieron como causa la conducción bajo los efectos de drogas o estupefacientes. El esfuerzo logístico y presupuestario de hacer el enforcement de la “Ley de Tolerancia 0” es desproporcionado con la cantidad de accidentes que realmente causan la ingesta de alcohol o drogas.

Habiendo hecho el análisis anterior, queda todavía la pregunta respecto de la función social del enforcement de la Ley 20.580. Desde el articulado de la norma y la historia fidedigna de su tramitación, se puede notar que la finalidad de la misma es netamente coercitiva y correctiva, confiando en que la represión materializada en un alza en el número de controles policiales, la amenaza de sanciones durísimas y una campaña mediática alarmista son suficientes para “corregir” a la sociedad al obligarla a internalizar el contenido de la Ley, reduciendo la cantidad de accidentes de tránsito e incluso la tasa de adicción al alcohol y las drogas.

Este es un enfoque común en la Legislación chilena en que la preocupación es más sobre la forma que sobre el fondo del asunto, presumiendo que los chilenos aprenden “con mano dura” y que se puede llevar a un standard moral social más alto a través de la represión. Pero la realidad es que en este caso el cometido de la Ley no parece poder lograrlo. Si bien desde que se puso en marcha la “Ley de tolerancia 0”, ha habido múltiples detenciones y sanciones a conductores, además la asociación nacional de empresarios nocturnos ha afirmado pérdidas de alrededor de un 40% de sus ganancias normales debido al cambio normativo; sin embargo, los accidentes de tránsito prácticamente no han disminuido. Las autoridades han dicho que esa nula baja en los accidentes se debe a que los jóvenes decidieron consumir drogas en vez de alcohol, pero que este número también debería bajar una vez que se implemente el narcotest.

Este diagnóstico de las autoridades presume que para un consumidor existen solo dos opciones respecto al consumo de drogas o alcohol: dejar de consumirlos o eventualmente perder su licencia de conducir (o alguna sanción más grave dependiendo del caso). Esto está profundamente errado, ya que los conductores que causan generalmente accidentes de tránsito bajo los efectos del alcohol o las drogas son aquellos que simplemente no le temen a la coerción, ni a los controles policiales, ni a perder su licencia de conducir, son aquellos que no tienen (o no quieren tener) conciencia de las consecuencias de sus acciones.

De esta forma, la función social que cumple el enforcement de la “Ley de tolerancia 0” es solamente la de reprimir y tratar de condicionar, a un alto costo y con la finalidad de disminuir tanto el consumo de alcohol y drogas como los accidentes de tránsito. Y es esta la gran falla de esta ley, que es una solución ex-post al alcoholismo, la drogadicción y la conducción irresponsable en estados alterados de conciencia. Lo que hace falta en Chile para este tema no son sanciones más duras, más carabineros en las calles y mayor constricción de las libertades cívicas y sociales; en Chile nos hace falta mejor educación, buenas campañas de información, programas públicos efectivos de prevención y rehabilitación de adictos, políticas de seguridad vial realmente enfocadas a la prevención de conductas irresponsables (y no solo las que se consideran más graves) y Leyes de control de sustancias lícitas e ilícitas acordes con una sociedad que quiere ser desarrollada.

 


[1] La ley completa en: http://bcn.cl/5jln

[2] Fuente: http://www.lasegunda.com/Noticias/Nacional/2012/03/732075/ahora-se-acerca-el-narcotest-medira-el-consumo-de-cinco-drogas-en-los-conductores

[3] Ley 20.000 en http://bcn.cl/4sia

[4] Según el siguiente estudio: http://ftp.iza.org/dp6112.pdf

[5] Informe anual 2010 del INE sobre carabineros, pp. 248. http://www.ine.cl/canales/menu/publicaciones/calendario_de_publicaciones/pdf/carabineros_2010.pdf

May 1, 2012

Adicciones Legales: beneficios monetarios para un Estado que vende la salud de sus habitantes.

tabaco

por GABRIEL MINOND, Est. Medicina, U. de Chile.

Existe en el cerebro un núcleo de sustancia gris llamado núcleo accumbens, que es entre otras cosas, un centro especializado para procesar lo relacionado con los placeres y las adicciones. Esto significa que de alguna forma estamos creados para responder ante ciertos placeres a manera de adicciones, éstas existen en nuestra naturaleza, son un hecho.

