Contra Crossfit, Bikram, y demás masonerías

por ALAN GRABINSKY, Lic. en Filosofía, UNAM, México. Est. MA en Medios, Cultura y Comunicación, New York University.

 

Cuando por fin llegó al restaurante, mi jefe–un señor pelón de casi sesenta años– abrió su bocota, hizo un sonido gutural y apuntó con el dedo índice hacia su diente: ”I chipped my tooth” (me lo jodí).

Eran las nueve de la mañana y yo llevaba más de una hora esperándolo; me había costado despertarme, el metro había estaba retacado de gente, el clima invernal había estado del carajo—y, para colmo, el susodicho me deja plantado una hora sin disculparse. Pero ni modo, hay que aguantarse porque es el jefe. Ni hablar.

Hmm, el diente—pensé—hace unos cuantos días había sido la rodilla. Mi jefe era una personalidad compulsiva, un adicto: se hacía daño gastando dinero de manera irreflexiva. Me daba lástima, sí, pero sobre todo, flojera. Llevaba más de tres horas despierto, sudando en todo el cuerpo, algunas horas antes de nuestro encuentro se arrastraba por un frío suelo de concreto, cargando una enorme llanta neumática sobre sus espaldas. This Crossfit thing is going to kill me—me dijo, algunas horas después en el restaurante— ¿Ya pediste de desayunar?

Según Wikipedia, las endorfinas son “péptidos opioides endógenos”, producidos por la “glándula pituitaria y el hipotálamo” en “vertebrados durante el ejercicio físico”. El nombre viene de la frase griega “que rico se siente eso”, se lo dijo Platón a Sócrates al ver pasar a los atractivos jóvenes helénicos mientras hacían pesas en un gimnasio de Atenas. Similares a los opiáceos en “su efecto analgésico y de sensación de bienestar” (Wikipedia), las endorfinas son también un valioso recurso natural que se extrae de pozos que yacen por debajo de la superficie subcutánea de la dermis. De hecho, se han encontrado varias reservas de dicho químico en ecosistemas de tipo tropicoidal urbanoide, muchos de los cuales han sido ya explotadas por industrias que trabajan el cuerpo humano.

Mi jefe era un heredero de esa gran tradición químico-cultural de los helénicos: el sudar. A  casi todas las personas de sus círculos sociales las había conocido mientras hacia algún tipo de esfuerzo físico: a sus clientes, levantando pesas en un gimnasio en Israel; a su esposa–la segunda–en condición de peste bubónica mientras corría en una caminadora; y, a su socio, aquél gringo que se había pasado un día completo viendo sus pectorales en el espejo y preguntando a la gente de la oficina si les gustaba su nuevo corte de pelo–lo había conocido en Crossfit.

La primera vez acabé vomitando, no me dejaban salir por mi inhalador–me dijo una amiga cuando le pregunté sobre Crossfit. Me sonrió penosamente, seguramente recordando aquellos sementales que había visto durante la primera clase. Creo los entrenadores fueron medio fuertes conmigo—me dijo—seguro hay clases menos rudas.

No las hay. Como la Cábala de Madonna, o la Dianética de Tom Cruise, existe en Crossfit una iniciación, un “shock”, altamente protocolizado para enganchar al futuro practicante, haciéndolo dudar de sí mismo para que, después de una o dos visitas, pueda pagar la membresía.

Crossfit, cuya definición oficial es “the sport of fitness” fue inventado en el 2001 por un tal Greg Glassman como entrenamiento para policías y militares. Después del éxito que obtuvo con las fuerzas armadas, Glassman cambió la estructura de su negocio al de las franquicias. Ahora es un líder carismático que entrena a coaches para que puedan abrir sus gimnasios especializados–a los que se le llama en la lengua franca crossfitera “the box”.

