100 años de Hashomer Hatzair en el mundo y 73 en México: la búsqueda de lo relevante.

por RENATO HUARTE,  BA en Pedagogía y Filosofía, UNAM. Esp en políticas culturales y gestión cultural – UAM, INBA y OEI. MA en Filosofía de la Ciencia UNAM, y Est. PhD en Filosofía UNAM. Profesor de Filosofía judía en la Universidad Hebraica en México y UNAM.

Hashomer Hatzair empieza sus actividades en México gracias a las labores de Avner Aliphas, profesor del Colegio Israelita de México que tiene la idea de traer un nuevo modelo educativo desarrollado en Polonia que dará pauta a la fundación de los Colegios “Hebreos” Tarbut, Sefaradí y Monte Sinaí. A la par y en este afán de brindar educación sionista en la diáspora, junto con el esfuerzo de otros shlijim y fuerzas locales, se funda en 1940 el primer movimiento juvenil judío y sionista: Hashomer Hatzair.

Si bien había experiencias previas de clubes deportivos o sociales, era la primera vez que la comunidad judía de México se encontraba ante un modelo de educación no formal que ya desde la Primera Guerra Mundial proponía un modelo diferente de educación basada en grupos guiados por jóvenes con una base ideológica que dotaba de un nuevo sentido a la existencia en colectivo.  El joven que quería buscar en su grupo la posibilidad de romper con estructuras viejas y caducas encontró en Hashomer Hatzair la posibilidad teórica y práctica de ser parte del “nuevo judío”. Como lo plasman maravillosamente Leonardo Cohen Sabot y Pascal Roy en su documental “Días de juventud” (Doc, 57 min. DVD/digibeta, 2012), los primeros shomrim buscaban romper la forma de ser judío en México. Basados en ideas de ruptura con estructuras burguesas como la familia o el papel de la mujer, estudiaban, se reunían, traducían textos, se iban de campamento, pero todo ello para darle sentido en colectivo a crear una nueva sociedad agraria sin propiedad de los medios de producción en el kibutz.

Esos primeros “años de juventud” estarían caracterizados por materializar los sueños sionistas socialistas y hacer aliá al kibutz, pasando por una buena preparación agrícola y grupal, hajshará, en el rancho “Las Palomas”.  En esos primeros años, la opción no podía ser más que dejar México y lo que ello representaba, no sin dolor, para trabajar las tierras de Israel en una nueva forma de ver el mundo, construyendo un Estado con condiciones sociales diferentes y construyéndose, en lo individual y en lo colectivo.

La tarea no fue fácil, ni todos los que se fueron decidieron quedarse en Israel.  Con el tiempo y con la consolidación del kibutz como forma de vida y del Estado de Israel como una realidad política en 1948, las generaciones de bogrim siguieron teniendo esas aspiraciones de dejar México y realizarse, integrándose a la vida del kibutz. En México, era preciso ir en contra de una corriente mayoritaria de dar continuidad a un judío diaspórico que buscaba su “pequeño bienestar” dando continuidad al negocio familiar, siguiendo en un modelo burgués “inspirado” por viejos cánones religiosos. Por eso los shomrim cortaban corbatas como símbolo ensedado del nudo esclavo y las shomrot no se maquillaban ni usaban símbolos fútiles burgueses como las medias. Así, los jóvenes de las décadas sesenta y setenta del siglo XX se fueron integrando a un kibutz con más forma y con nuevas realidades. En México, se seguía usando el mismo método grupal de kvutzot con un madrij o madrijá a cargo; educando con el ejemplo, siempre con el ejemplo. Sin embargo, en los ochenta y noventa, el Estado de Israel fue siendo otro y el kibutz, a pesar de haberse mantenido en pie, enfrentaba una dura crisis. Muchos de los shomrim que hicieron aliá no se integraban ya a un kibutz.  El muro de Berlín no existía y se comenzó a predicar el fin de las ideologías. Algo tenía que cambiar y, sin embargo, seguía siendo el movimiento “incómodo” para muchos.