Frente a esta condición natural, determinadas empresas supieron como manejarlo a su favor y se aprovechan de este hecho para conseguir más marketing, utilizan publicidades con determinados signos, y algunas usan sustancias adictivas para comercializar. A su vez, los gobiernos se aprovecharon de estas situaciones para lograr tributo y cobrar impuestos. Ejemplos de esto son los casinos, las drogas, el alcohol y la más emblemática de todos: el tabaco.

El tabaco es una planta que ha sido convertida en uno de los productos más conocidos a nivel mundial desde hace muchísimos años: el cigarro, y es también el único producto comercializado que dándole el uso para el cual está hecho; mata. Las empresas que comercializan estos productos en base a tabaco, lo presentan de distintas formas: puros, cigarrillos, tabaco en bolsa tanto para pipa como para armarse su propio cigarro. Sea como sea, todas estas entregan un producto que en su base poseen una sustancia que brinda cierto tipo de placer, el cual a su vez lleva a un estado de adicción: la muy conocida Nicotina. El tabaco sin la nicotina no sería producto, esa es su sustancia primordial. Esta planta no solo es una planta adictiva, sino también altamente cancerígena. Pero ¿es el tabaco el problema en sí, o el problema ronda más en las mismas empresas que lo comercializan?

Las empresas tabacaleras (principalmente las de cigarrillos) son las empresas agricultoras más rentables, por lo cual no extraña que se haga tanto negocio de éstas, pero lo que las hace altamente rentables es el éxito que tiene el producto por su potencial adictivo, por lo cual amarra a sus compradores, pudiendo llevarlos hasta la muerte. El tabaco en sí tiene niveles de nicotina suficientes para producir la adicción, sin embargo, las mismas empresas buscan la forma de reducir los costos y aumentar su potencial adictivo.  Si estas empresas utilizaran solamente tabaco puro para la confección de sus cigarros, gastarían mucho más dinero, pero no sería tan insano y cancerígeno (como lo es el caso de las finas empresas de Habanos, de tabaco muy puro y complicados de hacer, que conllevan un costo muy alto de fabricación tanto en material como costo humano, generando un publico objetivo mucho menor que el cigarro, pero a la vez son menos nocivos).

Lamentablemente, la forma de reducir el costo es aumentar la masa para no gastar tanto tabaco puro  por cigarro. El tabaco puro es la mitad de un cigarrillo, el resto son tabaco expandido (20% del cigarrillo) y tabaco reconstituido (30%). En que constan estos dos métodos ahorrativos: el primero en expandir el tabaco mediante dióxido de carbono, y el segundo, mucho más agresivo, recolectar tallos molidos, desechos, polvo de tabaco recogido del suelo de la fábrica, e incluso el tabaco de cigarrillos “vencidos”, todo lo ponen en un tanque y les sacan todas sus propiedades,  como si fuese una infusión. Luego lo pasan a otro tanque donde se le ponen químicos para liberar las moléculas de nicotina con amoniaco (lo cual aumenta la absorción de la nicotina por el fumador), o adherirle otros aditivos para que no raspe al fumar, o sabores para simular el sabor del tabaco puro. Este líquido químico luego se impregna en un papel fabricado también con restos y desechos de tabaco, para molerlo finalmente y simular tabaco real.

El producto de todo este procesamiento sale más rentable para el dueño de la empresa tabacalera, pero esto tiene un costo en el usuario, y es que esta reducción de costos es justamente aumentar el potencial cancerígeno de los cigarros.

Actualmente, los gobiernos de todo el mundo intentan hacer campañas antitabaco, poniendo grotescas imágenes en las cajetillas de cigarro, que muestran por lo general las consecuencias mismas de fumar que son nefastas como: cáncer (de boca, lengua y pulmonar), enfisemas pulmonares, impotencia sexual, llegando incluso a cosas que uno, a pesar de conocer a mucha gente fumadora, nunca ha sabido de éstas, como gangrena en los pies. Pero ¿realmente los gobiernos quieren que uno deje de fumar?

La respuesta está en la efectividad de estas campañas: no son efectivas porque el gobierno se enriquece con el impuesto que le brinda el tabaco, sacando un provecho de cada venta; si disuaden al usuario de comprar cigarros, cortan una fuente de ingresos enorme para cada país. Si ellos realmente quisieran que uno no fume, harían campañas mucho más avasalladoras y agresivas, incluyendo el control de estas empresas para que por último vendan un producto puro, menos adictivo y mucho más importante: menos nocivo.

