El teatro de la tolerancia

por ALAN GRABINSKY, Lic. en Filosofía, UNAM, México. Est. MA en Medios, Cultura y Comunicación, New York University.

 

Las banderas del arco iris gay se veían a lo lejos; en el fondo, el balcón sobre el cual Hitler daba sus discursos. El público tenía sólo que caminar unos cuantos metros, voltear hacia arriba, y si se concebía la escena en blanco y negro, parecía una de esas fotos donde las masas austríacas celebran la ocupación alemana, el Tercer Reich.

Banderas nazis por banderas gay, quién lo hubiera pensado…

Pero dejemos a un lado oposiciones históricas idiotas. Viena no es lo que era antes, la ciudad ha pasado por transformaciones traumáticas, catastróficas: la segunda guerra mundial, el proceso tortuoso de reconstrucción, y, más recientemente, un influjo de inmigrantes que llegan a la ciudad pastel, huyendo de desastres en otras partes del mundo.

Era domingo, yo estaba todavía un poco crudo, mi garganta me dolía. Si hay alguien que fuma más que los turcos, son los austríacos, el humo es su hábitat natural. Por suerte, el evento era al aire libre.

Pero no podíamos pasar la policía había cerrado el paso. Aun así, retumbando en los edificios, logramos escuchar el nuevo himno nacional: Waking in the rubble/Walking over glass/Neighbors say we’re trouble/Well that time has passed.  Junto a mí, una francesa se puso a hablar con unos jóvenes, felicitándolos y expresando su admiración por el triunfo.

Había mucho que celebrar: el (la) participante de Austria en el concurso musical más importante de Europa había regresado de Copenhagen, victorioso(a).

Eurovisión, visto por más de 115 millones de televidentes, es un fenómeno que logra juntar a todo un continente que, aunque no integrado económicamente, si lo está en lo que respecta al consumo de música pop y programas de televisión. El evento convierte a toda Europa en una gran sala, promoviendo un sentimiento de una comunidad imaginada, que se extiende desde Ucrania hasta Estonia, desde Inglaterra hasta Azerbaijan.

Un hombre barbudo con cuerpo de mujer, pelo largo, y potente voz afro a la Whitney Houston – la/el austriaca(o) Conchita Wurst –utilizó la ambigüedad sexual para ganar.  Durante el concurso, países homofóbicos como Rusia y Azerbaijan se “olvidaron” momentáneamente de sus fervientes políticas antigay para votar por lo que era para ellos un fenómeno de circo.

Debo confesar que tuve sentimientos encontrados cuando vi a la atractiva locutora de Austria salir en la tele con una barba negra pintada con plumón de pizarrón. ¿Qué era eso? ¿Señal de apoyo, burla o tolerancia, auto sabotaje o sobrellevar la humillación?

Te queremos, Conchita, te queremos.

Acabó el concierto y la policía abrió el paso. Entre las 20 mil personas del público, había muchas mujeres y hombres con barbas postizas de cartón. En una calle peatonal, un gringo sostenía un cartel: “Free Hugs for Tolerance”.

“Yeah, celebrate tolerance, MAAAN!!!” gritaba, y les daba un fuerte abrazo a aquellas pobres víctimas que, para salir del lugar, lo tenían que atravesar.

Sólo por él me vuelvo fascista”,  me dijo mi amigo gay judío que ha vivido en Viena toda su vida.

Así es, como el ave Fénix de las cenizas, Viena se ha reconstituido a partir de sus propias ruinas. ¿Qué importa que la ultra derecha esté creciendo en este país, y busque cada vez más representatividad en el parlamento europeo? Ahora, la ciudad se ha convertido en una arena para celebrar la diversidad.

Dos semanas antes, en el mismo espacio, atendí a un evento gratuito de música sinfónica para conmemorar la liberación de los campos de concentración. Era la segunda vez que lo hacían, y la verdad me parecía un acto de madurez un acto de madurez el abrir un espacio para la introspección histórica. Luego, me enteré que activistas de ultra derecha se reunían ahí todos los años para lamentar la pérdida del Reich. El festival, por más sofisticado que parecía, era reaccionario: había que quitarles el lugar.

