La depresión y el sujeto depresivo: “Des-Ideologizando la experiencia cotidiana” tras la Industria de las drogas legales.

por DANIEL TOPAZ, Psicólogo, U. Diego Portales.

Probablemente el significante “depresión” sea de uso extensivo en la ciudadanía posmoderna, incluso una categoría donde muchos se han incluido a sí mismos –aunque sea por un corto período- y que la gran mayoría considera una palabra más, para describir realidades cotidianas. Pero ¿Cualquier tristeza, melancolía o pena constituye una depresión? ¿Una oscilación del ánimo, corresponde necesariamente a una depresión?

Desde el discurso más propiamente psiquiátrico, la depresión constituye un cuadro clínico, y la inclusión de un individuo depende que éste exprese manifestaciones que respondan a ciertos criterios. A saber; disminución importante del interés o de la capacidad para el placer (anhedonia). Pérdida importante de peso (sin haber hecho régimen) o aumento significativo de peso (por ej. un cambio de más del 5% del peso corporal en un mes), o disminución o aumento del apetito casi cada día. Insomnio o hipersomnia (sueño durante el día). Estados de confusión, pensamiento suicida o ideas de muerte entre otros más. Tenemos por tanto que el discurso médico considera a la depresión un trastorno del ánimo y puede ser diagnóstico de quién manifieste estos síntomas.

Dicho trastorno ha ido adquiriendo en la ciudad moderna y sobretodo en Santiago un carácter de epidemia. Los índices de prevalencia de depresión son impactantes y al alza, al igual que el consumo de psicofármacos cuyo uso está especificado para tratar depresiones. Lo anterior puede despertar suspicacias en el ciudadano perspicaz quien se podría preguntar ¿Por qué existe una epidemia para la cual abundan los remedios?

La depresión constituye un asunto importantísimo en las agendas de quienes nos ocupamos de la salud mental. Ya sea desde la propia vivencia subjetiva de estados “depresivos” o la inscripción de un otro cercano en la categoría “depresivo”, hasta incluso las políticas públicas y lineamientos institucionales que lidian con la problemática.

De una u otra manera, el término depresión forma parte del repertorio de vocablos que usamos cotidianamente para referirnos a alguna realidad particular. Pero, cuando un acto de habla es enunciado por un sujeto al que se le supone un cierto saber –es decir poder- ese acto puede tener implicancias concretas para la vida de una persona. Es decir, el diagnóstico de depresión –o cualquier otro- significará un derrotero particular para quien porte con él. El diagnóstico investido de autoridad otorga un estatuto, el cual puede tener carácter de mandato, condena e incluso fatalidad.

Como primera aproximación, podríamos señalar que una depresión se distingue de otros conceptos afines ya que en tanto entidad nosológica (algo así como la taxonomía de las enfermedades) adquiere un estatuto al que hacíamos referencia y comunica a otros como debe procederse con el “depresivo”. Para los cercanos quizás existan sugerencias en el trato, para un centro de salud se estandarizan protocolos de atención y la sociedad responde de alguna manera particular. Entonces hay una gran diferencia entre el “adolescente que está triste” y el que está deprimido. Sin embargo, en el lenguaje común nos referimos indistintamente a uno o al otro, imprimiendo cierta carga de sentido que, como ya hemos revisado, tendrá consecuencias.

Surge entonces el problema del diagnóstico como acto comunicativo que tiene efectos concretos en las vidas de las personas. Cuando un psiquiatra enuncia “depresión”, produce cambios en la realidad, de la misma manera que una pareja casándose produce una nueva realidad cuando pronuncia el “si”. El rótulo erróneamente colocado explica en alguna medida el por qué adquiere dimensiones de epidemia está patología.

La experiencia subjetiva del sujeto clínicamente deprimido es una vivencia fundamentalmente angustiosa: el futuro parece negro, no se encuentran fuerzas para levantarse de la cama, nada de lo que solíamos disfrutar parece placentero, noches sin dormir añaden más tedio y sufrimiento. No se atisba una salida.

Existe en el imaginario social la frase “Prohibido suicidarse en primavera”, que entiendo es recogida como título por una obra dramática. Esta frase alude al curioso fenómeno del aumento de los suicidios en el comienzo de la primavera. Cuando la naturaleza comienza a sacudirse del letargo, despliega todos sus colores, nacen sus frutos, es el momento en que algunos seres humanos deciden largarse de aquí para siempre. Esta anécdota llena de contradicción es ilustrativa de la experiencia subjetiva. Esto ocurre ya que para algunas personas, la depresión es tan fuerte que los inmoviliza, y cuando llega la primavera, y con ella la fuerza necesaria para tomar acción, muchos se quitan la vida.

Si pudiéramos establecer un continuo entre lo más basal o arraigado y por tanto estable, y lo más circunstancial y pasajero, diríamos que más cerca del primer eje se ubicaría la melancolía y más cerca del segundo, la pena. La tristeza y la depresión a mi juicio tenderían hacía el centro. Sin embargo, la depresión es algo más sostenido en el tiempo y que configura una nueva y particular significación de la realidad (pérdida del placer o pesimismo)

En el introito, se señalaba que la depresión podía ser la enfermedad posmoderna por excelencia. En la modernidad, la depresión estaba relacionada con el aburrimiento y la carencia de sentido, vacío de significado existencial que puede relacionarse de alguna manera con muchas de las transformaciones socio-culturales que suponen los quiebres que dan forma a la posmodernidad.

Dichas transformaciones tienen que ver con los procesos de individuación, la imposición de lo privado sobre lo público, la pérdida de referentes identitarios estables y otros. Todos se relacionan entre sí y dan cuenta de una creciente centralidad del sujeto y su mundo privado, además de la discontinuidad de las trayectorias personales (laborales, sentimentales y estéticas). Sin embargo, dichos procesos tienen un carácter dialéctico implícito. Por poner un ejemplo, tenemos que la pérdida de referentes identitarios ha implicado la revitalización de otros referentes: en el mundo globalizado han retrocedido las nacionalidades y resurgido los nacionalismos.

Es paradójico que la sociedad en la historia que eligió como programa el alcance de la felicidad sea la que finalmente manifieste tan altos índices de depresión. La sociedad actual, globalizada, de consumo y del estándar material de vida, es una versión nueva del American Way of Life. Lo que sea que se necesite puede adquirirse, y eso incluye la felicidad, que puede medirse en el grado en que las necesidades están satisfechas. La satisfacción de una necesidad requiere, en la gran mayoría de los casos, de una transacción económica y de consumo.

Podríamos relacionar en algún sentido, felicidad con conformismo, y surge entonces como el sistema produce enfermos en serie y la industria farmacéutica los mantiene sometidos a la drogodependencia legalizada.

La depresión, a la vez que constituye una cara reversa de la felicidad, es una semilla que germina en su opuesto. Es la misma frustración que supone no alcanzar la felicidad, la que puede engendrar la depresión.

En este sistema en el que impera una lógica del consumo en todos los aspectos de la vida, quien enferma, también consume.

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