Diábolus in música

por SAMUEL HUBERMAN, Est. Derecho, U. Adolfo Ibáñez.

La magia de la comprensión y el entendimiento radica para nosotros en la separación, en hacerse ajeno de la cosa que se entienda o analice, sea una específica, un género o una circunstancia. Fraccionamos por parte la esencia de lo que nos rodea para poder comprenderla mediante la palabra, lo que según un filósofo alemán, que no recuerdo el nombre, nos mantendría un paso atrás de la verdad por siempre.

Estamos vedados a comprender, ya que lo que entendemos es el reflejo de cómo nos entendemos, y entendemos dependiendo de nuestra capacidad para alejarnos conceptualmente de otro, por lo que la realidad es un complejo de separaciones teóricas que para nuestra suerte práctica nunca tocamos.

La realidad como idea es un ideal sutil fraccionado por lo subjetivo del interpretante y el acotado conocimiento práctico para expresar lo interpretado.

Por suerte la música ha venido al rescate de nuestro desaventurado viaje lingüístico, pudiendo abarcar la esencia de la realidad sin una descripción que la aleje, sino que la música en su composición posee una separación y un sentido único para el autor, y luego toma vida propia. Abarca su propia esencia sin entenderse, se auto desentiende de sí eternamente sin poseer una etiqueta de presentación como: “Soy Samuel, estudio Derecho, tengo mil hermanos y me gusta escribir cosas lateras”, que son, por cierto, meras descripciones que ocultan la esencia que generalmente somos reúsos e incultos de nosotros a responder cuando nos preguntan: ¿Quién eres? 

La música al ser de modo original invención del hombre posee una falla, no de interpretación de la realidad ya que no la describe, sino que de representación de la misma mediante su acción propia en la emisión.

La música y sus acordes generalmente dan en sus combinaciones frecuencias de onda que se encuadran en números racionales y que son expresados en fracciones. Sin embargo hay un tono, que se aleja de la representación perfecta, uno extraño y poco entendido, representando y resolviéndose en números irracionales.

El tritono da √1/2, siendo en la práctica complicado llevar a cabo y sonando de forma siniestra, este singular tono fue prohibido en la edad media y fue descrita posteriormente como el “Diábolus in música”. Es teóricamente útil, y prácticamente alejado de lo común puesto que esta medición matemática nació con Pitágoras para poder comprender o encapsular un segmento inconmensurable a algo que pueda realizarse en sí y solucionar el problema practico en el que se está inmerso, cosa que provocó una ruptura en el mundo científico antiguo entre la geometría y la aritmética, que se regían por el principio de proporcionalidad.

Vemos que hay veces que la mismísima música no logra representar la realidad de si misma, o de cuál es su fundamento esencial, creando la coexistencia de lo irreal y lo infinito e imperfecto como una realidad concreta más allá de la sombría teoría.

Podemos distinguir a primera vista que la composición básica de la música se conforma de ciertos elementos distintivos como la melodía, el ritmo y la armonía, siendo cada uno de ellos en ese orden analogables al “que dice”, “como lo dice”, y por último “si lo que dice tiene sentido”.

Pero falta un elemento básico para poder comprender la obra maestra, para poder interpretar y no escuchar una ensalada de sonidos inaudibles al juicio de la apreciación.

Falta lo que siempre falta, lo que nunca dice nada y lo que no existe. Falta el sonido de lo infinito y de lo inaudible.

Lo que nos da la capacidad de apreciar el significado del sonido, de la armonía del mismo y de lo que simboliza, curiosamente carece de todo sonido.

El silencio es clave en el sonido y lo infinito de lo perfecto.

Nuestra realidad, aunque nos azote la rutina, está llena de silencios e infinitos que hacen posible que estemos inmersos en una realidad inteligible, pero aún con muestras diarias de lo anterior, seguimos creyendo que el silencio no dice mucho y que el infinito es la quinta pata del gato que solo le interesa a los físicos, astrónomos y religiosos, menospreciando que sin ellos, el conjunto de lo vacío y de lo irracional, nosotros no tendríamos ningún sentido, al igual que una melodía sin silencios.

Bibliografía:
-Conversaciones de terraza poco ortodoxas y en lugares poco recomendables beldando lo importante de lo muy importante con Martin Oksenberg y Sergio Yulis.

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