Tareas pendientes de la Comunidad Judía en el patrimonio fílmico documental de Chile.

por ALLAN BORTNIC, Est. Periodismo, PU. Católica de Chile.

Es evidente que hoy por hoy, el documental es un género del que podría decirse que “está de moda”, si no fuera porque hablar así podría sonar peyorativo, lo que no es de ninguna manera justo.

En la meritoria y acuciosa tesis universitaria que Joanna Reposi dirigió con un equipo de alumnas de la Universidad Diego Portales, integrado por María Ignacia Court, Liliana Orellana, Josefina Ossa y Macarena Ovalle, se acompaña un listado, según el cual entre el año 2000 y el 2004 se han realizado 97 documentales. Una cifra sin duda enorme y que seguramente debe ser en la realidad aun mayor, ya que no es fácil seguirle la pista a todo lo que se produce en el género. Salvo la información que pueda reunirse por la vía de la Asociación de Documentalistas de Chile (ADOC), hay pocas fuentes a las que pueda acudirse. Una revisión del catastro de documentales realizados en el país no deja de arrojar el cuestionamiento de la ausencia de trabajos relacionados con la comunidad judía en Chile.

La ADOC (Asociación de Documentalistas de Chile)trabaja para traspasar las capas de las apariencias y dar vuelta el lugar común de los 33 mineros, de Allende, Pinochet, Neruda, Bachelet, adentrándose en las grietas de lo real para contar la historia de “Alicia en el País”, del “Estadio Nacional”, del “Edificio de los Chilenos”, de “El Diario de Agustín”, de “La Ciudad de los Fotógrafos”, de las “Noticias”, de “Arcana”, de “La Nostalgia de la Luz”, “I Love Pinochet”, y entre todos éstos, de “Palestina al Sur”.

“Palestina al Sur” (2010) de la directora Ana María Hurtado, relata el episodio post-caída de Saddam Hussein, en el cual miles de palestinos residentes en Irak se han convertido en refugiados en tierra de nadie. La lejana república de Chile ha dado la bienvenida a un grupo de ellos en La Calera, una pequeña ciudad donde cientos de palestinos llegaron durante el siglo pasado, haciendo de ésta, la ciudad natal de sus hijos. Hoy, al igual que cien años atrás, el viaje se replica. Basem, un joven palestino quien acaba de arribar junto a su esposa e hija, se enfrenta a este nuevo país, lleno de entusiasmo, ingenuidad y esperanza. Su anhelo es una casa en este mundo desconocido y seductor, a miles de kilómetros de su tierra natal. En su nuevo país, Basem recupera su oficio de panadero y monta su propio negocio.

Si bien pareciera que se hace una comparación inexperta y juvenil sobre “cómo es posible que existan documentales sobre la comunidad palestina y no sobre la judía”, el objetivo no es tal; más bien cuestionar las razones del por qué cuando la tendencia mundial y nacional apunta hacia un incremento en las producciones del género, la comunidad judía parece pasar desapercibida.

Como quiera que sea, la cifra es de todos modos indicativa de la magnitud del fenómeno, y la nómina registra, los títulos más significativos, y es ilustrativa, además, de un hecho decidor: la gran mayoría de los realizadores son gente joven, lo que noes difícil de discernir, porque los nombres de los que ya no lo son, figuran en las listas de las décadas anteriores.

La pregunta que surge es: ¿a qué se debe esta indudable popularidad del género? Las razones son, en primer lugar, los progresos acelerados de la tecnología que hacen infinitamente más fácil la tarea de filmar una película, porque el proceso se ha simplificado y además se ha abaratado. Paralelamente, han proliferado los centros donde se enseña cine, ya sea en escuelas, institutos o simplemente núcleos educacionales.

La vocación en la realización y el potencial expresivo del género documental motiva una doble determinación, propia del auténtico creador: la necesidad, por una parte, de entender las múltiples facetas, los problemas de todo tipo del mundo que lo rodea, y en segundo término, de transmitir al espectador las imágenes que muestran de qué manera esa experiencia marca su sensibilidad, poniendo en evidencia sus intimidades intelectuales o afectivas, sus afinidades o su rechazo, sus convicciones o su desconcierto. El documentalista se mueve principalmente entre dos polos: la afirmación y la pregunta, y necesita, como todos los artistas, hacer cómplice al receptor de su arte, de sus creencias y sus dudas.

En el caso concreto del cine chileno de hoy, el documentalparece mejor preparado para cumplir este cometido que el cine de ficción, porque en este, en una etapa que pareciera ser de auge, al lado de las buenas películas que el público premia con sus asistencia a las salas donde se proyectan, están “las otras”, las prescindibles, las que no suman sino restan al patrimonio fílmico.

El compromiso con incluirse en este proceso de registro documental y patrimonio fundamental y trascendente para la memoria de un país apunta a motivar las afirmaciones y preguntas sobre cómo la comunidad forma parte de la sociedad chilena.

El desafío de que las afirmaciones y preguntas sobre cómo nuestra comunidad judía, con una activa participación social y política a lo largo de su historia, ha sido parte de la sociedad chilena, sean registradas y materializadas, es todavía una tarea pendiente. Una comunidad que no se registra está condenada a perder su memoria.

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