Frenesí mapuche de puerto

por DIEGO LOLIC, Escritor. Est. Dirección Cinematográfica, Escuela de Cine.

 

Y fue una vez, esa vez de veces desquiciadas, en la cual pensé oscuro, soldé el mito y, compenetrada la realidad, desaparecí entre brumas de puerto.

El Valparaíso contemporáneo obliga a la decadencia y la doblega, los pálidos postes, con altura de cíclope y aire helado. Quisiera contar las vivencias no vividas, caminando por calles desoladas, niños arrastrados hacia el mar, azotados y puestos en disposición poética. Mujeres que caminan por noches nubladas, en las cuales el cielo es sangre, acabado por el dedo de un gigante, guardián de pueblos olvidados.

Mi relato no es en lo absoluto algo endemoniado, “Brote ausente de países – ciudades – mundos”, en los cuales sonreí, me convulsioné, y fui garuga en cosechas benditas. Valparaíso es llamado el lugar eterno, donde las sirenas descansan sobre pieles malolientes, acechando a los desdichados que osan perpetrarlas.

Siendo muy niño, decidí despegarme las alas y, volviéndome hacia el crepúsculo, desafié la rosa cubierta de aurora que se ceñía, y besé a la sirena hasta acabar sus labios con mi calor colérico. La noción se hizo mi dueña, todo era el mar, las olas se transformaron en mi refugio, la resaca era mi madre, poniéndome límites a caprichos innecesarios. El coral y su lecho, acogedor como el ángel a la vida.

Lo sublime fue vivir sin culpas, sin el pecado que amedrenta, la búsqueda intensa que nos otorga el deseo. Después de sollozar mis culpas, me di cuenta que no era el lugar, y me marché. Mi paradero estuvo marcado por la noche, las vagancias, y la inservible pesca, que no me hizo más que reflexionar, sobre quién no era, sobre qué no quería, y sobre lo que haría con mi brazo izquierdo que se empezaba a desangrar.

Aguardé tres noches bajo un caparazón descubierto, me encontraron. Estuve en una celda enorme en la cual podía cantar y filosofar tranquilamente. ¿Qué pasaba con las metáforas que mi madre inculcó en sus súplicas? ¿Qué sería de mi estirpe, si se enterara de mis ingeniosas falacias?

Después de caminarme toda la calle principal, volteé la cabeza y divisé a un leproso, recostado, sin el brazo izquierdo, pedía limosna en gemidos horrendos. Rápidamente corrí, me envolví en el cemento y aguardé, hasta que la lepra se apoderara de mi cuerpo.

Roñoso y sofocado por el aire, me dirigí al paraje amenazado por gaviotas/buitres. Ahí, compartí un par de colas de lenguado mientras charlábamos de utopías marítimas. Un ave – dinosaurio dejó su tiburón y se acerco a mí, olfateaba mis tentáculos frotando con su pico sucio mis huellas heridas.

“¡Qué raro!, yo pensaba que solo las taradas como nosotras comían mierda a la orilla de la caleta”. – dijo ella. A lo que después de reír, respondí: Estás equivocada, tortuga insípida, mi corazón es para todos, puedes beber de mi mar, estrujar la nube para tu festín, hasta sacrificar arena para el baile, soy tu creador, tu vigía, el faro con figura paterna que te resguarda. Conmigo no conocerás la intención, serás un precioso mendigo disfrazado de alas, llevando una vida humana, condenada a ser ciclo, a ser uno más de los que comen lenguado, una mierda, pero una mierda pisada al fin.

¡Qué bello! insoluble el perro maleante, depresivo endógeno, garganta rasmillada por la piedra inconcebible. Frenesí, la mirada intensa del Mapuche herido, herido por la ráfaga de viento que añora su piel, sobrevolando ríos ajenos, sintiendo la magia que expulsa Arauco.

Fuimos arañas tejiendo paladares. Los hicimos fuertes, destructibles, profundos e intactos; el remedio de tierra fértil nos garantizaba una cosecha digna y abundante. Los cerros fueron inundados por nuestras manos de lluvia, el árbol  perdió su fuerza, dormitábamos a su lado sin orar por acontecimientos.

¡Oh Rebaños! Se retuerce en hedor el carnero en celo, que fue hombre, hechizado y vuelto raíz. Marcas reptantes, sombras de infierno que deambulan por noches heladas, el gallo sabe de su marca en las montañas, visita el acantilado cada noche para cerciorarse de la bruma sanguinolenta y paralizante. ¡Cuántos se volvieron viento, tratando de descifrar la cara de ausencia!, las alas desafiantes que derribaban el linaje.

La mujer ha oído hablar del amor inexplicable, osa desafiar su bendita nube, y encontrándolo entre baños termales y nubes angustiadas, lo incita a duelo. Un duelo de verdades poéticas, donde el amor se confiesa y menciona su asesinato, la Machi invoca espíritus y se esconde. Se llega a Valparaíso, el puerto donde el épico reina entre gaviotas y tortugas.

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