Construyendo la redención en el Nuevo Mundo: experiencias de inmigración en los siglos XIX y XX.

por VALERIA NAVARRO-ROSENBLATT. Historiadora, U. Católica. Est. Doctorado en Historia Latinoamericana y Judía en U. de Wisconsin – Madison, EE.UU.

Cuando Natalie Gumpertz llegó a Nueva York en 1868, probablemente pensó que llegaba a la tierra de la esperanza y libertad. La ciudad tenía la imagen del paraíso en la tierra. Cientos de miles de judíos pensaron lo mismo al llegar al Nuevo Mundo.

Entre 1860 y 1924, aproximadamente 14 millones de personas llegaron a los Estados Unidos. Escapaban de hambrunas, pobreza, persecuciones políticas y discriminación religiosa. Por ejemplo, en Irlanda, desde 1854 una peste afectó la producción del principal alimento, la papa, provocando que más de un millón de personas viajaran a través del Atlántico en búsqueda de un mundo mejor.

Los problemas que dejaban atrás parecían insuperables. Significaba las opciones de vida o muerte, liberad u opresión para quien optaba por partir. Pero una vez iniciado el proceso de viaje, las esperanzas chocaban con la realidad. Nada era fácil, hacer “la América”, era más complejo que solo tomar un barco y llegar a un país donde todo estaba por hacer. Había que darse cuenta que todo lo que podía hacer o no, dependía del entorno, el contexto, las habilidades de la persona y también de las oportunidades que abrían o cerraban las administraciones de turno.

Todo comenzaba, en Estados Unidos, en Isla Ellis. Un centro de entrada para “el paraíso”, que era al final del día, mucho más que solo una hoja de registro. Tenía evaluaciones psicológicas y físicas, así como implementación de las cuotas que a partir de principios del siglo XX se fueron imponiendo para los países de Europa del Sur y del Este. El más insuperable de todos los problemas era ser parte del 2% que eran retornados a sus países de origen, esto es; aproximadamente mil personas cada mes.

Luego que la persona lograba superar las selecciones y pruebas en esta pequeña isla aledaña ala Estatuadela Libertad, el momento de la “verdad” llegaba. El tiempo de encontrar, o no, un contexto adecuado para poder vivir y progresar en lo político, económico, social y cultural. Hoy sabemos que el desafío fue enorme, básicamente comenzar con una nueva y diferente vida, en condiciones inéditas.

Para los inmigrantes, desde 1880 principalmente irlandeses, italianos y judíos del este de Europa, este proceso ocurrió en la zona conocida como Lower East Side, en Manhattan.

Este barrio fue el corazón del mundo migrante, en varios sentidos. Primero, se erigieron allí las habitaciones tipo “arrendamientos”, los tenements. Departamentos de ladrillos rojos y albañilería, con su característica escalera exterior, para familias inmigrantes de paga semanal. No gozaban de buena iluminación, poca luz, pequeños, con una cocina de carbón y sin baños. En uno de estos departamentos, en la calle Orchard 97 vivió Natalie Gumpertz a fines del siglo xix. Vivía con tres hijas, un bebe y su marido. En los momentos más difíciles de la crisis económica de 1873(causada por especulaciones bancarias), su marido desesperado por la ausencia de trabajo simplemente se marchó, Natalie nunca supo más de él. También su hijo pequeño murió por disentería, y ella debía pagar el arriendo. La solución que encontró fue establecer una fuente de ingreso con confecciones y costurerías (como sería llamado hoy en día).  Este trabajo, de esfuerzo diario, agregado al cuidado constante de la casa y sus hijos, hizo que Natalie fuese capaz de transformar su situación de vida. Años más tarde se trasladó desde el  barrio de inmigrantes hacia el norte de la ciudad a su propia casa.

El barrio del Lower East Side en esa época parecía contradecir la imagen de paraíso terrenal de New York. La saturación de personas, la ausencia de intimidad, la imposibilidad de mantener una higiene adecuada, eran unas de las características del barrio. La pobreza, la explotación, el subempleo eran constantes. Era entonces, ¿este el sueño de lo posible en el Nuevo Mundo? ¿Como conciliar las ideas de utopías en la tierra y redención con la realidad que se les imponía a los inmigrantes? ¿Qué tipo de redención es esta, para que millones pasaran por ella?

América y sus centros de atracción, Nueva York, Buenos Aires o Sao Paulo ofrecían algo que Europa no otorgaba, la oportunidad a las personas de poder tomar la acción en sus manos y tal como Natalie Gumpertz, cambiar su situación. Lo harían de diversas formas, ya sea a través de su esfuerzo individual, o combinado con la ayuda de millares de asociaciones de gremios, etnias o ideas que surgieron en las ciudades. También a través de la difusión y lucha por sostener  los derechos laborales y sociales en los Estados Unidos.

Una vez en Nueva York, las posibilidades eran inmensas pero no gratuitas, los migrantes tuvieron que luchar por ellas y crear formas nuevas e inéditas, pues las fórmulas de Europa del Este no servían en el nuevo contexto. Se formaron así uniones y periódicos que representaron a los judíos de izquierda y radicales. El más conocido es el Forvets (Adelante!) que mantuvo –hasta hoy- su edición en idioma yidish. El periódico situó sus oficinas en el corazón del Lower East Side, erigió un icónico edificio y buscó difundir la capacidad de acción política y cultural entre los nuevos inmigrantes que no sabían inglés y también preservar la cultura que traían los judíos de Europa del Este como algo valioso.

La vida no era fácil como parecían contar las historias cuando partían desde el imperio zarista y el imperio austro-húngaro, pero después de mucho esfuerzo, trabajo y sacrificio, en su vasta mayoría sí pudieron obtener un mundo mejor para ellos, y sus hijos.

Las nuevas generaciones, las hijas de Natalie por ejemplo, no quedaron atadas al Lower East Side, y se trasladaron a otros barrios, a Brooklyn, al Bronx o al Upper East Side, dependiendo de las posibilidades. Dejaron atrás el espacio que los vio llegar y que significó para ellos América, el lugar donde pudieron construir su propia redención.

Este proceso de cambio y transformación, no ocurrió solo en Estados Unidos, también en América Latina podemos ver como desde la decisión de emigrar, por diversos motivos, se convertía en un trayecto arduo y complejo, sobre que decisiones tomar para poder transformarse en un nuevo ser en cada país. En el caso de Chile podemos recordar como muchos de nuestros abuelos llegaron al barrio Matta-San Diego, a Valparaíso o Temuco, donde vivían en condiciones precarias mientras trabajaron de modo arduo para poder sobrevivir.

Era ese el momento en que convertían a Chile en su país, en el lugar que los acoge y los acepta, a pesar de las discriminaciones que hubo y que de cierta manera continúan hasta el día de hoy… Pero el proceso de integración también incluyó la construcción de organizaciones e instituciones que les permitió hacer sentido y mantener cohesión cultural, como judíos.

Ahora falta que podamos construir nuestros propios museos que recuerden como ha cambiado la situación de los judíos en Chile. Que también enseñe que la posición de “clase media” que algunas familias pueden tener ha sido a través del esfuerzo. Nuevamente, ha sido el trabajo, y determinación de seguir adelante, de seguir como judíos de distintas denominaciones, de encontrar tolerancia y respeto en la diversidad, lo que ha traído que hoy seamos “libres” y parte de nuestros países. Recordar como Natalie Gumpertz, no solo lo negativo, sino también el proceso de cambio que nos ha permitido encontrar redención en nuestras tierras.

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