El miedo a las ideas: el peligro a la vida que experimentan los intelectuales en contextos de opresión.

por TOMAS GUILOFF, Est. Derecho, PU. Católica.

Nuestra sociedad tiende cada vez más fuerte a las revoluciones científicas, a los cambios radicales producidos por nuevas creaciones tecnológicas y a las nuevas verdades legitimadas. El desarrollo del paradigma científico es inevitable, lo que justifica su regulación moral como algo beneficioso para el bienestar humano.  Hoy, la ciencia clásica está siendo remplazada por la ciencia cuántica, lo que ampliará en niveles inimaginables nuestro universo de conocimiento en esta área.  Este nuevo mundo “touch”, donde los sensores son altamente más desarrollados que los del propio hombre, son muestras de que la tecnología avanza sin inmutación alguna, dejando atónitos y sin respuesta a todos aquellos que se criaron en una colectividad más elemental.

Sin embargo, esta situación está generando un desbalance con respecto a las distintas áreas del conocimiento humano. Las ciencias naturales cada vez tienen más peso. Desafortunadamente, esta falta de balance no se trata por un aumento irracional en la intelectualidad de los científicos, sino que se debe a que la gente vinculada a la ciencia humana, es decir, intelectuales sociales que podrían producir cambios de proporciones en la sociedad, se esconden en el anonimato al no ser capaces de divulgar sus ideales y convicciones por el miedo que le producen las posibles consecuencias que tendría su actuar. A lo largo de la historia, el poder, tanto militar como social de quienes lo ostentan ha sido prácticamente monopolizador, y si bien éste está en declive, aún me pregunto; ¿Cuánto conocimiento se ha perdido en toda aquella gente que no se atreve o no se ha atrevido a luchar por el cambio que persigue?

Según Hannah Arendt (al cual me sumo) en su ensayo titulado ¿Qué fue la Autoridad? uno de los grandes vicios del hombre post clásico, ha sido confundir dos conceptos que involucran la potestad[1] en la sociedad. Me refiero a la concepción de lo que realmente es la autoridad (o auctoritas en la antigua Roma) y lo que es poseer fuerza militar u imperium como medio para ejercer el poder. Con la auctoritas sí se puede obtener la potestad a partir de la habilidad intelectual, humana o social que una institución o un cierto individuo posee e imparte con la intención de convencer mediante sus ideales, sin la necesidad de utilizar la fuerza militar, pública o social, siendo finalmente la propia gente quien le otorga el apoyo popular y lo cataloga como alguien dotado de autoridad.  El imperium en cambio nace simplemente como una herramienta que tenía el Rey de ese entonces, para llevar a cabo sus funciones, no como una forma de obtener el poder. El rey no tenía como objetivo ser una autoridad para los ciudadanos, el simplemente debía ser práctico y llevar a cabo sus obligaciones de la manera más idónea para el funcionamiento de la Monarquía, por lo que si debía hacer uso de la fuerza militar y utilizar a sus lictores o posteriormente ejército, no dudaría en hacerlo.

¿Quién creemos que tiene autoridad? ¿Tienen más autoridad las personas que tienen mayores herramientas como la fuerza física, la bélica o social? Existen muchos tipos de instrumentos (sean tangibles o intangibles) que causan relaciones asimétricas en las relaciones interpersonales. Sin embargo, no debemos olvidar que esas “herramientas” son la evolución del viejo concepto de imperium, una facultad que no estaba hecha para lograr la potestad sobre otra persona, sino más que para llevarlo a cabo. Si nosotros, miembros de este “apoyo popular” catalogamos como autoridad a aquellos que gozan de instrumentos de poder, estamos causando que ellos mismos crean que tienen facultades por sobre nosotros por un tema netamente superficial, lo que conlleva a darles la posibilidad de impartir consecuencias a quienes no se sometan a su orden.

Esto produce una red de situaciones que hundirían a quienes verdaderamente merecen ser admirados por su autoridad, aquellos que sin estas herramientas son capaces de ser respetados por sus ideales e intelectualidad en cualquiera de las áreas del desarrollo humano.  Son finalmente estas personas las que producirán cambios favorables para nuestra sociedad, pues sin importar si compartimos o no sus ideologías, lograron convencer sin anteponer ningún tipo de poder.  Las herramientas de aquellos dueños de la potestad serán las leyes, las cuales se encargarán de sentenciar a aquellos que no dejen a las reales autoridades cumplir su labor de ordenar la sociedad.

