El lugar del transgénero en el Judaísmo

por HORI SHEREM, Guía Espiritual, Comunidad Tefilat Shalom y casa joven Beit Tfilat. Est. Heschel, Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer.

 

Antes de hablar de transgénero, es necesario poder entender las diferencias entre Sexo, Género e Identidad de género.

Sexo: ¿Con qué genitales he nacido? Condición biológica y genética por la cual nacemos con caracteres sexuales primarios masculinos, femeninos o combinados (intersexualidad). Esto incluye órganos sexuales internos y externos, cromosomas y hormonas. Nuestro sexo no determina nuestra identidad ni la orientación de nuestro deseo sexual.

Género: ¿Qué características se asocian al hombre/mujer?
Se refiere a los roles socialmente construidos, los comportamientos, actividades y atributos que una sociedad dada considera apropiados para los hombres y las mujeres. Así, el rol sexual o de género (¿cómo soy y actúo al sentirme mujer u hombre?) consiste en los rasgos de personalidad y pautas de comportamiento socialmente considerados masculinos o femeninos en un marco cultural o histórico concreto. Esta masculinidad/feminidad viene determinada por la educación y la cultura en la que nace y crece la persona.

Identidad de género: ¿Con qué género me identifico?
Sentimiento de pertenencia al género masculino o femenino (ser/sentirse hombre o mujer). Suele establecerse en los primeros años de infancia y afecta al modo en que sentimos y expresamos emocionalmente nuestro género.

¿Qué pasa si todo lo que entendemos como natural, no es más que una construcción social? Según Judith Butler, aquello que nos constituye como hombres y mujeres no es más que una mera construcción social, el hecho de ser hombre o mujer lo determinan de acuerdo a nuestra sexualidad al nacer. Nos enseñan a ser quienes somos por nuestro contexto social, cultural y educativo, que tiene como norma la heterosexualidad y el género binario; y todo lo que no encaja en este concepto está excluido.

Esto es un hecho curioso para nosotros, los portadores de la ley mosaica. La Torá misma al contar el relato de la creación, nos enseña algo completamente diferente a lo que estamos acostumbrados a entender como “lo normal”:

La Torá relata la siguiente frase:

וַיִּבְרָ֨א אֱלֹהִ֤ים ׀ אֶת־הָֽאָדָם֙ בְּצַלְמ֔וֹ בְּצֶ֥לֶם אֱלֹהִ֖ים בָּרָ֣א אֹת֑וֹ זָכָ֥ר וּנְקֵבָ֖ה בָּרָ֥א אֹתָֽם: בראשית א:כז

Y creó Di-s a Adam a su imagen, a imagen de Di-s lo creó, femenino y masculino él los creó. (Génesis 1:27)

Según el texto bíblico, el primer ser humano, Adam (cuyo nombre es tal porque fue formado a partir de la tierra -en hebreo “Adama”-) fue creado femenino y masculino. Es decir, fue creado con ambos sexos, ambos genitales que describen su cuerpo como femenino y masculino. Aquello que muchos conocían como hermafrodita hoy se denomina intersexo.

Dios no le dijo a Adam a qué género pertenecía ni quién debía ser. Claramente, porque en la creación de Dios no se hablaba de género y tampoco de identidad, sino que estos conceptos los empezaron a hablar los propios seres humanos.

Adam rompe con la idea actual de la identidad como una certeza. Adam nace con la idea de la identidad como una búsqueda. En vez de preguntarse ¿Quién soy? se preguntará ¿Quién quiero ser?

En un mundo donde todo cambia, ¿es posible encontrar una identidad que no cambie? Heráclito ya lo decía: “nadie se baña dos veces en un mismo río”. De la misma forma que construyeron nuestro género, también podemos deconstruirlo. El género no es un hecho natural. Por lo tanto, no estamos obligados a definirnos como hombres y mujeres y buscar nuestra identidad a partir de esa premisa.

Hay niños y niñas que gritan hasta la adolescencia que no son lo que sus padres quieren y terminan callando, con la voz escondida en el alma, heridos y con un dolor que cargan toda su vida. Y otros que dejan el hogar porque prefieren la calle y los desconocidos antes que su propia sangre los siga despreciando. (Yo nena, yo princesa. pag. 226)

El tema de la identidad es que se juega en el terreno de lo propio y se construye en el contacto con lo diferente. Una sociedad cerrada supone que quede afuera siempre algo que se invisibiliza, el otro, el extraño, se vuelve invisible, incomprensible o intolerable y somos portadores de una tradición que nos enseña todo lo contrario.

Nuestra historia judía milenaria nos enseña que la jupá, el palio nupcial, simbólico hogar del patriarca Abraham, es un hogar abierto por sus cuatro costados que pone siempre el acento en recibir al otro más que en encerrarse a uno mismo. ¿Y quién es el otro? el otro es el extraño, el extranjero, el que no es como yo, el diferente.

Walter Benjamin afirmaba que la era mesiánica sería la era para los derrotados de la historia y, en este mundo que nos rodea, las personas transgénero con demasiada frecuencia son y han sido excluidas, marginadas, acosadas o incluso algo peor. Como comunidad judía, sabemos de exclusión, marginación, acoso y situaciones aún peores. Por eso debemos comprometernos para que todas las personas sean tratadas con dignidad y respeto y que nuestras instituciones, cultura y prácticas sean inclusivas y se ajusten a las necesidades de los judíos transgénero, así como a las personas trans que deseen convertirse al judaísmo y hacerlo de una manera auténticamente judía.

Solo así, algo podría empezar a cambiar.

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