Hacer de las adicciones un negocio es algo que no está penalizado por la ley, es algo incluso que a los gobiernos les conviene para así poder sacar provecho monetario. No son legales muchas drogas, pero si lo son otras como el cigarrillo y el alcohol. Es ilegal fabricar alcohol en las casas, al igual como tener plantas de tabaco, por la única razón de que si tú te autoabasteces, no compras, y si no compras, no le rindes tributo al país por el abuso de un servicio que tiene el potencial de entregar muchos tributos. No causa extrañeza que no sea ilegal plantar tomates en la casa, debido a que no es un producto que cause adicción, por lo cual el país no puede utilizar esta cualidad como un negocio.

A todos los participantes de este juego de negocios les favorece el aumento adictivo del producto y la reducción de costos excepto al mismo usuario, y a este es finalmente al cual se le apela al momento de hacer campañas antitabaco, acusándolos de inconscientes y de ensuciar la salud de sí mismos y las personas que los rodean; cuando en realidad son manipulados por los únicos que sí se benefician, y que en realidad son los únicos que tienen las herramientas y pueden frenar esta pandemia.

May 1, 2012

Uso de Sustancias con Potencial Adictivo: del Pasado al Presente.

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por JAIE MICHELOW, Arqueóloga, U. de Chile.

El uso de sustancias con potencial adictivo ha estado presente en la historia de la humanidad desde el pasado más remoto, siendo tan antiguo como nuestra especie. La primera evidencia de una valoración especial de plantas con potencial sicoactivo es la utilización de flores con tales propiedades como ofrenda funeraria en un enterratorio Neandertal en Shanidar-4 (Shanidar, Irak).

Sustancias sicoactivas, sicotrópicos, alcaloides o alcoholes, todos tienen un alto potencial de adicción a la vez que ofrecen otras propiedades a descubrirse con el consumo humano; desinhibidores, relajantes, anestésicas, medicinales, alucinónegas, y por ellas, grupos humanos variados y distantes han desarrollado prácticas culturales a su alrededor.

Desde la antigüedad hasta el medioevo europeo se registra el uso de raíz de mandrágora como medicina recomendada para el control del dolor. El manejo y aplicación de ésta estaba restringido a magos y alquimistas que hacían las veces de farmacéuticos y médicos. Las propiedades sedantes de la amapola, conocidas desde hace miles de años, se transformaron en láudano y opio, que alcanzaron mayor popularidad y estigmatización en el siglo XIX a causa de su alto poder adictivo y de la carga simbólica asociada a su consumo.

Sociedades dela Américaprecolombina utilizaron numerosas plantas como fuentes de alivio o experiencias sagradas. El uso de hongos alucinógenos se ha registrado en el área mesoamericana desde hace siglos, así como el aprovechamiento de cactáceas en el área andina, a fin de preparar brebajes con propiedades alucinógenas para ser utilizados en contexto de ceremonias chamánicas.

En la actualidad estatuillas, pipas, pinturas murales y rupestres, nos hablan del uso consistente de sustancias con potencial adictivo en todo el mundo; al apreciar estas antigüedades con visión histórica o estética no les atribuimos la misma carga social y simbólica con la que juzgamos a sustancias equivalentes en el presente.

¿Cuál es la diferencia? Por una parte consideramos las variables técnicas: las sustancias utilizadas en el pasado o en el presente en contextos tradicionales fueron elaboradas por producción artesanal, de modo que su potencial efectivo es “natural” y “moderado”, contrastando con las concentraciones y pureza química de los derivados industriales, las cuales significarían mayor impacto biológico y un daño médico y social también mayor. Desde otra perspectiva, los derivados modernos se insertan en nuestra realidad social fuera del marco de la legalidad, como parte de redes de comercio ilegal asociadas a criminalidad y marginalidad.

En relación al contexto cultural, el uso y aprovechamiento de sustancias con potencial adictivo en la prehistoria se enmarcaba en situaciones rituales, donde la experiencia personal o grupal estaba mediada por especialistas, chamanes o curanderos, que regulaban el uso en contextos específicos, a la vez que orientaban al individuo en una vivencia estructurada en torno a la relación con lo sobrenatural y lo sagrado[1].

