Desafiando los conceptos de sexo y género en las sociedades del siglo XXI

por ARIEL STERN, Est. Ciencias Políticas, Sociología y Antropología, u. de Tel Aviv.

 

Ya hace algunos años, las corrientes más radicales del feminismo vienen hablando sobre el género y el sexo como dos variables diferentes en la identidad de un individuo. Si bien la variable “sexo” define nuestra identidad biológica y se expresa como “hombre” o “mujer”, la variable “género” se deriva de la interacción social y en este caso son las normas sociales y culturales el criterio que establece en qué lado de la balanza nos encontramos.

Si nos fijamos más a fondo podemos darnos cuenta que ambas variables son apelables; en el caso del sexo, sabemos que hay personas que nacen hermafroditas y que no se pueden clasificar en una de las dos categorías “hombre” o “mujer”, pero en el caso del género es aun más complejo ya que la clasificación depende del “estado de ánimo” de la sociedad en la que nos encontremos. En Egipto, por ejemplo, es cotidiano ver a dos hombres o dos mujeres tomadas de la mano, costumbre que en occidente se consideraría homosexual pero en la sociedad egipcia representa una señal de amistad y una confirmación a la norma social de mantener distancia entre integrantes de diferentes sexos.

Un gran número de investigadoras feministas señala que la manera y los mecanismos que utiliza nuestra sociedad para definir el género son los responsables de la gran desigualdad entre hombres y mujeres, y muchas de ellas consideran que de producirse un cambio en la manera que nuestra sociedad entiende las diferencias de género, podríamos avanzar hacia sociedades más igualitarias.

Una clara muestra de ese pensamiento es la filósofa feminista estadounidense Judith Butler. En sus escritos, Butler llama a la desobediencia total de las clasificaciones de género, argumentando no solamente que contribuyen a la desigualdad social, sino que también las define como arbitrarias y simplistas a la hora del sujeto definir su identidad. Butler considera que la gama de identidades que un individuo puede asumir entre lo “femenino” y lo “masculino” es infinita, y por lo tanto, las categorías sociales existentes son inútiles e incapaces de representar las características únicas e individuales de cada ser humano.

Judith Butler causó gran polémica cuando, en uno de sus artículos, sostuvo que no solamente existen categorías de género sino que también la relación entre ellas es dispar, siendo el más fuerte el que define la norma. Es así como, por ejemplo, al analizar las categorías de “hombre” y “mujer”, el “hombre” es la norma y la “mujer” lo que sale de la norma y trata de imitarla, la misma fórmula es aplicable a las categorías de “homosexual” y “heterosexual” donde la “heterosexualidad” es la norma y la “homosexualidad” trata de adoptar rasgos de lo que la sociedad considera heterosexual.

Hace algunas semanas, la famosa presentadora de TV estadounidense y auto declarada lesbiana Ellen Degeneres respondió en una entrevista donde le preguntaron: ¿quién juega el rol de hombre y de mujer en una relación sexual lesbiana? que no se puede preguntar quien juega el rol de tenedor en unos palillos chinos. Degeneres, aunque tal vez sin saberlo, hizo exactamente lo que propone Butler.

Frente al reto de crear una sociedad sin clasificaciones sexuales y de género, Butler recalca el valor del trabajo de agentes sociales que contribuyan a enfrentar y romper las clasificaciones hoy existentes, destacando entre ellos a los transformistas a los que considera fundamentales para un cambio social profundo.

El transformismo, arte milenario, consiste en imitar las costumbres y maneras socialmente atribuidas al sexo contrario del transformista. Con la apertura de la comunidad LGBT en los últimos años, este arte ha adquirido un nuevo significado y se le ha agregado un toque de mofa. Hoy en día, la mayoría de los transformistas que actúan en lugares de ocio de la comunidad LGBT en Chile o Israel, lo hacen creando personajes que exageran, desafían y se burlan de las categorías de sexo y género en las que nuestra sociedad nos encasilla. No es raro encontrarse en los bares y clubes nocturnos de Santiago y Tel Aviv a transformistas maquilladas “en exceso”, con pelucas de colores y ropa “demasiado ajustada” pero exactamente esos detalles son los que Butler identifica como el aporte de los transformistas a un eventual cambio de nuestra sociedad: a través del humor pero al mismo tiempo enfrentándonos a una caricaturización que ridiculiza y pone al descubierto las limitaciones de las categorías a las que nuestra sociedad nos somete.

La sociedad que Butler nos propone aun está lejos de ser una realidad tanto en Chile como en Israel, pero si recordamos como eran las sociedades de esos países veinte o treinta años atrás y las comparamos con las sociedades que hemos construido hoy, podremos ver que de algún u otro modo nos hemos encaminado en ese sentido.

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