Los boxes en Norteamérica tienen una bandera de los Estados Unidos colgando en algún lado.  La práctica consiste en una serie de movimientos kinéticos, aeróbicos y musculares que se combinan según métodos hiperduper científicos– todo esto  en un ambiente de séquito religioso y motivación grupal. En Crossfit, todos los días se hace algo nuevo: saltar cuerdas, bajar por praderas, brincar muros, lo que sea con tal de subir los índices de testosterona en el aire.

Pero Crossfit no es el único lugar en donde se reúnen aquellos idólatras del cuerpo. Existe otra disciplina física proveniente del lejano oriente (de Beverly Hills) cuyo fundador, cuenta la leyenda, alcanzó la iluminación en posición de Flor de Lotus sobre la alfombra persa, encima de la mesa de caoba italiana (no la de la sala, sino la del comedor de visitas principal).

El señor Bikram es una figura controversial en Los Ángeles, un millonario excéntrico que pierde la cabeza durante sus entrenamientos y que ha sido acusado varias veces de abuso sexual. Su yoga difiere de todas las demás: para estar apadrinado por el señor, es necesario pagarle una comisión para poder utilizar su marca—después, el estudio de yoga puede organizar competencias locales y mandar a sus miembros a competencias mundiales donde se da el encuentro de iluminados.

Después de ocho años haciendo varias combinaciones de yogas rápidas y lentas, estudiar textos clásicos del budismo y el hinduismo (incluyendo el texto al que refieren como “La biblia del yoga”, La Luz Sobre Yoga, de Iyengar), y practicar semanalmente yoga (podía permanecer más de cuatro minutos de cabeza con ojos cerrados)  fui por primera vez al centro de Bikram en la zona de Polanco de la Ciudad de México.

No se lo recomiendo a nadie. Las posiciones violan la filosofía básica del yoga, incluyendo las estructuras corporales más fundamentales. De hecho, la “experiencia” está protocolizada de principio a fin según una sola ideología: la mercadotecnia. Por ejemplo, se recomienda–más bien, se exige –que no salgas del sauna antes de acabar la práctica, sobre todo si es tu primera vez. Y, no se te ocurra tomar agua entre movimientos, solo cada 2 series de movimientos—aunque sientas que te vas a desmayar. Aguanta, jala. Tú puedes, Una vez más. Al final de la práctica: es normal que te sientas mareado: regresa durante toda esta semana— si te sientes cansado toma agua y date un baño. Gracias por venir, come tomate y aguacate.

Claro que todas estas instrucciones híper detalladas no tienen ningún tipo de sustento, solo sirven para conferirle un aura de pseudo legitimidad al asunto, son parte de un protocolo diseñado por el magnate de Hollywood para enganchar a los iniciados. Pero todas, absolutamente todas las personas a las que considero serios practicantes del yoga me dicen lo mismo: Bikram está mal. Nunca más.

La manera como los crossfiteros y bikramyogueros se reconocen entre ellos es cuasireligiosa: se pide que se done a la causa, se cuentan historias de superación personal, se invierte en una marca y, sobre todo, se hace “networking” entre aquellos elegidos que pueden pagar los altos costos de la membresía.

Estas comunidades son el colmo de la privatización: los movimientos son propiedad de un carismático líder espiritual/emprendedor oportunista que cobra por el derecho a realizar ciertos movimientos. Imagínese, querido lector, ¡cuánto dinero se habría hecho de la natación si alguien hubiera patentado la patada de crol y los entrenadores tuvieran que pagarle regalías al señor Crol para poderla enseñar!

Cuando tenga la edad de mi jefe, quiero pertenecer a comunidades más serias, con sustento real, con tradición y razón de ser. Sobre todo, quiero pasar las madrugadas haciendo cosas más productivas, como dormir.

¿Hacer Crossfit o Bikram? Yo paso, gracias, prefiero enfrentar la vejez con valentía, en vez de intentar burlar la muerte practicando movimientos patentados por alguien más. Es cuestión de finanzas personales: no solo sale cara la membresía al club y la visita al dentista–sino que saldría mucho más caro realizar semanalmente aquellos movimientos patentados que tendría que realizar después de mi etapa en Bikram o Crossfit: los de la fisioterapia.

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