La utilización de drogas modernas es sinónimo de adicción biológica y sicológica, se considera un problema de salud pública el cual se expresa en un padecimiento individual, condenado socialmente y catalogado como enfermedad. ¿Qué pasa en el caso de comunidades indígenas que en la actualidad, insertas en el contexto global, mantienen aún prácticas tradicionales?

En muchos casos, la introducción de nuevas sustancias (como alcoholes refinados) enla Américaindígena dio paso a una desregulación del consumo, dando paso a la generación de individuos adictos y un nuevo problema social. Por otra parte, nuevas situaciones de conflicto, explotación, crisis social y marginalización, produjeron un debilitamiento de las estructuras tradicionales de religiosidad y autoridad, las cuales garantizaban el equilibrio del grupo social y sus miembros.

Casos registrados globalmente indican que comunidades indígenas enfrentan crecientes tasas de adicción en correlación con el decaimiento y colapso de sus estructuras tradicionales y vida comunitaria[2].

Pese a que hayan otras comunidades que mantienen cierto equilibrio entre las demandas de la vida moderna, entre la dependencia y subordinación con los estados nacionales y el mantenimiento de prácticas ancestrales, su situación articula y da sentido a la vida social y personal. Pese a las percepciones que genera nuestra sociedad sobre el consumo de drogas y la regulación en torno a éstas, el consumo de sustancias con potencial adictivo se puede desarrollar con un propósito, en un tiempo y espacio determinado.


[1] Ejemplo de esto es el uso de alucinógenos por parte de sociedades andinas, específicamente semillas de anadenathera en forma de polvos inhalatorios y preparaciones en base a hongos Psilocibios (Teonanácatl) por parte de pueblos medoanericanos.

May 1, 2012

Convenciones sociales y percepciones sobre estilos de vida alternativos a los socialmente aceptados.

trainspotting

por ARIEL BOHORODZANER, Est. Derecho, U. de Chile. Director de Gestión, Federación de Estudiantes Judíos. Coordinador El Diario Judío.

”Elige una vida, elige una carrera, elige una familia, una maldita televisión, un auto, electrodomésticos, cds. Elige buena salud, bajo colesterol, seguro dental. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige a tus amigos. Elige sentarte en el sillón viendo programas de concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu, mientras rellenas tu boca con comida chatarra. Elige pudrirte de viejo para terminar meándote encima en un asilo miserable, siendo una vergüenza para los egoístas imbéciles malcriados que engendraste para remplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?… Piensa en el mejor orgasmo que has tenido en tu vida, ahora multiplícalo por mil y aun no se acerca”

Con este monólogo comienza la película Trainspotting de Irvine Welsh, la cual es un excelente caso para analizar las adicciones, ya que el autor logra presentar desde una perspectiva racional la vida de un drogadicto y las decisiones que éste enfrenta.

La sociedad occidental capitalista se orienta a maximizar el placer, en base a la teoría utilitarista de Bentham, la cual postula que las personas buscan satisfacer la mayor cantidad de las infinitas necesidades con una cantidad limitada de recursos. O por lo menos ese es el principio básico de la teoría económica en que se funda nuestra organización social. Esta tendencia deriva de los instintos básicos del ser humano que tienen por finalidad aferrarse a la vida, lo cual es el fundamento de cualquier impulso, siendo este instinto de supervivencia lo más esencial de la naturaleza de todos los seres vivos.

Por este motivo es que los animales, incluidos los seres humanos trabajarán para conseguir comida, agua, sexo y la oportunidad de explorar entornos nuevos donde puedan procurarse las anteriores. Las personas al satisfacer su necesidades tienen una sensación de placer.

Freud postula que las personas tienen pulsiones de vida, que se designan también con el término «Eros». Éstas abarcan no sólo las pulsiones sexuales propiamente dichas, sino también las pulsiones de auto conservación, conllevando a que nuestros actos estén en cierta medida condicionados por el instinto de preservar la especie. Será entonces la motivación de nuestro actuar cotidiano el solventar nuestras necesidades en pos de nuestro instinto más básico que es la vida.

Podría decirse que limitamos nuestras libertades, nos sometemos al orden impuesto, a las normas sociales, estudiamos, tratamos de obtener buenas calificaciones, para posteriormente alcanzar un buen puesto de trabajo, ganar dinero, ser un miembro respetable de la sociedad, con la aspiración de ser estimado como una buena pareja y tener la facultad de procurarse de la mejor manera alimentos, abrigo, salud, status, prestigio, etc.

