Los campos de tortura que preferimos ignorar

por ALEJANDRA CUETO, Est. Ingeniería Comercial, U. Adolfo Ibáñez.

 

Se imaginan si a su linda mascota hembra, que nos ha llenado de felicidad y amor, la inseminamos artificialmente para que 10 meses después le podamos quitar a sus crías y luego explotarla como productora de leche hasta que le salgan heridas en sus pezones. La encerramos con luz artificial y en un espacio donde no se pueda mover. Nunca tendrá la posibilidad de conocer la naturaleza. Y si su cría nace hembra, vivirá el mismo proceso que su madre. Si sale macho, lo engordarán para enviarlo al matadero.

​Lo que ven en la televisión de los pollos sonrientes y vacas felices no es verdad, y lo que estoy contando ni siquiera se acerca a lo que sucede en realidad. Lo que viven esos pobres animales dentro de los mataderos y criaderos es simplemente terrible. Si sus paredes fueran de vidrio, no tendríamos estómago para comer productos animales, no habría consciencia ni vísceras que aguanten semejante infierno.

¿Por qué deberíamos ser veganos? Tenemos que combatir el especismo, la discriminación del hombre hacia las demás especies, considerándonos superior a las otras, discriminando desde constructos culturales auto-inventados sin fundamentos científicos. Somos lo que comemos y estamos forzando procesos no naturales en los animales, modificando su destino. ​Los animales sienten dolor, poseen sistemas nerviosos centralizados y son seres conscientes, al igual que un ser humano.

¿Quiénes somos para considerar al animal como nuestra propia propiedad? Como si fueran objetos sin sentimientos. Disponemos de ellos para hacer lo que nos plazca. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Es que nuestra empatía ha sido cegada por nuestro narcisismo? Somos unos racistas hacia las otras especies, y nos estamos haciendo los ciegos ante el horror que viven los pobres animales en esos campos de concentración y tortura.

Steven Pinker, profesor de Harvard y psicólogo experimental, afirma: “Quien se oponga a los derechos de los animales y sostenga que el hecho de ser persona se basa en ser miembro de la especie Homo Sapiens no es más que un fanático de la especie, no más sensato que los fanáticos de la raza que otorgan mayor valor a la vida de los blancos que a la de los negros. Después de todo, los demás mamíferos luchan por seguir vivos, experimentan el placer y sufren el dolor, el miedo y el estrés cuando su bienestar peligra. Los grandes simios también comparten nuestros placeres más elevados de la curiosidad y el amor a los parientes, y nuestros dolores más profundos, el aburrimiento, la soledad y la pena. ¿Por qué se iban a respetar esos intereses en nuestra especie y no en las demás?”.

“Eres lo que comes”, o como decía Hipócrates, “que el alimento sea tu medicina”. Al igual que ingerimos las proteínas, vitaminas y grasas de los animales cuando los comemos, también nos comemos la vibración o la energía de sus emociones. Cuando nos comemos a un animal que estuvo aterrado desde su nacimiento hasta la muerte, o con rabia, nosotros también absorbemos estas emociones.

Un estudio hecho por el Dr. Maseru Emoto probó el efecto de vibraciones distintas a través de palabras y música en las partículas de agua. Se vio que cuando éstas eran expuestas a vibraciones positivas (música clásica y palabras positivas), la molécula tomaba formas simétricas y armónicas. En el caso opuesto, la molécula no se cristalizaba y perdía su forma. Si nosotros somos 70% agua, obviamente la vibración de lo que consumimos afecta nuestras moléculas, “alimentándonos” de miedo, estrés y rabia.

Estamos forzando procesos no naturales en los animales. Las vacas, al igual que las mujeres, deben estar preñadas para producir leche, no son naturalmente productoras de leche toda su vida. Viven hasta 25 años en la naturaleza, sin embargo con la industrialización solo viven 4, hasta que no pueden continuar preñándose y por ende, no dar más leche. Entonces, las mandan al matadero para venderlas por carne barata. Sin mencionar que además les sacan la piel. Una vaca debe producir 10 veces más leche en un día en las “granjas” que en la naturaleza, a costa de manipulaciones genéticas y terapias con electricidad en sus ubres, como la más espantosa sesión de tortura. Ni hablar de lo que sufren los pollos, pavos y cerdos.

Ante estos horrores, igual que frente a los campos de concentración nazis, o los que todavía existen en países como Rusia y Corea del Norte, el mundo entero ha elegido ser ciegos por opción. ​La industria de la carne, leche y huevo me han convertido en vegana, porque simplemente no puedo más.

Ser vegana implica un estilo de vida donde no se consume nada animal y solo se usan productos que son libres de crueldad. Como toda ideología y estilo de vida anti sistémico, implica una fuerte convicción de mis ideas. Pero cada vez hay más veganos en Chile, nuevos restaurantes, mayor variedad de productos en los supermercados, etc.

Averigüen sobre qué pasa en lugares como Seaworld, los zoológicos y los circos con animales. Empiecen a mirar los ingredientes de lo que se echan a la boca. Estamos reproduciendo un orden completamente cruel y despiadado, y nos alimentamos de esa misma crueldad, afectando nuestra energía y perdiendo toda sensibilidad hacia la naturaleza, hacia las cosas que realmente importan. Tomemos consciencia, abramos los ojos y solidaricemos con los que no tienen voz, y pongamos fin al infierno que viven millones de millones de seres vivos en la tierra a costa de nuestra despiadada ambición.

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2 Respuestas a “Los campos de tortura que preferimos ignorar

  1. Excelente post, que bueno leer de estos temas en lugares tan diversos como esta página. Super buen aporte, ojalá seamos más los que abrimos los ojos frente a estas injusticias.
    Un abrazo!!! 🙂

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