A lo largo de la historia, generalmente quienes han ostentado el poder han sido personas o instituciones que han manejado la sociedad a su conveniencia, impartiendo castigos severos a quienes desafiaran tal voluntad, modelos transversales que denotan tal realidad. Han existido diversas formas y medios para tornar el eje de la sociedad en su favor. En Egipto por ejemplo, la gente se veía obligada a entregar grandes partes de sus cosechas a modo de tributo al faraón.  Durante la Edad Media, la Iglesia controló la economía cobrando impuestos llamados diezmos.  En la época de los absolutismos, los Reyes lograron el control de los 3 poderes del Estado, tiempos simbolizados en la célebre frase de Luis XVI “El Estado soy yo”.  En la actualidad, la censura de distintos partidos políticos encarnados en el concepto de “unipartidismo” utilizado por los totalitarismos y la propaganda política con el fin de crear una imagen idealizada o bien para demonizar al enemigo como ocurrió a lo largo de la Guerra Fría entre EEUU y la URSS, son medios ya conocidos e ilustrativos de cómo el poder ha manipulado la sociedad a su antojo.  Y claro, con una sociedad monopolizada, ¿quién se atrevería a rebelarse?, ¿Quién hubiese estado dispuesto a contradecir la ideología del emperador chino, sabiendo que le deparaba una vida de torturas? ¿Quién hubiese estado dispuesto a imponer su ideología ante la Iglesia del siglo XIII sabiendo que la Santa Inquisición ya estaba en marcha?

La creación de las universidades durante la baja Edad Media, da pie para nuevos intelectuales, unidos bajo las convenciones del humanismo literario y el renacimiento artístico. Sin embargo, da la impresión de que era más el conocimiento que había dentro de las universidades que el que posteriormente se divulgaba públicamente. Aún no existía una completa libertad de expresión y autores hasta debieron publicar sus escritos de forma anónima. Existen casos emblemáticos de quienes desafiaron los paradigmas rigentes.  Galileo por ejemplo, pudo reformar tanto la forma de ver la ciencia natural como la forma que tenía el hombre de pararse ante el mundo, afectando directamente los intereses de la Iglesia. Al largo plazo, vencieron las ideas, pero al corto plazo, Galileo tuvo que arrepentirse ante la Inquisición además de ser condenado a pena perpetua.  Quizás cuántos otros Galileos hubiésemos tenido, si éste no hubiese sido apresado. No cabe ninguna duda, que muchos potenciales intelectuales, contemporáneos al poder eclesiástico, ni se interesaron por explotar sus habilidades, sabiendo que finalmente serían apresados, sino asesinados.  Es más, seguramente hubieron otros, que simplemente no los alcanzamos a oír, pues fueron callados mucho antes que pudiesen hablar.

Lo cierto es que para expresar ideologías sin el miedo a la censura y a las consecuencias que atentaran a la integridad del individuo, se requieren leyes que respalden los derechos y a la vez limiten las facultades de quienes dominan las sociedades. El movimiento ilustrado, fundamentado en la razón, trajo consigo el comienzo de esta nueva época en la cual lentamente el hombre tiende a la evolución a nivel social con respecto a la moral con la cual nos comportamos. La Revolución Francesa marca un hito en cuanto al tema en cuestión; enmarcando la Declaración del Hombre y del Ciudadano en 1789.  Estos nuevos textos, fueron causas de la emulación de este proceso en diversos sectores del mundo y las leyes se comenzaron a codificar.

Es indudable que el poder es cada vez menos absoluto si hacemos un contraste entre la época contemporánea y los tiempos anteriores a la Revolución Francesa.   Hoy día conocemos a Einstein, Freud y otros tantos que seguramente si hubiesen vivido en épocas anteriores, sus conocimientos serían censurados o quizás nunca los hubiesen divulgado.  Sin embargo, no podemos creer que porque hoy existen los derechos humanos o la ONU, nuestra sociedad se encuentra en el auge del desarrollo ideológico.

La revolución francesa marca el comienzo de un proceso en el cual cada vez hay más y más idealistas que se atreven más a difundir sus convicciones. Sin importar el color político, celebro a quienes son dotados de real autoridad. Pero más aún, a aquellos que después de haber logrado potestad a partir de sus propios ideales, son consecuentes con ellos y no se trastornan con el poder adquirido. Lograr autoridad mediante la humilde expresión de las ideas es un arma de doble filo. Tal vez el instinto del hombre de estar constantemente buscando su propio bienestar, es más fuerte que el anhelo o la esperanza de realizar un cambio a nivel social.

El hombre es cada vez más capaz intelectualmente. La población es cada vez más educada, por lo que la gente involucrada en la política debe entender que la sociedad debería ser progresivamente más exigente en cuanto a lo que quiere. La gente ya no cree en ideas infundadas o en promesas incumplibles. No es casualidad que la clase política esté cada vez peor evaluada. La gente hoy exige argumentos, ideologías convincentes, gente que pueda ser respetada y a la vez que sea símbolo de autoridad no por sus herramientas como la propaganda o apariciones “para la foto”, sino que por sus consecuencias y vocación por lo que hace.

La Primavera Árabe está en pleno desarrollo. Los idealistas, los que se atrevieron a cruzar el río están saliendo “victoriosos”. Le han demostrado al mundo ejemplo de coraje y valentía, además de lo que es arriesgar el pellejo por un bien común. Ahora solo a esperar que los que obtengan el poder logren gobernar en democracia y justicia. En Chile todavía nos falta’.


[1] Potestad: Poder o autoridad que se tiene sobre una persona o una cosa

Fuente: http://es.thefreedictionary.com/potestad

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