Las adicciones se entienden tradicionalmente como una afición desmedida a ciertas sustancias o actividades. Pero ¿cual es la diferencia entre estos impulsos y los perfectamente naturales que nos estimulan a conservar la vida?

Considerando la vida como el estímulo primario en nuestro actuar, podemos entender que una adicción es un impulso natural, de la misma naturaleza que los de supervivencia, pero que son disfuncionales en la sociedad, por ejemplo el sexo es un estímulo positivo hasta que este impulso comienza a tener un carácter patológico al implicar un comportamiento compulsivo e indeseable para el orden social, trayendo consigo consecuencias negativas que a pesar de estar conscientes son prácticamente irresistibles: es entonces cuando se considera a una persona adicta al sexo.

Según la filosofía utilitarista, deberíamos perseguir lo que nos reporte mayor placer, es entonces que tenemos que ponderar por ejemplo en el caso del protagonista de Trainspotting, qué es más beneficioso para él, si inyectarse heroína y sentir un placer inconmensurable y ser repudiado por la sociedad además de una baja expectativa de vida por los riesgos asociados, o la de tener una larga vida, ser un miembro activo de la sociedad, formar familia etc.

Lo cierto es que como la valoración de ambas es subjetiva, no podríamos establecer realmente cuál es preferible entre las dos. Finalmente el personaje de la película elige la segunda, pero si desestimamos las convenciones sociales y el instinto de supervivencia y la limitamos a una decisión puramente racional -capacidad que caracteriza al humano- entonces podríamos encontrar, en base a los postulados de Bentham, que el uso heroína sería una opción de vida completamente legítima, ya que se prioriza -de manera egoísta- la maximización del placer alcanzable a lo largo de la vida. “¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.

Pero la pregunta que realmente debemos formular ahora es; ¿si el uso de heroína no tuviera las consecuencias negativas que todos conocemos (aun generando ese inmenso placer), podría considerarse a los consumidores como adictos? No necesariamente, ya que se ha observado que en las ultimas décadas ha habido un aumento de gente a la que se le receta medicinalmente, para un uso continuado e incluso compulsivo, sustancias como la morfina, el Valium, Aderall, etc. que son aceptados socialmente y tienen efectos menos nocivos, pero que finalmente producen el mismo efecto: lograr estimular nuestro sistema de gratificación.

La interrogante que surge desde este punto de vista es qué sucede con la persona que tiene como único propósito el consumir heroína y para poder solventar su consumo mantiene una apariencia y hábitos socialmente aceptables, constituyendo un área gris entre los tradicionalmente considerados adictos y los pacientes medicados.

May 1, 2012

El Bien y el Mal, o sobre retóricas impuestas y nuevas formas alternativas hacia la emancipación.

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por FELIPE QUINTEROS, Est. de Psicología, U. Adolfo Ibáñez.

Para un saber seguro de sí, las adicciones parecieran ser un problema simple, simplemente un tema que evocaría en algunas personas serios reproches y una autoconciencia lista para castigar (para Nietzsche esta sería la función principal de toda conciencia). La palabra adicción no parece posible de ser disociada de la palabra droga. Pero ¿pué es una droga? ¿cuál es su estatuto?

En su Pharmakon, Jacques Derrida se interna en esta pregunta en el texto “inaugural” de la llamada cultura occidental y la filosofía, el de Platón. El argelino tendría al parecer, un cierto gusto por los temas difíciles y relegados a la periferia por la tradición que pretende criticar. En este texto, Derrida demuestra que para Platón el Pharmakón, es a la vez remedio y veneno, y por lo tanto no poseería una esencia. No habría así naturaleza alguna de “la droga”, no es posible de definir en términos positivos.

“La “esencia” del pharmakos se encuentra en la manera en la que no teniendo una esencia estable ni características propias, no es, en ningún sentido (metafísico, físico, químico, alquímico) de la palabra, una substancia. El Pharmakon, no tiene identidad ideal; es aneidetica, primero porque que no es monoeidetica (en el sentido en el que en el Fedro Plato habla de la idea, como algo simple, no compuesto: monoeide). Esta “medicina” no es una simple cosa. Pero tampoco es compuesta, una síntesis sensible o empírica derivada de esencias simples.[1]

