Cuando Ana Karenina se olvidó de Tolstoi.

por NINA YACHER, Est. Sociología, U. de Chile.

 

Me imagino a un Miguel de Cervantes, a comienzos del siglo XVII, pensando acerca de cómo iniciar su libro “Don Quijote de la Mancha”. ¿Se habrá despertado con las palabras en la punta de la lengua?, ¿Habrá cambiado la primera oración una decena de veces? (y, digámoslo, no es lo mismo empezar diez veces cuando tenemos que escribir a mano), ¿Habrá sido una especie de iluminación divina?; lo cierto es que “En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha de mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” ha sobrevivido los últimos cuatrocientos años y, en el fin del mundo, es obligatoria su lectura.

¿Cómo habrá sido el caso de Gabriel García Márquez que, luego de dieciocho meses, terminó “Cien años de soledad”?, ¿Habrá escrito el comienzo al final y el final al comienzo?, ¿Se habrá arrepentido de las palabras “Muchos”, “remota” y “Hielo”?; lo que está claro es que “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” fue el principio seleccionado para abrirnos las puertas a ese mundo medio mundo y medio otro mundo”.

Tolstoi decidió que su libro Anna Karenina, de 748 páginas, debía comenzar con “Las familias dichosas se parecen; las desgraciadas lo son cada una a su manera”. Podría haber comenzado directamente con lo que está escrito luego de esa oración: “En el hogar de los Oblonski ya no había armonía”, o quizás, saltarse todo lo anterior e iniciar con la centralidad del primer capítulo “La princesa, enterada de las relaciones amorosas de su esposo con la institutriz francesa de sus hijos, se negaba a vivir bajo el mismo techo”. Podría y podría, pero no. Tolstoi se decidió por un comienzo determinado. ¿Cómo sería decidirse por la oración que daría comienzo a un clásico de la literatura rusa y, por qué no decirlo, de la literatura en general?

Los comienzos son y no son al azar. Los comienzos se piensan y suenan. Realizar una película de Anna Karenina y obviar las primeras 14 palabras (en la traducción al español) con las que Tolstoi decidió comenzar la fotografía narrada de la sociedad rusa de su época, marca el inicio de un desastre cinematográfico. La película Anna Karenina convierte el libro en una historia de amor que viene para irse, caricaturizando, obviando y dejando de lado la profundidad sicológica de los sujetos que se mueven a lo largo del libro. La película se olvida de Tolstoi y, lo que me da más rabia, ¡de los comienzos!

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