La sociedad del estrés, ciegos ante una vida saludable.

por GABRIEL MINOND, Est. Medicina, U. de Chile.

 

Nos sentimos constantemente cansados, nerviosos, agotados. El sueño no repara, el despertar se hace difícil, la ansiedad es natural y rutinaria. Así es como se ha normalizado el estilo de vida que llevamos, o aunque uno no se siente personalmente aludido, no nos parece raro que alguien o muchos vivan así. Y eso es porque el estrés se ha vuelto parte natural de nuestra existencia. No es raro estar estresado, sino completamente natural, es parte del año y es motor del día a día.

Para entender el estrés, hay que comprender antes sus raíces; la etimológica y la biológica. “Estrés” viene de la palabra inglesa “stress”, que significa “tensión”. A su vez, aunque cause extrañeza, y no tenga sentido, la palabra inglesa stress proviene de nuestra raíz lingüística, es decir, del latín strictum que significa: apretar, estrangular, sofocar. Aun así, el término como lo conocemos nosotros, no tiene sinónimo en nuestro vocabulario; y ni las raíces representan directamente el significado que nosotros le atribuimos. Tal vez, antiguamente, no existía el concepto que entendemos nosotros porque no era necesario definirlo; el estrés como lo conocemos no se vivía.

Si más encima tratamos de entender la raíz biológica, podemos entender por qué no existía. El estrés es natural, es la respuesta programada que tiene nuestro organismo de forma autónoma para pelear o correr ante un estímulo, es decir, es un mecanismo de adaptación agudo ante un estímulo estresor, valga la redundancia. Tiene un objetivo positivo, sin embargo, al igual que todos los mecanismos de respuesta de nuestro organismo; buscan la adaptación aguda ante el estímulo, y si éste se perpetúa, la adaptación se vuelve crónica y nos causa daño. Lo que hace que se mantenga la respuesta de estrés es que estamos constantemente estimulados; antiguamente, no tenían tantos estímulos como los que tenemos hoy en día: luces a todas horas, chats y comunicaciones, instituciones de estudio y castigo, congestión vehicular, contaminación, drogas, internet, terrorismo, criminalización de la pobreza, globalización y conexión. Esto nos diferencia en gran medida con los estresores que antes tenían; el estar conectados constantemente con el medio nos da beneficios, pero también nos sobre estimula, y si bien estos estímulos no son aparentemente nocivos, sí generan respuesta y nos mantiene atentos a muchas cosas y ninguna a la vez. Fuera de la modernidad y la globalización, antes se vivía en territorios pequeños, con distancias más extensas, la vida se ordenaba en espacios limitados e imaginables, sin contaminación, tráfico ni gran apuro, la gente no se veía bombardeada constantemente por información, luces y extensos calendarios ocupados. Todo era más lento, también sus pensamientos fluían de forma más natural, y no al ritmo tan acelerado y multitareas como nos sucede a nosotros.

Ahora, entendiendo que el estrés es natural, no es algo intrínseco de nosotros el tenerlo de forma crónica; esto es lo que nos hace mal. Y actualmente, hay mucha gente que lo utiliza como moneda de cambio para el éxito, y si tu vida no es difícil y acomplejada, o eres vago, la estás viviendo de la forma incorrecta. Se valora el estrés, se valora vivir para trabajar, cuando en realidad la idea es trabajar para vivir. Pasamos más tiempo del año trabajando que descansando; tener vacaciones es el momento excepcional del año. Ese trabajo desmesurado tiene una razón; sin embargo, nos somete a estrés constante, y nos daña, ya que no es solo trabajo, sino también un sin número de estresores asociados a éste.

En Santiago, el estrés se valora incluso más que en otras ciudades, unido a la excesiva valoración que merece el consumismo y la competencia. Nuestra sociedad lo considera normal, algo más de la vida, y no le parece extraño el vivir de esa forma. Se agregan las grandes distancias que acostumbramos a recorrer para ir de la casa al trabajo o a la universidad, casas de amigos o al estadio para escuchar algún concierto, o alentar al equipo de fútbol favorito, fenómeno que sufren las extensas megalópolis latinoamericanas. Los tacos interminables producidos por la distribución sinuosa y poco organizada de nuestras calles hacen imposible llegar a un lugar sin demorarse más de una hora.

Son este tipo de cosas que hacen envidiar a las “grandes ciudades pequeñas” de algunos países en las que incluso caminando o andando en bicicleta uno llega al objetivo sin grandes obstáculos. Por ejemplo, San Francisco (California). Una ciudad muy particular de Estados Unidos, conocida no solo por su interculturalidad y arte, sino también por ser potencia financiera a pesar de ser casi 6 veces más pequeña que Santiago, y tener una densidad poblacional casi 7 veces menor que nuestra capital. En esa ciudad han disminuido los estresores; tienen políticas para disminuir la contaminación de sus ambientes, acortan las jornadas laborales, funcionan en espacios más pequeños, el transporte público no solo es libre de contaminación, sino también es muy efectivo; si uno quiere ir a cualquier parte de la ciudad puede caminar (y subir las empinadas cuestas) o tomar un taxi, bus o metro. Las casas por fuera son todas similares, lo que disminuye el énfasis de la desigualdad social, la gente hace vida social en las plazas y parques; no tienen tanta comida chatarra como en otras ciudades, y ni en el día, ni por la noche, hay ruidos tan estridentes en las calles. El estrés que se ve allá es muy distinto al que se ve acá.

Es entendible que comparar Santiago con San Francisco es descabellado; pero nosotros nos caracterizamos por mirar para el lado y copiar lo que nos parece interesante de otros lados. Tenemos una hermosa ciudad, que si bien la extensión no nos ayuda a disminuir este estrés, el cambio de mentalidad puede ser suficiente. Aprendamos a valorar el descanso como si fuese nuestro estado basal, y el trabajo la excepción; evitemos estar apurados y mantengámonos un poco más distantes a los medios, reciclemos nuestra basura y limpiemos de alguna forma el ambiente.

Habrá que esperar tal vez décadas para que los gobiernos de turno tomen medidas para disminuir el estrés como tal, a pesar de ser un tema importantísimo en la salud pública. Ahora, a pesar de esto, cada uno como individuo puede buscar la forma de disminuir el propio. Disminuir el estrés significa un cambio radical en nuestra salud; y puede ser la

panacea para una lista interminable de enfermedades: tanto psicológicas como orgánicas.

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