El profesor extraño

por ALBERTO ASSAEL, Psicólogo, PU. Católica.

No recuerdo la primera vez que lo vi, pero supongo que llevaba una chaqueta de terciopelo color oscuro, unos lentes como los de Harry Potter y unos pantalones sueltos de cotelé, pues siempre vestía más o menos igual, como los monitos animados.

En algún momento le pregunté de donde sacaba su ropa. Él sonrió, se quedó observándome y me dijo que un amigo diseñador se la hacía. Cuando le pregunté cuánto costaba tener ropa hecha a medida, me miró en silencio, como sorprendido por la pregunta, como si pensar que la ropa tuviese un precio fuese raro. Él no pagaba por ella. Su amigo diseñador se la pasaba a cambio de mostrarla en sus obras de teatro y cortos para el cine. No sé si habrá sido buen negocio para su amigo, porque la vez que nos invitó a ver el estreno de su corto, los protagonistas pasaban en una cama. Mucha ropa no se veía. Así era él. Impredecible, excéntrico y cercano.

El profesor de lenguaje que me tocó el año 2001, cuando partí 7° básico, era nuevo en el colegio y su estadía duraría, coincidentemente, hasta que yo terminara cuarto medio, o a lo mejor un año más. No lo sé con exactitud, pues después de salir del colegio nunca más supe de él. Pero ni en el colegio ni en la universidad, tuve un profesor cuyas clases se me quedaran tan grabadas en la memoria. No porque fuesen clases magistrales, sino porque siempre eran, a lo menos, diferentes.

Si me preguntaran que aprendí no lo podría decir, pero sí puedo afirmar que me abrió la cabeza. En los cinco años que me tocó de profesor, una o dos veces debe haber usado la pizarra. Sus clases, ahora lo pienso, eran más bien un lugar donde él compartía sus experimentaciones artísticas. Pues antes que profesor, eso era; un artista.

En una clase llegó con un objeto envuelto en un paño, nos leyó un cuento y nos contó que un animal parecido a un alce lo había mirado desde lejos varios minutos durante su paseo del fin de semana. Poco después se había encontrado con el objeto que escondía. Generó expectativas hasta que retiró el paño para mostrar un tronco. Hacía cosas así, al borde de la incoherencia, una y otra vez. A nosotros nos daba risa, pero no nos burlábamos, pues lo respetábamos por compartirnos su intimidad. Ahora se lo agradezco.

No muy alto y de tez oscura, tenía pelo negro que empezaba a escasear y unas motas de barba por aquí y por allá. Lo acompañaba siempre un olor poco amigable, por decir lo menos, pues como nos enteraríamos después, acostumbraba a tragar todas las mañanas un diente de ajo con un vaso de leche, justo después de lavarse los dientes. Lo hacía para estar saludable. Si bien eso nos hacía contener la respiración, no lo juzgábamos, pero nos sorprendía, pues solía enfermarse en los días de lluvia. Siempre antes de sus clases se generaba expectación sobre si vendría o no, porque además, siempre llegaba a lo menos, veinte minutos tarde. Pero si lo hacía, todos íbamos a sus clases con agrado. Vivía en otro tiempo.

El recuerdo más antiguo que tengo de él fue cuando entregué la prueba de “La historia de la gaviota y el gato que le enseñó a volar”. Cuando miró mi prueba, me lanzó una mirada insegura y una bofetada de ajo y me dijo que siguiera escribiendo. Yo no sabía que más poner, pero me ayudó un poco y aumenté a más del doble el espacio de mis respuestas. Aunque parezca simple, ese momento de mi vida fue cuando descubrí que era bueno para escribir. Como si se me revelase un don. Gracias a él.

Pero no se quedó en eso. En sus trabajos nos obligaba a ir cada vez más profundo, a cuestionarnos lo impensable, a inventar mientras él apartaba la posibilidad del error… Buscaba que nos comprometiéramos con nosotros mismos. Con un poco de training, le empezamos a entregar pruebas y trabajos de hasta 9 páginas tamaño oficio, repletas, escritas a letra chica, que él parecía disfrutar leer.

En sus clases nos hacía leer, con apenas trece o catorce años, Historias de Cronopios y Famas, el cuento del Axolotol (¿Cómo será que hasta recuerdo ese nombre?), nos mostraba desde películas en blanco y negro de Otello, hasta unas de terror coreano y entrevistas a Alejandro Jodorowsky. Nos abría a formas de arte que a nosotros nos enojaba porque no las entendíamos, pero ese no era su objetivo. Y ahí creo yo, estaba uno de sus secretos.

Al preguntarle, se iba con rodeos, pero en el fondo nos remecía el cerebro, ponía nuestras neuronas en jaque, obligándonos a acceder a la realidad de forma alternativa. Después debíamos arreglárnosla a escribir y escribir al respecto, hasta que sin saber como, podíamos reflexionar desde otro lugar acerca de sus bizarras propuestas.

En un momento, después de mostrarnos la que debe haber sido la primera película sobre Drácula, llegó a la clase e hizo un círculo. Se sentó encorvado y respiró con dificultad, jadeando. Nos dio la bienvenida al congreso de vampiros y nos habló sobre la urgente situación mundial que existía por la escasez de sangre. Esto era mucho antes del boom de los vampiros, True Blood, Crepúsculo y esas cosas. Cuando nos dio la palabra, nos movimos incómodos y miramos al lado. Al fin y al cabo, éramos adolescentes y nos importaba la imagen, por eso no siempre le salían bien sus clases. Pero era cómico.

Vivía cada clase con seriedad y misticismo, y era, la mayoría de las veces, el único que se creía el cuento. En una de actuación se tiró al piso y simuló un ataque al corazón. Nadie se movió de su asiento. Verlo pararse después y comprobar que nadie reaccionó fue un tanto incómodo para todos. Pero sin que lo supiéramos, eso nos hacía respetarlo más, porque valorábamos que se atreviera a explorar y compartir en un nivel personal, involucrándose así con nosotros, despreocupado del ridículo. Hacía que lo quisiéramos. Quizás sin darse cuenta él tampoco, cada vez que nos leía sus singulares obras de teatro, nos revelaba anécdotas sencillas como si fuesen epifanías, y cuando nos mostraba películas incomprensibles, en el fondo se acercaba, confiándonos algo de él mismo y se abría irradiándonos su cariño. Y eso terminó siendo lo más efectivo para ayudarnos a reinventar nuestras cabezas y educarnos finalmente en el sentido más integral que la palabra pueda tener.

Años después, cuando revisé algunos de los trabajos que nos había mandado a hacer, pude ver como transformó mi vida y valorar lo que él hizo conmigo. Los trabajos contenían preguntas inusuales acerca de personajes imaginarios, viajes y objetos importantes. Al releerlos después de salir del colegio, me entraron ataques de risa, pues aparte del desorden y las faltas de ortografía, me reconocí en el pasado. Es una sensación extraña. Logró que una parte de mí, a los trece, quedara rescatada en ellos, como una fotografía.

Después de reír, colapsé en llanto y pasé una y otra vez, desde la risa imparable hasta el llanto desenfrenado, sin saber por qué. Nunca más me ha vuelto a suceder algo así.

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