El otro espejo

por SEBASTIAN ROSA HIRSCH, Est. Sociología, U. La Plata.

 

“A la tristeza te acostumbras, a la rutina te acostumbras, a la pobreza te acostumbras, a la derrota también te acostumbras.”

Arbolito, La Costumbre.

Estamos acostumbrados a pensar que referirnos al otro como un objeto, un medio que nos comunica con un fin, está ligado a la deshumanización, a la mercantilización. Y seguramente hagamos lo correcto. Pero hay una acción social con arreglo a fines totalmente distinta, que de la forma más utilitaria posible nos humaniza y nos acerca a los demás.

Hace poco tuve la oportunidad de viajar, más de un mes, por tierras desconocidas, rincones del mapa con otros idiomas, costumbres, realidades. Y en ese andar y descubrir, extrañamente terminé aprendiendo más de mí mismo y mis propias realidades que de las que fui encontrando.

“Sepan que las voy a llenar a preguntas, espero no les joda. Pero yo hago este viaje para conocer, y charlando con ustedes puedo conocer gente que tiene una idiosincrasia distinta, una vida diferente, ideas, cultura, costumbres.” Fue una de las primeras cosas que les dije a dos de mis grandes amigas de travesía, y sin quererlo, me enseñaron más de mí que de ellas mismas.

Al utilizarlas como comparación, al entender sus mundos, lo primero que uno logra es sorprenderse y desnaturalizar todo aquello que creía constante, fijo, normal. Esa primera experiencia revolucionaria es la que nos dicta que nuestras realidades no son más que históricas y que, por ende, pueden transformarse.

En segundo lugar, se produce la otra experiencia, esa que uno no tenía en cuenta, que es la de exponer nuestro propio mundo. Al desnudar nuestra realidad y presentársela al otro desde el comienzo, de un modo casi antropológico, el espejo nos devuelve la propia imagen que tenemos de nosotros mismos. Lo más difícil no fue escuchar sus escenarios sino descubrir los míos, explicarles lo que creía evidente y que no lo era en ningún sentido.

En nuestra querida y triste realidad latinoamericana, conocemos ciertas ideas de corrupción, inseguridad, robo, pobreza, violencia, represión, trabajo precarizado, tercerización laboral, desempleo, indigencia. Hasta tenemos nuestros propios términos, que no existen en otro idioma: punteros políticos, barras bravas, pibes de la calle, villa miseria. La difícil verdad latinoamericana me cayó como un baldazo de agua fría al desnaturalizar todas las cotidianeidades a la que estaba acostumbrado, al desmenuzarlas y exponerlas al mundo: aquí estoy, esto soy, me presento ante ustedes desnudo y transparente, para que vean mis heridas, y como por y a pesar de ellas, sigo luchando.

El espejo del otro nos muestra la posibilidad de otros mundos y nos enfrenta a nuestro propio ser. Debemos abrirnos hacia el extraño que nos ofrece su espejo. Aprovecharlo, del modo más racionalmente y utilitario posible. Porque no es fácil, pero si una verdadera lección sobre uno mismo que nos lleva a preguntarnos a qué nos podemos llegar a acostumbrar, y qué cosas tenemos que cambiar.

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