Te devuelvo mi cuerpo

por ALBERTO ASSAEL, Psicólogo, PU. Católica.

 

Le daría mi cuerpo para que se lo lleve. Lo introduciría en un paquete y me desharía de él. Pero que se lo lleve. Que se lo lleve por favor, porque si me lo deja es insoportable. ¡Que se haga cargo de lo que me hizo y que se lo lleve! Di que se lo exijo.

Escucha lo que te estoy pidiendo ¡hazme caso! Necesito que me lo arranques y se lo pases. No es necesario que le digas nada más. Me da lo mismo que sea imposible. Es urgente. Escúchame. Como sea, haz que se lo lleve. Que a mí me deje no importa, pero que a mi cuerpo se lo lleve, ¡por favor!, no lo tolero más.

¿Cómo se atreve, después de lo que me hizo, a dejarme así? No tiene sentido. ¡Que se vaya no me importa, pero que no me deje a mí mi cuerpo, no me puedo hacer cargo de él después de todo! ¡Se lo devuelvo! ¿No era eso lo que me dijo, que lo recuperaría? no, tú no estabas ahí. No lo entenderías. Pero tú dile que se lo devuelvo. Que no valió la pena recuperarlo. ¡Quizás así entienda que no hay otra opción, no para mí!

Cuando la conocí, estaba encerrado en esta habitación. Solo, contando mis joyas, contento en mi labor. Pero llegó ella y se atrevió a mirarme. La reté por su irreverencia pero no se detuvo hasta encontrar mis ojos. ¿Por qué es la única que se ha sonreído al hacerlo?

No paró de repetirlo cada vez que vino a ofrecerme sus joyas. No. No creas que lo hizo para ganar más oro. Le ofrecí comprarle toda su carga, pero se negó. Que no podía obtener nada de mí. Solo se dignó a regalarme la más preciosa y cara de sus piedras.

¿Qué no hay otro ser en este mundo al que no le interese sólo por mi riqueza? Después, miró de reojo mi cuerpo. ¿Cómo crees que me sentí? Me dio vergüenza. Había destrozado todo los espejos del castillo y esa mujer me miraba así. Agradada.

Ahora lo veo todo. ¡Qué imbécil que fui! Le pregunté qué pretendía, se encogió de hombros y me dijo “nada, no pretendo nada”. Le ofrecí lo que quisiera a cambio de su piedra, pero me repitió que no podía obtener nada de mí.

¡Que insensato! ¿Salvadora de quién se cree? Ahora la pienso y la odio. A fin de cuentas nunca me quiso ¡Nadie lo ha hecho nunca! ¿Crees que no sé que hasta tú me repudias? Reconozco el asco en un rostro antes que el color de ojos.

Pero no sintió eso y creyó que me estaba haciendo un favor. ¡¿Quién la manda a salvar almas muertas?! La muy estúpida me dijo que me había olvidado de mí mismo, pero que debía haberme conocido alguna vez. Y me acarició el rostro. ¡Qué tonto fui! Su mirada me hizo pensar que sentía interés por mí, pero en el fondo me compadecía. ¿Quién se cree que es al pensar que yo necesitaba ayuda? ¡Estaba tan feliz con mi muerte!

Pero su mano decidida recorrió mi cuerpo ¿Qué hechizo me habrá hecho? Arqueó sus cejas en señal de complicidad y yo me dejé querer. ¿Tú crees que ese fue mi error? yo también lo pienso.

Que valdría la pena, escuché en su cabeza. Ahora no estoy de acuerdo, mándale a decir. Hacerle recuperar el cuerpo a alguien que no lo quiere es un acto irresponsable. ¡Que se lo lleve por favor, se lo doy de vuelta!

Ante mi parálisis por su insólito capricho, reanudó sus gritos sórdidos mientras se rasguñaba el cuello con desesperación, como si quitarse los pellejos fuese lo más cercano a desprenderse de sí mismo.

Yo lo miré y me senté a esperar.

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