La Libertad como Obligación: desde el Psicoanálisis hacia la Responsabilidad Social.

por FELIPE QUINTEROS, Est. de Psicología, U. Adolfo Ibánez.

Planeo escribir algo acerca de la Libertad, ¿cómo abordar esta palabra con tanta carga, con tanta historia? ¿soy yo libre de escribir lo que sea y como sea? ¿cómo asir lo libre, como apresarlo dentro de una gramática determinada?

La libertad es un concepto del que la metafísica occidental ha escrito enormes tratados e incalculables escritos alusivos. Es también el telos del iluminismo, en el cual, por necesidades históricas no negociables, se enmarca este escrito. Para tematizar es mejor empezar con la actividad de un mohel, cortar, enmarcar, violentar un cuerpo para darle un sentido definido, inscribirle un destino cognocible para una comunidad.

Cortando, delimitando, escojo abordarlo en sus implicancias políticas, bajo la luz de su funcionamiento en la polis, no sin decir de paso que no hay reflexión que no sea política, en la medida en que estamos siempre dentro de una sociedad que nos cobija. Pero la distinción que quiero hacer, es la que me permite abstenerme de usar un  marco “religioso” o más bien trascendental para mi meditación. Dejo ese trabajo a los teólogos y a personas muchísimo más calificadas que yo.

La libertad tiene que ver  más con sus limitaciones que con sus rasgos habilitadores. Desde el psicoanálisis, estamos obligados a admitir que muchas de las conductas que creemos libres, no son más que repeticiones de eventos pasados. Para que una persona pueda considerarse políticamente libre (efectiva) y adulta, necesita de condiciones de inteligibilidad y de protección  que son anteriores y “exteriores” a su iniciativa, de la cual tampoco se tiene control absoluto.

El imaginario helénico, que permea nuestra manera de hablar, nos hace soñar con una libertad heroica, incondicionada y absoluta. No obstante, Abraham y sus hijos nos enseñan que el Otro nos condiciona, nos demanda que seamos éticos. No se puede hablar con rigor de “héroes” bíblicos. Abraham no es un “héroe” como Edipo. Abraham es consciente de su dependencia, de su sujeción al Otro, y escoge seguirlo, escoge establecer una alianza, sin saber con certeza las consecuencias que tendrán sus actos, elige, salto de fe; Libertad.

“Yo es otro” dice Artaud, haciéndonos pensar en la ligazón fundamental que nos define desde un principio como seres relacionales. El psicoanálisis por su parte nos enseña que el gran Otro (la Madre)  le da forma a nuestro deseo y moldea nuestros modos de darle expresión. Claro que todo puede ir mal, y enfermamos, perdiendo nuestra “libertad”.

La verdad es que nuestra relacioneidad constitutiva nos obliga a responder al Otro, a la multitud de personas que existen en nuestro mundo. Es en esto en donde quiero proponer la Libertad del Hombre. En responder al llamado del Otro, el llanto del pobre, del herido, del inmigrante.

Siempre somos libres de no escuchar el llamado y dejar al Otro morir, o callarlo, así no vuelva a molestarnos. Siempre somos libres de creer que “conocemos” al Otro y darle un sentido, de suspender la angustia de la separación infinita que lo hace incognoscible a mí y darle un rótulo tranquilizador, un nombre e identidad petrificados que me permiten no oírlo más, matarlo.

Siempre está la tentación de dejar de pensar y reflexionar que hay una complejidad y una multiplicidad irreductible en toda identidad. Que Yo y Otro son indecidibles. Que hay algo de lo mío en todo lo “exterior” a mí. Esto no sería ser libre. Sería descansar en un sentido tranquilizador y actuar acorde a él, sin preguntar, con toda certeza, sin indecisión que permita una genuina decisión libre.

Somos libres en tanto responsables por el Otro, en tanto accedemos a una demanda infinita de cuidado. Aceptando la imposibilidad de conocerlo, de hacerlo encajar en una categoría nuestra, reducido, violentado.

En una visión de la libertad que nos permite juzgar al Otro, Muhamed Atta es un fanático, un criminal, y punto, debe morir. Fin de la reflexión. Nos olvidamos de pensar en que de niño fue víctima de bromas por ser muy “femenino”. Dejamos de pensar en las implicancias que tienen nuestra metafísica y sus instituciones en producir el dolor del mundo islámico, su desesperación y falta de libertad. ¿Qué podemos hacer para mitigar el horror? No es que pensemos en rechazar la responsabilidad, después de todo siempre es posible elegir. No obstante, cuando tenemos en mente una ficción de un sujeto libre incondicionado, nos perdemos la oportunidad en pensar en las condiciones que lo constituyen como sujeto en sociedad, junto con la de intentar mejorar la nuestra. Dejamos de ser libres para someternos al sentido, a lo que todo el mundo dice: esclavitud.

Debemos revisar nuestra precariedad constitutiva, nuestra falta de “libertad” y  autosuficiencia que se funda en nuestro ser relacional. Por otro lado, veamos la Libertad como la capacidad de decidir escuchar el llamado del Otro, el llamado de la  responsabilidad. No solo al Otro externo, sino también al Otro incognoscible en nosotros, el inconsciente, el niño que vive en el adulto, esa infinidad de identidades o voces que nos habitan, nuestro deseo.

Shmá Israel… el Otro hace un llamado: No me dejarás sólo con mi sufrimiento, ni morir en soledad.

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