Vida. Ilusión y pérdida

por JONATHAN RAPAPORT, Psicólogo, U. del Desarrollo. Director Acción Social, CJCH.

 

Traté de entender lo que es la vida. Pensé que iba a ser fácil. Partí buscando las definiciones y significados. Me fue mal. Existen definiciones biológicas, químicas, médicas, religiosas, entre otras. Las leí todas. No entendí ninguna, o al menos ninguna que reflejara lo que ha sido mi vida. Traté de pensar cómo yo definiría vida. Me fue peor.

Encontré una oportunidad y la aproveché. Conocí un señor en un hogar de ancianos. Un señor que dudo que le quede más de un año de vida y me dije “si hay alguien que sabe qué es la vida, debe ser alguien que está a punto de perderla”, así que le pregunté: “¿qué es para usted la vida?”

La vida es perder, dijo el anciano. Suelen decir que desde el momento en que nacemos, incluso desde la concepción, hay vida, pero se equivocan. Lo único cierto es que desde que nacemos, desde que somos vida, hay pérdida. Al nacer, perdí mi primer hogar. A los 6, perdí el amor de mi madre compitiendo contra mi padre. A los 6, también perdí mi primer diente. Gané un nuevo amigo, el ratón Pérez, pero lo perdí a medida que se me seguían cayendo los dientes y me daba cuenta que el ratón no existía, tampoco el Viejo Pascuero. A medida que ganaba madurez fui perdiendo mi inocencia. Gané masa corporal, pero perdí mi cuerpo infantil. Creía que eso era duro, hasta que perdí mi rol e identidad infantil, teniendo que renunciar a mi dependencia y ganar, sin que yo quisiera, más responsabilidades. Perdí a mis padres de la infancia, ya no eran los mismos. Luché contra ellos, real e imaginariamente. Perdí.

Llegó la adolescencia. Gané amigos, muchos, más de los que realmente necesitaba, así que paulatinamente los fui perdiendo. También llegaron las parejas. Las perdí todas. Perdí mi etapa escolar y gané la etapa universitaria. Gané aún más parejas. Las perdí todas. Perdí la etapa universitaria, gané la etapa laboral. Gané experiencia, dinero y reputación. Gané un par de parejas. Las perdí todas menos una. Gané a la mujer más maravillosa del mundo y con ella a los hijos más perfectos que podía pedir en ese entonces. Gané años. Mi pareja también. Ella ganó un cáncer, yo la perdí.

Mis hijos ganaron años y con ello fueron perdiendo etapas. Ganaron parejas, dinero, experiencia y sueños. Yo los perdí cuando ellos fueron completamente independientes. Los recuperé años más tarde cuando perdí mi independencia. Empecé a perder mis amigos mientras ellos ganaban años y enfermedades. Sé que pronto ellos me perderán a mí. Hoy ganas la oportunidad de haberme escuchado. La oportunidad de ganar tiempo, pero para mañana seguramente la habrás perdido. Con esa frase y un suspiro terminaba el anciano de definirme vida.

Salí preocupado, el anciano parecía Nostradamus. Yo también había perdido dientes, amigos, parejas, etapas. Estaba asustado. No quería perder más amigos, tampoco etapas ni mucho menos mi pareja. Me aterré. Deambule por las calles del sector mientras recordaba cada palabra del anciano. Estaba perdiendo toda ilusión que tenía de poder controlar mi vida.

No habían pasado más de 30 minutos cuando decidí volver por una explicación. No hice más que entrar a su pieza y el anciano se sonrió. Me sentí confundido, pero pronto lo entendí todo. Sólo iba a tener mi definición de vida si me mostraba indignado frente a quien me había quitado la ilusión de vivirla. Entendí que su vida no sería la mía, y que la mía solo comenzaría a entenderla cuando la haya definido.

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