Una ambigüedad constitutiva acosa a la droga desde su inicio griego, situación que no parece cambiar mucho hoy en día, cuando leemos en “The Rethorics of Drugs”: “no hay en el caso de las drogas, ninguna definición objetiva, científica, física, o naturalista… podemos concluir que el concepto de la droga no es un concepto científico”. [2]

De esta forma, si el concepto de droga no es científico, es “instituido sobre la base de evaluaciones morales y políticas.”[3] Así, tan pronto uno pronuncia la palabra “droga” aún antes de cualquier adicción, una “dicción” prescriptiva o normativa se encuentra trabajando…”[4] La ley, de la prohibición, del orden simbólico y de la cultura. De hecho es incluso seguro decir que  “no hay cultura sin cultura de la droga”.[5] Pero más importante aún, esta palabra trae la antigua distinción entre naturaleza y cultura, tan controversial y problemática que hasta el día de hoy determina discursos políticos e ideológicos de distinta naturaleza, así como posiciones en el discurso científico.

No habría que ser Focaultiano para traer a la conciencia que toda normatividad y ley debe ser puesta a trabajar y constituida en y a partir del poder, y el poder de sólo unos pocos, el gran problema de las clases dominantes y las leyes.

Luego de la afirmación de esta no naturalizada y no esencialidad de la droga, Derrida continúa su análisis haciendo ver que esta situación ético-legal de la droga, da pie a dos posturas ideológicas que comparten una metafísica común, un fundamento. Por un lado, tendríamos el discurso de “volvamos a la naturaleza”, retornemos a un estado en el cual podamos libres de toda artificialidad gozar libremente del cuerpo, disponer de él con libertad incluso con respecto a las “drogas.” El otro en cambio, sería partidario de una política del artificio, es decir “reconocemos que este concepto es artificial y normativo, pero deseamos continuar con él pues queremos una sociedad más saludable, productiva y ordenada, y por lo tanto, debemos imponer esta prohibición.  No debemos olvidar que toda ley “no puede existir” sin el sujeto normal, señor de sus intenciones y deseos”[6], por lo tanto, no se trata de un mero artificio sino que se relaciona con la misma condición de posibilidad de la cultura, y por lo tanto, no es menos natural y necesario que la naturalidad antes mencionada.

Ambas ideologías hacen referencia a una metafísica y un suelo común, dictado por la oposición problemática naturaleza/cultura. Las dos serían aporéticas y no podrían ser sin ayuda de la otra. Más aún, vemos que dependiendo de la cultura o sociedad en cuestión, pueden servir a distintas agendas políticas, sean estas de izquierda o de derecha. Dos legalidades se encuentran y ninguna puede llegar hasta sus últimas consecuencias lógicas, “el Naturalismo no es menos natural que el Convencionalismo”.[7]

Por un lado tendríamos la ilusión, es decir la droga de un naturalismo universal, al mejor estilo de la ideología de la derecha más intransigente, y por otro, la droga de una absoluta y libre conciencia que todo lo puede. En el fondo, ambas serían una misma droga: El absoluto.

“Lo Real”[8] es ambivalente y contaminado, siempre impuro, lleno de matices. No obstante la droga promete lo puro, en el éxtasis de la droga es la ley del Todo o Nada. En este sentido podemos extender el campo semántico de la droga e incluir en ellas la literatura, la filosofía, la ciencia, etc. Todas estas experiencias nos dan visiones parciales y narcotizantes de lo real, que nunca se nos presenta incontaminado por nuestras historias, fantasías y construcciones de sentido.

Según Avital Ronell, la adicción sería una estructura fundamental del ser humano[9]. No hay cultura sin cultura de las drogas. Es por esto que es preciso admitir que no hay áreas ni sociedades libres de adicción, más aún, de modo Nietzcheano, que habría buenas y malas adicciones.

¿Qué nos lleva a obsesionarnos con un objeto? ¿qué investiduras libidinales están en juego? Deseamos ser “poseídos por el Otro”, despojados de libertad.  En este sentido, este hecho nos pone en contacto con toda la historia del arte y la inspiración.

El artista es inspirado y poseído, la experiencia de la pasividad absoluta. El otro se asimila, uno se nutre del otro. Esto nos lleva a pensar en la metáfora oral y toda la carga semántica del consumo y la expresión y su doble función: la boca introduce un objeto pero también expulsa, profiere, canta, expresa. El poeta intoxicado, el enamorado por la influencia del Otro, canta y expresa, pero no todo es placer. Habría aquí una conexión íntima entre placer y dolor.

