En búsqueda del rostro perdido.

por ILAN LIBEDINSKY, Est. Psicología, U. del Pacífico.

El rostro es probablemente la parte más fundamental del cuerpo humano. Todos los órganos sensitivos se hallan ahí —excepto el tacto que recorre lo largo del cuerpo— y quizás lo más importante, nuestra identidad. Córtale la cabeza a un tipo y observa su cuerpo, casi nadie lo reconocería; ahora mira su cabeza desprovista de tronco y extremidades y sabrás quien es.

El rostro y sus gestos es nuestra identidad entre los otros. Ahora bien, aquí descubrimos unas de las ironías del universo: el rostro, aquella parte esencial de nuestro yo que está vuelto hacia el mundo, siendo a la vez tan público y al mismo tiempo tan nuestro, no es posible verlo por nosotros mismos. Al menos no directamente. Nadie puede ver su propia cara con sus propios ojos sin necesitar de algún objeto externo.

Lo más representativo de nosotros se encuentra fuera de nuestro alcance. Ya reconociendo este hecho indiscutible, veamos en que objetos del mundo es posible ver nuestro rostro reflejado (la fotografía y video los dejo afuera ya que no pueden revelar nuestro rostro en tiempo directo, toda imagen impresa o grabada se haya desfasada de la realidad). Y cuando buscamos, o mejor dicho tanteamos, cuales son los objetos que nos devuelven la mirada, solamente encontramos tres elementos.

El primero es el vidrio o espejo, hijo de la mano del hombre, reliquia misteriosa para los faraones ya que ésta revela el rostro “del que vive”, o “hace vivir” los rasgos de un rostro. En su lado más sombrío, símbolo del la vanidosa individualidad de nuestros días, exaltando la imagen por sobre la sustancia, la superficie por sobre lo oculto, engendrando anorexias del alma y centros comerciales. Y sin embargo, si un espejo refleja nuestras limitaciones, dos espejos, uno frente a otro, dan a luz lo ilimitado. Dicho de otro modo, al reflejar nuestras imperfecciones en un otro imperfecto, logramos ver la perfección que hay en ello.

Segundo lugar, el agua. En el manantial Narciso trató inundarse de su rostro y se ahogó; en la superficie del lago con la luna reflejándose en ella, Buda encontró la metáfora perfecta para representar la mente. El Despierto descubrió que cuando nuestros pensamientos disminuyen y las aguas se calman, reflejamos la Verdad. Por otro lado, sobre la superficie del agua tumultuosa no encontramos aquel rostro ansiado, sino que solamente es posible ver nuestra propia sombra. En la armonía, sentido, cosmos se refleja nuestro Rostro; en el disturbio, angustia, caos nuestra Sombra nos devuelve la mirada. De un modo u otro Buda estaba en lo cierto: sombra o rostro, todo lo que refleje la superficie del lago serás tú, o dicho de otro modo, todo lo que señales en el mundo, siempre serás a ti a quien señales.

Y tercero: los ojos. Cuando dos enamorados se encuentran en el laberinto, se abrazan y se miran a los ojos, es posible encontrar tu propio rostro reflejado en la mirada del otro. Los ojos, “ventanas del alma”, permiten un hecho de relevancia trascendental. En un mismo acto perceptivo estas mirándote a ti mismo y al otro simultáneamente. Aquí los límites comienzan a difuminarse, “¿dónde es que empiezo, dónde es que termino?” se preguntan los enamorados, con aquella extraña y tan conocida sensación de reencuentro y unidad que funda el amor sublime. Al mirarse a los ojos, la enamorada dice “te he encontrado” como queriendo decir “me he encontrado”, y el enamorado responde con la misma frase y con el mismo sentido, como si fuese un espejo reflejando el rostro del Amor. Todo rostro reflejado en los ojos de otro, es un rostro perfecto.

Homologando la antigua cuestión filosófica de que si la caída de un árbol en un bosque ausente de seres humanos genera sonido alguno, podríamos preguntarnos en este caso si es que nadie está mirando tú rostro ¿tienes rostro alguno?

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