¿Blancos o no? Judíos en el entorno social de Estados Unidos.

Por VALERIA NAVARRO-ROSENBLATT, Historiadora, U. Católica. Est. Doctorado en Historia Latinoamericana y Judía, U. Wisconsin-Madison, EE.UU

Acabo de terminar el libro “How Jews became White folks and what that says about race in America”, de Karen Brodkin[1]. Desde el título el texto es propositivo, ¿cómo se convirtieron los judíos en blancos y que dice eso sobre el concepto de “raza” en los Estados Unidos? Desde esta pregunta se despliegan otros cuestionamientos como ¿acaso no son los judíos blancos? ¿Acaso los judíos son blancos? ¿Hubo un cambio en “el color de piel” de los judíos, o lo que cambió fue la percepción social? ¿Qué significan y qué nos dicen estos cambios en la percepción de color para los judíos y para la sociedad norteamericana? La autora nos explica, usando los ejemplos de su abuela y madre, para comprender no solo variaciones en un nivel “macro”, sino el impacto directo que el estar situado en categoría blanco/no-blanco tenía para los judíos.

En primer lugar, hay que comprender la división que se establece en la sociedad norteamericana, en que no todos los inmigrantes llegaban directamente a ser considerados como “blancos”: por el contrario, judíos, irlandeses, rusos, polacos, chinos, japoneses, eran todos aglomerados en la categoría “no-blanco”/“no-negro”, que se encontraba desplegada entre los “blancos” y los “negros”. Este lugar implicaba ciertos patrones de exclusión, ya sean efectivos como las cuotas en número para las universidades, o social, ya que se cerraban círculos sociales, gremios y contactos que permitían el real éxito de los judíos en las distintas áreas.

Segundo, Brodkin nos explica como la construcción de lo “blanco”, “negro” y “no-blanco”[2], estaba basada en prejuicios y concepciones de la esclavitud y el capitalismo, encerrando a los distintos grupos sociales con características y comportamientos tipo/modelo, que no corresponden a ninguna realidad humana. El principal ejemplo que utiliza es el estudio de género, entendiendo que la concepción de la mujer es donde mayor se expresa lo que se concibe como la “esencia” de cada uno de los grupos.

Así, la autora nos explica como para lo “blanco”, la mujer debía representar los mayores niveles de domesticidad, siendo casi recluida en el hogar, al servicio de su marido y la crianza de los hijos. Su imagen se construía sobre la “feminidad” donde su principal rol es la maternidad. Mientras para la construcción de lo “negro”, la mujer era concebida como incapaz de criar a sus hijos, de transmitirles valores adecuados; explicación que sería una herencia de la época esclavista en Estados Unidos, donde bajo esta premisa admitían la separación de la madre esclava y sus hijos argumentando que estarían mejor bajo una crianza de amos blancos, trabajando.

La mujer en la categoría “no-blanco”/“no-negro” era concebida con características masculinas, de carácter fuerte, trabajadora, pero cuya fortaleza era capaz de “masculinizar/feminizar” al hombre, creando un desequilibrio entre lo que estaba considerado como norma. Así se explicaba que la mujer trabajara en las industrias textiles, en tiendas, etc., cosa que estaba vetada para las mujeres “blancas”.

Brodkin utiliza ejemplos de las subvenciones estatales establecidas en Estados Unidos después de la segunda guerra mundial, que muestran como éstos estaban construidos para los grupos “blancos” y no para el resto, permitiéndoles un ascenso social bloqueado para los otros grupos. Como los “no-blanco/no-negro” no tenían acceso a estos subsidios, tenían que enviar a sus hijas a trabajar, por lo que el estereotipo de la mujer trabajadora en esta categoría se veía reforzado, lo que a la vez creaba delimitaciones para el ascenso social de este grupo. Así explica la autora que se construyó la “raza”, sobre los principios de clase que crearon exclusión.

El cambio, y este es nuestro tercer punto, surge cuando se abren las puertas a los judíos y los otros grupos de “no-blanco/no-negro”, y tienen acceso a los subsidios estatales para vivienda (y en especial acceso a los suburbios), y se eliminan las cuotas en universidades y límites en cuanto a las redes de contacto. Los judíos y otros grupos étnicos como italianos, irlandeses, chinos y japoneses pasan a ser incluidos dentro de lo que se considera la cultura e identidad norteamericana.

Aquí la autora nos explica como los judíos no sólo fueron incorporados en el imaginario de la cultura norteamericana, sino que figuras como la yiddishe mame y la Jewish American Princess (JAP) se convirtieron en un referente universal, donde no solo la mujer judía posee estas características, sino que son compartidas para enmarcar el nuevo perfil de la mujer en Estados Unidos. Hay que considerar, en todo caso, que la descripción de mujer que se hace con estos dos estereotipos están vinculados a visiones negativas: la madre judía pasa a ser aprensiva, quitando cualquier libertad o posibilidad de crecimiento y madurez a sus hijos, mientras que la princesa judía pasa a representar los cánones de superficialidad de la sociedad norteamericana, en especial encarnando el individualismo y materialismo, enmarcados como los problemas principales del capitalismo estadounidense contemporáneo.

Finalmente, ¿qué significa y que implicancias tiene este análisis para el judaísmo contemporáneo y para otras regiones? El análisis de Brodkin nos habla de cómo la construcción de identidad judía y de la sociedad norteamericana estaba en estrecha relación y dependían de quienes son incluidos y excluidos en las líneas de “raza”, pero que éstas son claramente un elemento de construcción social y que varían y se mueven de acuerdo a las políticas del gobierno, a las presiones de grupos minoritarios, al contexto económico y social y a los momentos de apertura que el conjunto de estos elementos crean. Esta movilidad y procesos interconectados de construcción, asignación e identificación se pueden observar en otros lugares y con otros grupos sociales.

Es así como para el caso de América Latina, la presencia más marcada, abierta y aceptada de grupos mestizos desde la época colonial creó espacios de mayor aceptación e integración para inmigrantes durante los siglos XIX y XX. Así mismo, para el caso de los judíos en América Latina, la existencia de espacios más flexibles hizo que la integración en el continente fuese más fluida, y por lo tanto, es más complejo determinar en qué momento y a través de qué medidas fueron crecientemente siendo parte de las sociedades latinoamericanas.

Por lo tanto, el texto de Brodkin se vuelve un referente para comprender cuales son los posibles mecanismos de integración y desintegración/exclusión social, para poder explorar no solo la sociedad norteamericana, sino también para el caso de América Latina y los distintos clivajes sociales que cada uno de los países del continente tienen.


[1] Karen Brodkin, How Jews Became White Folks and What That Says About Race in America (New Brunswick, N.J: Rutgers University Press, 1998).

[2] En comillas el concepto, ya que no se refiere solo a lo blanco por color sino a “whiteness” y “blackness”. Ambas categorías de división social que intentan explicar o definir conductas. Muchas veces en Estados Unidos el color no está definido por el tono real de la persona, sino por el comportamiento y cultura, es decir, el ser blanco o negro está más relacionado a una construcción social. Brodkin nos explica también como  estas categorías tienen un doble juego en la persona individual, por un lado son parte de la identidad de cada uno, pero también son impuestas desde las instituciones y los grupos sociales. En el juego entre ambas, es donde las personas encuentran su propia voz y acción dentro de las identidades comunitarias y restricciones sociales.

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