Simone de Beauvoir, Sacudete en tu cripta: Nous sommes le nouvelles féministes américaines

por FRANCESCA BUCCI, Lic. en Teoría e Historia del Arte, U. de Chile. Magíster en Gestión Cultural, U. de Chile.

Una era está cambiando… Los Prisioneros lo sabían, Cindy Sherman, la famosa fotógrafa y modelo que trabaja el tema de género, lo sabía, Diamela Eltit lo sabía, Carla Bruni y Gabriela Gateño lo saben, pero el mundo de hace cinco décadas, no.

El feminismo de los ’60 y ’70 se basaba en equiparar las relaciones de poder entre hombres y mujeres y proponía la igualdad de capacidades entre los sexos. Si el protofeminismo sirvió para que  las mujeres tuvieran participación en el sufragio universal, el feminismo de los ’60 quiso demostrar que profesionalmente las mujeres tenían iguales capacidades intelectuales y cognitivas que los hombres, que la vida de una mujer no podía terminar como en los cuentos de hadas, que solo el beso del príncipe no bastaba… y ciertamente no basta.

Sin embargo, ese feminismo que Simone de Beauvoir compiló en su libro “El segundo Sexo” en plena época existencialista (el cual leí a los 20 años y me alucinó)  y en el que analizó el “tema femenino” desde el punto de vista biológico, del materialismo histórico, filosófico y psicológico, me ha desilusionado. Así, una de mis grandes heroínas quedaba como una teoría más, otro ismo desenmascarado…

El feminismo de los ’60 dio la batalla para que las mujeres sean parte del mundo laboral, pero no les dio la libertad para elegir que hacer en sus vidas. Una mujer válida para las antiguas feministas es solo aquella que se reivindica con una vida masculina, la que tiene un trabajo remunerado y no la que trabaja con y para su familia en la casa, porque sería entonces como volver al siglo XVIII.

Pero con esa visión, el feminismo no liberó a las mujeres, sino que las ató a un estereotipo idílico del cual ahora todas se quieren “bajar”, la mujer-que-lo-tiene-todo: profesional exitosa y comprometida con su carrera (a la que el jefe ama por trabajar horas extras), madre de hijos con las necesidades emocionales completamente cubiertas, casa perfectamente limpia, ordenada y con comida en el refrigerador (que no está vencida), que le queda tiempo para hacer yoga y comer sano (porque la salud mental es importante…), además de ser por supuesto una pareja  a todo terreno. Esto es lo mismo que el cuento de Disney pero a la inversa: suena bonito, pero en la realidad esa fórmula perfecta es una falacia, y quien la intenta paga sus costos.

Para las feministas de los ’60, la prioridad era demostrar competencia en todos los ámbitos, demostrar que una mujer puede, en el fondo, caminar y masticar chicle al mismo tiempo. Pero en ese afán de querer ser más como los hombres, perdimos las mejores cualidades de ser como una mujer, y como dicen por ahí, el mundo sería mejor si los hombres fueran más como las mujeres. Y la verdad es que Simone de Beauvoir nunca se casó ni tuvo hijos, por lo que su visión sobre la reivindicación femenina, abarcando algunos de sus hitos más importantes, suena sospechosa.

El nuevo feminismo del siglo XXI, el que repleta de blogs la web sobre como ser mujeres realizadas y no como ser esa mujer-que-lo-tiene-todo, es ese feminismo  que reivindica el verdadero derecho de la mujer a ser quien desea ser, a desarrollar sus mejores capacidades, derecho a decidir sus prioridades sin ser juzgada y en el fondo, a ser una mujer segura de sí misma, no por comparación con un otro, sino por confirmación de sí misma.

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