Sangre de maricón

por ALLAN BORTNIC, Director Audiovisual, PU. Católica.

 

Siempre he sostenido que en el arte de contar historias, en cualquiera de sus formatos, el contexto social aporta para contextualizar los acontecimientos que experimentan los personajes, pero más importante aún, permiten que el auditor/espectador/lector logre empatizar y comparar el mundo en el que viven los personajes con el propio.

En 1985, el contexto social iba más o menos así: “El cometa Halley visitaba nuestro cielo después de mucha ausencia, se descubrían nueve lunas en torno al planeta Urano, aparecía el primer agujero en la capa de ozono que nos protege del sol. Un terremoto dejaba sin casa a doscientos mil salvadoreños y la catástrofe nuclear soviética de Chernobyl desataba una lluvia de veneno radioactivo, imposible de medir y de parar, sobre quién sabe cuántas leguas y gentes. 

El mundo lloraba la muerte de Olof Palme, el primer ministro de Suecia, asesinado en la calle. Se iban el escultor Henry Moore y los escritores Simone de Beauvoir, Jean Genet, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges. Estallaba el escándalo Irangate, que implicaba al presidente Reagan, a la CIA y a los contras de Nicaragua en el tráfico de armas y de drogas, y estallaba la nave espacial Challenger, al despegar de Cabo Cañaveral, con siete tripulantes a bordo.

Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. Se habían desplomado muchos edificios sin cimientos, con toda la gente adentro, cuando un terremoto había sacudido a la ciudad de México, el año anterior, y buena parte de la ciudad estaba todavía en ruinas mientras se inauguraba allí el decimotercer Campeonato Mundial de Fútbol.[1]

La prensa sigue el caso del súper actor Rock Hudson, galán de galanes en los 60, que está enfermo de sida. La enfermedad se propaga sin control por Estados Unidos y la población más afectada es la homosexual. No hay remedio que impida la rápida muerte de los infectados. Ron Woodruff, electricista de las petroleras, amante del rodeo, homofóbico y adicto al sexo casual, es informado por sus médicos que contrajo el mal del sida (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida).

La historia de Ron inspira una película que, si bien está basada en una historia real, no cabe duda que el mundo machista que rodeaba a éste caballero, le dio la espalda cuando se enteraron de su enfermedad, lo alejaban para evitar potenciales contagios, y como se retrata en ésta película, lo insultaban con “sangre de marica”, entre otros calificativos.

Los premios Oscar tienen ese toque picante de polémica que vendría siendo la farándula en su expresión más digna. Los titulares con la cara de Leonardo Di Caprio al no recibir el galardón que le ha sido esquiva toda su carrera, las polémicas por los mejores y peores vestidos de la jornada, son tópico de la prensa internacional semanas antes y después del evento.

Lo cierto es que sabido es que cierta debilidad siempre han tenido los Oscar por personajes enfermos, los que sufren; o aquellos que representan a personajes históricos, y obviamente mucho mejor si ambas. Daniel Day-Lewis con Lincoln, Colin Firth con The King’s Speech, Sean Penn con Milk, Forest Whitaker con The last King of Scotland, Philip Seymour Hoffman con Capote, Adrien Brody con El Pianista, por nombrar algunos de la última década.

Es por eso que, independiente de gustos y preferencias, para muchos (especialmente para la prensa especializada) no fue una sorpresa que Matthew McConaughey doblegara a Leonardo Di Caprio, y es que su interpretación de Ron Woodruff, papel para el que bajo 22 kilos que otorgan una imagen perturbadora, logra conmover, por lo que significó la lucha de la época.

Hace unos párrafos mencionaba la idea del contexto social con el objetivo de subrayar ese sentimiento que nos viene cuando pensamos “que duro era esa época”, esa sensación de que tenemos suerte de vivir en un mundo desarrollado, en las que atrocidades que sucedían hace unos años ya no son tema.

No exagero ni invento que fue el día siguiente de haber ido al cine a ver “Dallas Buyers Club”, que la prensa publicaba el episodio homofóbico que sufría Pablo Simonetti[2].

Contexto social: en Santiago de Chile, marzo 2014, un hombre de unos 70-75 años, acompañado de su mujer, desde la puerta de un ascensor, en voz baja pero perfectamente audible, y haciendo alusión y apuntando a un hombre (reconocido socialmente por su trabajo en la lucha de los derechos de los grupos homosexuales en Chile) emite: “No se nos vaya a pegar el sida.”

¿Qué hacemos? ¿Para dónde vamos? ¿Cómo cambiamos éste contexto social? En primer lugar, seguimos premiando manifestaciones artísticas que eleven las luchas injustas de la historia. En segundo lugar, dejamos de excusar a aquellos que por razones del tipo “es que son de otra época” se dan el lujo de humillar públicamente a quien se les antoje. Y por último, entendemos que el progreso tiene que ver con que las ideas de tolerancia se manifiesten políticamente. Esto quiere decir que como ciudadanos, que pagamos impuestos, debemos exigir, en las calles si es necesario, que el nuevo gobierno cumpla con sus promesas y apruebe la ley de AVP (Acuerdo de Vida en Pareja), en los primeros 100 días de gobierno. Y saber que no es un triunfo de éste gobierno, ni del anterior, ni del que viene. Es un triunfo de todos.

Aprovecho de dejar un link de una entrevista que pude hacerle a Pablo Simonetti el año pasado, en la que aprendí que era ignorante en discriminaciones que se sufren a niveles políticos, económicos y burocráticos cuando no somos capaces como sociedad de garantizar a todos el derecho a ser feliz.

http://www.closer.cl/entrevistas/pablo-simonetti/

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