Disimulando felicidad

por ALBERTO ASSAEL, Psicólogo, PU. Católica.

 

Cambió de posición para que el ventanal le volviese a entregar su propio reflejo. Se preguntaba si la mujer de aspecto preocupado creería que la estaba mirando, pero la barista se interpuso entre ellos, colocándole el café enfrente. Se la pensó antes de aceptarle dos tostadas.

Les pasó mantequilla, y con el sonido de fondo de su cuchillo raspando la quemadura del pan, se enredó pensando por qué se sentía así de mal. “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”, resonó en su cabeza una voz anciana. El negocio había resultado demasiado fácil, irrespetuosamente simple y cómodo. Mientras a su alrededor todos se rompían el lomo para ganar dinero, tenerla fácil parecía ser un acto desleal.

Le dio una mordida al triángulo ya blando. Se sentía radiante por estar desayunando a las once y treinta de la mañana después de haberse ejercitado. Estaba descansado y sentía ánimo por no saber qué haría después. Por no tener que planearlo.  Era…

Tocaron su hombro. Uno de sus amigos del colegio lo había reconocido.

Alegre por la casualidad, lo invitó a sentarse. Su antiguo compañero frunció el ceño cuando le dijo que no esperaba a nadie. Él le comentó lo importante que era el cliente que vería y se quejó de los precios altos en comparación con el café esquinado en la cuadra siguiente.

-A mí me parecen bien- su amigo abrió los ojos y se removió en su silla, buscando otro tema con el que llenar el espacio.

Se quejó del tráfico, del alza del dólar y de la mala suerte de su equipo de fútbol, y ante la inusual abstención a la competencia de malestar, miró su reloj para decir que mejor esperaba a su cliente en la otra mesa, que si no lo veía solo quizás no lo reconocería.

Volvió a buscar su imagen en el vidrio. Su sonrisa desentonaba con los susurros, ojos sospechosos y expresiones de extrañeza que se desviaron cuando notaron su mirada.

En silencio, todos le decían lo mismo. “Eres un descarado”. Relajó su rostro, bajó sus ojos y se dijo que desde ahora en adelante debía ser un secreto. Nadie quiere ver a una persona que ande feliz por la vida. Es una amenaza de proporciones.

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