Crónica de un asesinato ordinario

por ALBERTO ASSAEL, Psicólogo, PU. Católica.

Era uno de esos sábados que vienen después de un día festivo, por lo que se sienten más domingo que sábados y guardan el silencio característico de una ciudad vacía por la huida de sus habitantes. Por eso estaba solo, mi familia también había escapado.

Sentía que era temprano, pues venía despertando hace no más de una hora, pero en realidad ya eran las dos de la tarde. Estaba sentado frente a mi computador escribiendo quién sabe qué cosas, divagando por las redes sociales, sintiéndome libre de la presión del tiempo, pues sabía que la misma dinámica la repetiría al día siguiente. En situación de pijama, con un café a mi lado y los árboles cambiando de color por el otoño al frente mío, tenía un día a todo mi gusto. Sin embargo, mi paz se interrumpiría de forma inesperada.

Subí las escaleras para ir al baño y vi, en uno de los ángulos que se forman entre los escalones, un círculo negro lo bastante grande para llamar mi atención en momentos de apuros biológicos. Así de grande era. Salté el escalón y me encerré en el baño sin poder sacarme la sensación que mi territorio estaba invadido por una araña demasiado grande como para olvidarla. La mañana ya no era la misma.

Hace bastante tiempo que evito matar arañas. Por lo general, cuando encuentro una, tomo un confort y, después de un ritual de preparación, la agarro y tiro el papel al jardín o por la ventana si estoy en el segundo piso. Pero esta vez la araña, que de cerca tenía el tamaño de mi dedo gordo, estando recogida, era una amenaza para mis pies descalzos y mi ropa esparcida en el suelo de mi pieza. Aunque bajé al living y esperé ahí, su presencia estaba en todas partes.

Con intervalos largos de tiempo comprobé, dos o tres veces, que la araña seguía ahí, sin moverse. ¿Estaba viva? Busqué en la cocina, la despensa y el lavadero, algún Raid para matarla. Desde hace años, cuando una amiga me contó su filosofía en contra del aplastamiento de arácnidos, dejé de hacerlo. Me hizo imaginar lo terrible que es morir aplastado y le encontré la razón. Una muerte para nada feliz. Pero el único Raid que encontré era contra larvas y polillas, para proteger tu ropa por hasta 12 meses. No me servía. Si ya estaba decidido a asesinarla, tendría que evitar las agonías.

En mi cabeza se desataban todo tipo de discusiones éticas, como la de por qué mi placer de caminar a pie pelado por mi casa era más valioso que la vida de un ser vivo, o por qué mi casa era mi territorio y no el de ella. En eso estuve varios minutos. Iba y venía al living. En verdad no quería matarla. Creí que no lo iba a poder hacer. Era tan grande y gorda que la idea de aplastarla me hacía sentir culpable y me daba asco, pero peor era encontrarla entre mi ropa.

Un zapato no llegaba a ese rincón. Fui por una escoba y la dejé al lado de la escalera. No soy rápido para estas cosas. Volví al living a debatir conmigo mismo. No era un riesgo, pero me desagradaba la idea de reventar un bicho tan gordo, y el peso de mi conciencia me preguntaba quién era yo para decidir acerca de vidas ajenas. Pero mi paz estaba trastocada. Quería seguir durmiendo y no lo podía hacer, sabiendo que a un par de metros había un ser venenoso que, después de un rato, podría estar en cualquier parte.

Decidí ponerle un confort en el palo de la escoba y lo amarré con un elástico. Agarré otro pedazo para limpiar y puse una de mis zapatillas cerca mío en caso de necesitarla. Para alivianar mi culpa, le pedí perdón a la araña. Yo no soy muy miedoso con los bichos. De hecho, muchas veces los dejo deambular por mi habitación y duermo en paz.

Pero esta me hacía peligrar. O así me convenzo ahora para no sentirme mal. No lo sé. Mientras más me acercaba, más real se hacía, y como mantenía su posición, pensé que quizás llevaba ahí días, muerta. Me lo dije para alivianarme.

Ya habían pasado cuarenta minutos desde nuestro primer encuentro. Había puesto música hace rato, y ahora me acompañaba una melodía judía-gitana, con violines agudos que, como si fuese un soundtrack, le daba un tono de suspenso al incómodo episodio.

Finalmente, agarré la escoba por detrás, tiré el confort y lo aplasté contra la araña. Me quede así unos segundos, todo tenso, odiando esa posición. La quería olvidar rápido. Retiré la escoba y la araña se había hecho una bola. La música tensaba el ambiente. Me acerqué para comprobar su estado, cuando comenzó a moverse con velocidad.

Se me salió un “concha su madre” mientras saltaba hacia atrás. Ahora era el doble en tamaño y sus ocho patas alargadas se sucedían de forma elegante. La decisión estaba tomada, ya no había vuelta atrás, la tenía que aniquilar. Agarré mi zapato, pero ella se colocó ágilmente en otro rincón.

Creo que su rapidez me hizo sentir invadido por un fulgor de sobrevivencia. Era yo o ella. Volví a agarrar la escoba, enfurecido. Cambié yo también de posición, no me la iba a ganar. La miré un segundo y presioné decidido contra la pared.

Me mantuve así, firme, odiándola. Por su irreverencia. Por haberme arruinado mi tiempo y mi paz. Tras segundos, aún en alerta, retiré el palo de la escoba y vi el confort. Se había teñido de café. Tiré la escoba a un lado y me vine a escribir.

Durante los cuarenta minutos que me tomó decidirme a actuar, me conté varias veces esta historia, como justificando la vida de ese bicho, o su muerte. La culpa se las ingenia de las formas más extrañas. Asesiné a una araña, pero escribí la historia que acabas de leer. Ahora los dos somos responsables.

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