Acabó el concierto de Conchita y regresamos al Festival Judío, que se estaba celebrando cerca en el Rathouse. Estaba medio escondido en un atrio y había poca gente. La amena cola de seguridad, los simpáticos detectores de metal, y la coqueta pregunta “¿tienes alguna arma? ¿alguien te ha dado una bomba?” le quitan las ganas a cualquiera.

El Rathouse es un monumento del Imperio Austrohúngaro construido en 1887, masivo, de columnas de corte gótico y tejados grises. Adentro había un gigantesco escenario, sobre el cual títeres de judíos rabinos cantaban música, un judío ortodoxo tocaba la marimba, otro judío tocaba jazz…

La quinta vez que escuché el Haba Nagila, me quería dar un tiro.

Anocheció, las luces del campanario se prendieron, empezó a llover, y el festival seguía, con 10-20 personas, resistiendo la muerte.

Duró una semana más…

Para entonces, ya había tenido una sobredosis de tolerancia, no quería saber nada del tema. Pero resulta que algunas semanas después, unos curiosos posters empezaron a aparecer en la ciudad.

Era una escena paradisíaca del fotógrafo artista Dave Lachapelle: una preciosa Eva acercándose a un Adán que se encontraba tendido en el pasto, contemplándola. El pelo de Eva caía por los lados, sus pechos eran perfectos, su ombligo, sexy, y su pene, natural, sin circuncidar.

Así es, estoy hablando del pene de Eva, y al que no le guste, que se joda. Al menos esa es la impresión que me vino del póster: el tono, un acto contestatario, de contra cultura.  Luego me enteré que no era un evento alternativo, al contrario – eran para el Live Ball, el evento mundial más importante para recaudar fondos contra el SIDA. Los afiches habían sido creados y aprobados por el gobierno austríaco, eran de dominio público, como la arquitectura del Rathouse.

Me parece importante que haya apoyo, sobre todo del gobierno, a todas las minorías para que tengan representación en el espacio público. Mostrarse es un acto de gran valor, sobre todo en ciudades en donde hacerlo hace sesenta años era firmar un acta de muerte.

Pero, ¿qué eso de “festejar la tolerancia”?  A una persona se le “tolera” como un enchufe tolera cierto tipo de voltaje. Si el voltaje se pasa de la raya, el enchufe se rompe…

Hace muchos años, en una fiesta, un buen amigo mío se me acercó y me confesó que era gay. Me sentí defraudado, ansioso y, sobre todo, muy enojado. ¿Cómo podía ser? ¿Qué pensaría la gente de mí?  Me dejé influir por mayores, y como para protegerme, le dejé de hablar. Hasta ahora, la relación ha estado mermada por esa estúpida reacción mía, me llena de culpa, no la podré sanar.

Ah, pero eso sí, en Berlín, no tuve problema participando en la marcha del orgullo gay, pero siempre y cuando “ellos” se mantengan contenidos en el espacio público, no me afecten en lo personal. Ni siquiera fui tan valiente como para ponerme una barba postiza en Viena, ganas no me faltaban.

Supongo que no “toleré” a mi amigo, pero más bien lo que no “toleré” fue el sentimiento de ambivalencia que me causaba estar con él –el hecho de que su persona, irreducible, redefiniera los términos de mi identidad. Sentí que perdía control sobre mi mismo; el voltaje era demasiado alto, lo tuve que cortar.

Al hacerlo, lo había tratado como se trata a algo atorado en el zapato. Luego, a olvidarse del asunto y participar en festejos públicos de menor intensidad—con tal de sentirme como un miembro activo del grupo de los “tolerantes”. Pero el daño ya estaba hecho, y el festejo era más bien una manera de expiar mis culpas, un parche para no sentirme tan mal, pero, por más alcohol que se le eche a la herida, mientras más íntima es ésta, más difícil es hacerla sanar.

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