Discriminación y desigualdad, a solo un par de cuadras.

por JONATHAN RAPAPORT, Psicólogo, U. del Desarrollo. Director de Acción Social, Comunidad Judía de Chile.

 

Lo bueno que tienen los inmensos edificios que perturban la rica arquitectura cuasi-europea que solíamos tener es que nos permiten mirar por las ventanas más allá de esas 5 manzanas caras, más allá de esos barrios importantes en donde se mueven acciones, se cierran negocios millonarios y se gestan los proyectos que nos hacen cada día un país “más rico”, aunque solo para algunos pocos, y a través de esas interminables ventanas de esos altísimos edificios de vidrio y espejo que compiten por cual tiene el falo más grande, vemos que frente a nosotros existen campamentos, tomas y poblaciones que son la cuna de la pobreza y el fiel reflejo del riesgo, la desigualdad, la injusticia, el egoísmo y la vulnerabilidad que existe en nuestro país.

Lo bueno que tiene una persona asquerosamente desconsiderada, incapaz de pensar en otros y ser responsable por sus actos, que se permite beber una gran cantidad de alcohol y tener la falta de conciencia suficiente para luego manejar su auto y provocar un “accidente” en donde es posible que la víctima termine con alguna discapacidad grave y severa, la cual cambie completamente su vida, es que nos permite darnos cuenta que las aptitudes y capacidades que tenemos hoy, es tristemente probable que no las tengamos mañana, y que ni siquiera depende de nosotros.

Lo bueno que tiene que para nadie sea ajeno el apellido Zamudio, que nos recuerda que “había una vez un gay que fue humillado, golpeado, apuñalado, torturado, incluso orinado y que finalmente murió a raíz de la violencia física sufrida” a manos de intolerantes y homofóbicos que son capaces de matar y están dispuestos a perder su propia libertad con tal de que otros no puedan vivir la suya, es que como sociedad nos vemos obligados, en uno de los países más conservadores y retrógradas del mundo, a reflexionar sobre la diversidad sexual y permitir nuevos estilos de vida que no son amenazas a nuestra convivencia, sino todo lo contrario, aseguran el bienestar de todos y resguardan los derechos de los eternamente discriminados, para construir una sociedad más diversa e incluyente que nos orgullezca a todos.

Lo bueno que tiene lo que está pasando en Venezuela, lo que hace poco pasó en Brasil, lo que también pasó en España y así con el mundo, es que nos vuelve críticos, quizás hasta empáticos, analistas, reporteros, incluso casi casi llegamos a ser cientistas políticos, y saltamos todos ante las injusticias sociales que aquejan a personas y sociedades tan lejanas a las nuestras, pero que despiertan nuestro sentimiento de lucha y de protesta. Tienen que venir a morir estudiantes en otro país para que nos acordemos de poner el foco en nuestro país, sufriendo de ceguera y amnesia.

No somos capaces de ver lo que pasa a un par de cuadras de nuestras casas y nos olvidamos de que en Chile también tenemos nuestras propias luchas, postergadas por nuestra flojera y comodidad, suponiendo que todos viven “igual de bien” que nosotros. Queremos que todos se enteren de lo que pasa en todo el mundo, compartiendo noticias virales, pero no compartimos la historia de la persona con discapacidad que fue excluida del mundo laboral y social, no compartimos la historia de la pobladora de nuestra comuna que jamás ha tenido agua potable y no compartimos la historia de nuestro compañero de curso gay que es acosado, del extranjero escupido y del padre que dejó de hablarle a su hija por enamorarse de alguien de otra religión.

Nadie te está pidiendo que cambies el mundo, que dejes tu vida y profesión para combatir estas cosas, pero ¿qué tan difícil puede ser que regales un par de horas de tu tiempo a personas que regalarían su vida por una oportunidad? Hay sociedades en que ser voluntario en alguna causa es algo completamente normal, todos lo son, ¿por qué nosotros a lo más que llegamos en nuestro tiempo libre es a jugar una liga de fútbol o tener un grupo de amigos para distraernos de la “realidad”?

Seamos activistas, seamos voluntarios, seamos actores de cambio social y construyamos juntos algo que queramos construir y cambiar. Así, quizás, quien sabe si puedes al menos cambiar la historia de tu cuadra. Tal vez en la próxima cuadra haya alguien igual a ti.

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