La peor de todas: la ideología de la indiferencia.

por SEBASTIAN MORALES, Est. Ingenieria Civil, U. de Chile. Guizbar Hanaga Tzeirei Ami.

No somos conocidos por cómo nacemos, si no por lo que hacemos. Somos lo que somos porque así lo quisimos y decidimos. Cada día, cada minuto, estamos decidiendo cosas. Hacia dónde doblar cuando caminamos, con quién conversar o dejar de conversar, qué escribir en este ensayo, etc. Diferentes decisiones que nacen todas de una inquietud intelectual que nos diferencia de otros seres vivos.

El hombre deja de ser un animal en el momento que comienza a preguntarse por el por qué de las cosas, cuando nos cuestionamos temas que están un poco más allá de lo que ven nuestros ojos o escuchan nuestros oídos. Y comenzamos a obtener cada vez más conocimientos mediante los cuales comenzamos a tomar decisiones con cada vez más fundamentos. Nacen entonces distintas maneras de ver, entender e interpretar el mundo, las diferentes corrientes de pensamiento, las ideologías.

Preguntémonos entonces, ¿han ayudado en algo las ideologías a la humanidad, ya sean políticas, económicas, culturales o religiosas? Lo hayan hecho o no, es inevitable que hayan aparecido, pues son propias de la subjetividad de las interpretaciones humanas, innatas en todos nosotros, por lo que sería casi inútil responder a esa pregunta, ya que no hay nada que podamos hacer al respecto. ¿Es posible que un mismo sentimiento o una misma percepción se presenten de exactamente la misma forma en dos personas? Claramente no, lo que abre el abanico del espectro ideológico que hoy podemos distinguir en todas sus dimensiones.

A lo largo de la historia, muchas ideologías pueden de ser catalogadas como dañinas para la humanidad. Fascismo, Comunismo, Capitalismo. Sin embargo, existe una que ha hecho infinitamente más daño que cualquier otra: La ideología de la indiferencia, la no ideología. El sentarse a ver como ocurren las cosas, el tratar de abstraerse de las decisiones y sólo someterse a aquellas que otros están tomando. Esa es la verdadera ideología que no sólo permite, si no que indirectamente promueva la violencia, el caos, la guerra y los malos tratos.

Como bien dijo Einstein, el mundo no es peligroso por quienes hacen el mal, si no por quienes se sientan a ver lo que pasa. Cuando vemos algo con lo que discrepamos, debemos ser proactivos en corregir tanto el error ajeno como el propio, con la agresividad necesaria como para cambiarlo y con la humildad necesaria como para aceptarlo en caso que el error sea nuestro.

Cuando pensamos que una ideología es errónea, podemos debatir, argumento a argumento, si es correcto. Contra posición de ideas cuya resolución es finalmente decisión de cada uno de los participantes del debate. Cuando no tenemos ideología, no generamos debate, por lo que no hay un contraste de ideas y finalmente nadie avanza.

El mundo está en nuestras manos, debemos tratar de devolverlo mejor de lo que lo recibimos (tikún olam), para lo cual hay que aprender del pasado y corregir todos los errores que podamos, sean propios o ajenos.

Culpar sólo a Hitler y al nazismo del Holocausto (por poner un ejemplo que despierte sus sentidos) y no a los jerarcas mundiales contemporáneos sería una cobardía, pues desde que surgió el personaje de Hitler y su libro Mein Kampf hasta que los hornos de Auschwitz comenzaron a funcionar pasó casi una década. ¿Qué hizo Inglaterra, Francia, EE.UU? Nada. Ser testigo de un crimen y no denunciarlo es también un crimen.

La indiferencia, para mí, es la personificación del mal, Elie Wiessel. ¿Para qué queremos la inquietud intelectual, la búsqueda de la perfección? No somos un perro que corre detrás de un auto sin saber lo que hará cuando lo atrape. Tenemos que ser, todos nosotros, quienes guíen ese auto al que creemos será un mejor lugar. Acelerar cuando lo consideremos conveniente y si estamos en un mal camino no dudemos en frenar en seco y dar la media vuelta.

El me da lo mismo o no estoy ‘ni ahí’ son justamente aquellas premisas que sacan a la luz una indiferencia que es peligrosa en cualquier ámbito que sea detectado y que tiene una popularidad escalofriantemente alta.

¿Qué sería de la ciencia si Galileo no se hubiera atrevido a contradecir a la iglesia? ¿Qué sería de Sudáfrica si Mandela no se hubiera revelado contra el Apartheid? ¿Qué sería del fútbol chileno si Bielsa no se hubiera atrevido a plantear su sistema táctico? Sólo el atrevimiento, el no tenerle miedo al cambio, es lo que terminó por mejorar el contexto. No ser inertes frente a los errores, no moverse por inercia.

A fin de cuentas, recibimos un mundo al nacer que todos nosotros debemos mejorar con cada una de nuestras decisiones. Es eso lo que nos da nuestra condición de humanos, poder cambiar el mundo que nos rodea.

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