Circuncisión

por CARLOS GRUNBERG, poeta.

 

Hace ocho días que naciste, hace un minuto que eres triste.

En el salón había masas, había gente, había tazas.

También había dos sillones, los dos cubiertos de almohadones.

Uno esperaba al nabí Elías, como los nuestros al Mesías.

Ningún nabí, por cierto, vino para asistir a tu padrino.

Éste ocupó, muy tieso, el otro y echó a sudar como en un potro.

Quizá el calor; quizá la gloria de ser tu mesa operatoria.

Tú dormitabas en sus brazos, todo mantillas, todo lazos.

Entre la gente había un hombre que en español no tiene nombre.

Según suicida y homicida, lo trataré de circuncida…

Traía algunos instrumentos y dos o tres medicamentos.

Te desnudó con mucha ciencia, con femenina diligencia.

Bendigo a Dios por el precepto, del cual, sin duda, es un adepto.

Sufrió en su hora el sacrificio y hoy circuncida por oficio.

El sacrificio fue instantáneo; fue casi un rayo subitáneo.

Cortó el sobejo como un rizo para volverte circunciso.

Cortó el sobejo filisteo para trocarte en un hebreo.

Cortó el sobejo porque eres Judá ben Sion y no Juan Perez.

Ahora sangras, lloras, gritas. gritas con gritos israelitas.

No grites más; no llores tanto, deja tus gritos y tu llanto.

Sangrar no es nada, pero nada, sangrar es sólo una bobada.

Aún ignoras, pobre crío, que cuesta sangre ser judío.

Que cuesta sangre, como el arte, como si fuese un arte aparte.

Que cuesta sangre día a día, del nacimiento a la agonía.

¡Que cuesta sangre y que con ésta va la primera que te cuesta!

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