El placer extático de la droga y la adicción es violento y destructivo e incluso letal. Si la adicción y la droga conectan con el Otro, también desconectan y amenazan el vínculo y el lazo social de manera violenta. Es esto lo que hace de esta estructura algo tan amenazante. Desde la iluminación en adelante, hay un énfasis en lo público y la luz, todo debe ser transparente a todos. El escritor, el drogadicto y el intelectual solitario amenazan a esta pretensión. Es de esta forma como Adorno y Horkheimer aciertan cuando entienden que la droga siempre ha sido asociada con el Otro oriental, y este siempre es fascinación y miedo, a él se dirigen maldiciones y bendiciones.

No obstante, la droga y la adicción posibilitan la iluminación en primer momento. Y aquí podríamos hacer toda una historia del café, y del tabaco y como ellos han estructurado nuestra cultura intelectual, basta pensar en los cafés de París o Londres[10], en donde nacieron y se desarrollaron culturas completas de disensión y crítica social.

Más allá del bien y el mal, la droga y la adicción son palabras que nos hablan de nosotros, y nos interpelan y dan cuenta de nuestras mayores virtudes y nuestros peores defectos. Nos hablan del peligro que implica vivir el riesgo de la droga, remedio y veneno al mismo tiempo. Sería una cosa de negociar la dosis y el tipo de droga, de manera constante.

Malas drogas nos afectan hoy en día. Por ejemplo, el tipo de drogo-discurso que, como toda droga, simplifica lo real reduciéndolo a la violencia del todo y nada. El pensamiento oposicional metafísico, el de las verdades absolutas y que concibe la diferencia como oposición. Esta “droga” resulto ser letal para un joven chileno en estos días[11].

Hombre o Mujer, como opuestos absolutos. Una droga altamente destructiva de la que todos somos consumidores y usuarios de alguna u otra forma, pues habitamos un lenguaje que lleva inscrito en sí la normalidad (la razón, la ley) como su condición de posibilidad. Lo que no quiere decir que esta “normalidad” no sea histórica, artificial y  deba ser revisada constantemente y rearticulada acorde con nuevos conocimientos e ideas, así como nuevas condiciones  y configuraciones fácticas. Como modernos que somos, nos hemos hecho adictos a la certeza, a las ideas y personas “claras y distintas”.

El pensamiento oposicional es sólo una manera, entre otras, de entender y comprender la diferencia sexual, hasta ahora dominante en occidente, pero criticada y “superada” o rearticulada por la deconstrucción.

Aquí es donde remedio y veneno se hacen inevitables para poder pensar en la gran droga de la Razón. Por un lado, nos lleva a obliterar la diferencia en pos de la comprensión, simplificación y la generación de conocimiento, por otro nos lleva a criticar este conocimiento y a insistir en su constante rearticulación, es más, el conocimiento mismo genera sus propias herramientas de crítica. El aspecto destructivo estaría en creer con una fe ciega en las construcciones de la razón, en un cierto sistema de creencias determinadas que no dejarían espacio para lo nuevo, para una constante rearticulación. Fin del lenguaje y la necesidad de hablar, pensar y escribir, intoxicación por exceso de certeza.

Por otro lado, el  aspecto de remedio y de emancipación es la fuerza crítica y creativa del lenguaje que debe adaptarse a condiciones siempre nuevas y diferentes y por ende nunca cesar de evolucionar y modificarse.

Es por esto que es necesario insistir en la crítica emancipadora que nos lleva constantemente a rearticular nuestros discursos para poder tener comprensiones cada vez más fieles a una realidad altamente compleja y diversa, descartando de plano la pretensión narcotizante de que este proceso puede llegar en algún momento a su final. ¿Habrá pues un tiempo para todo bajo el sol como nos invita a pensar el Qohelet?


[1]   Plato’s Pharmacy, Jacques Derrida

[2]   The Rethoric of Drugs, Jacques Derrida

[3]   íbid

[4]   íbid

[5]   Crack Wars, Avital Ronell

[6]   íbid

[7]   íbid

[8]   Ocupo esta palabra en su sentido lacaniano, es decir el límite de la significación.

[9]   Ver Crack Wars

[10] El primer café de Londres lo instaló un judío.

[11] Se trata de Daniel Zamudio, jóven brutalmente asesinado por ser homosexual, por parte de un grupo neo Nazi.

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