De luchar en contra de un establecimiento comunitario burgués y “sin sentido”, hacia la década de los noventa y los años que siguieron Hashomer Hatzair, tal vez sin darse cuenta, se integró a la comunidad para transformarla por dentro. Abiertamente hubo una participación activa en distintos foros comunitarios. Se comenzó a reconocer lo impensable:  muchos de los que pertenecieron a Hashomer Hatzair México no habían hecho aliá o habían decidido regresarse. Muchos consideran éste, un gran error, el fracaso del movimiento que prometía algo y no era capaz de cumplirlo.  Si, por cualquier motivo, alguien no vivía en Israel, desaparecía sin siquiera decir que formó alguna vez parte del movimiento. De esta manera, a partir de los últimos años se volvieron a escuchar voces de exbogrim que con el tiempo llegaron a ser destacados profesores e investigadores universitarios, líderes comunitarios, escritores, periodistas, políticos, padres de familia, etc. Su paso por Hashomer Hatzair los había marcado, pero no habían realizado “la meta máxima”. A nivel mundial, el Congreso en el Kibutz Holit en 2008 para todos los miembros de Hashomer Hatzair fue necesario para replantear los contenidos ideológicos de cara al siglo XXI.

A partir de entonces se tuvo que replantear el camino a seguir.  El kibutz contemporáneo con su retos y desafíos, un mundo cambiante a nivel político, económico y social, un Estado de Israel con 60 años y diferentes realidades cambiantes. Y sin embargo Hashomer Hatzair se asume como relevante. Ha tratado de buscar nuevas formas como las comunas, los centros comunitarios alternos (Tzavta), entre otros para seguir siendo relevante para sí y para las comunidades en donde existe.

Hashomer Hatzair tuvo que  ser original, es decir regresar a sus orígenes. A partir de sus inicios en 1913 en Polonia, era preciso redescubrir que su relevancia es un modelo educativo en donde el madrij es la pieza fundamental de educar a otros, en toda la amplitud del término y no meramente “enseñar” un contenido,  y en ese proceso también educarse, formarse, orientar su existencia hacia “algo” diferente de la realidad en la que se vive. En este sentido es que el joven se vuelve crítico de su realidad. Está comprometido con la paz en Medio Oriente y también con su vecino, busca la justicia social en Israel y en los países en los que vive, en México claramente con todos los problemas que enfrenta, un judaísmo vibrante que no sea “reactivo” desde la ignorancia sino que desde el estudio y la acción pueda brindar una opción abierta e incluyente.

Ser shomer implica redescubrir los nuevos retos que el mundo actual, que México, que la comunidad judeo mexicana, que Israel presentan. Es posible que por esa razón la liberación del Ghetto de Varsovia haya sido posible: esos jóvenes, de Hashomer Hatzair y de otros movimientos juveniles, pudieron enfrentar su realidad.  El reto a 100 años del movimiento ha quedado muy claro en tanto que se tiene que seguir buscando lo que dé relevancia a la vida contemporánea. Las ideologías no han muerto sino que, sin quedarse estancadas, dotan de nuevo sentido a la vida del individuo y de la colectividad.

Como dice el lema del movimiento, “Jazak Veematz, Fuerte y valiente” (de inspiración bíblica – Yehoshúa 1:7), la tarea no es fácil. Mucho trabajo hay detrás, pero ahí radica la importancia de un movimiento que busca no quedarse en el statu quo, sino ir más allá y ser creador y transformador de su propia realidad. Tal vez nos acostumbramos a tener al kibutz como “institución cobijadora” y se nos olvidó que Hashomer Hatzair, junto con otros movimientos, creó la idea de kibutz y le dio vida como opción a su congruencia de vida.

Ahora corresponde encontrar esas respuestas y darle sentido. Por los siguientes 100 años, muchas felicidades por lo realizado, por lo aprendido y Jazak veematz por lo que venga.

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