La Liberación de la Mujer en Chile: la Promoción Popular y su Rol Socio Político en la década del 60.

por RODRIGO AFRO REMENIK, Sociólogo, U. Católica. MA en Historia de América Latina, U. de Tel Aviv. Sheliaj de la Agencia Judía para Hashomer Hatzair América Latina en Buenos Aires, Argentina.

Durante la administración de Jorge Alessandri Rodríguez (1958-64) las mujeres de clase alta llevaron a cabo una serie de políticas sociales de beneficencia, que no lograron, sin embargo, aplacar las graves consecuencias sociales que las medidas económicas liberales del gobierno provocaron, sobre todo en sus últimos años donde la inflación se elevó a un 27.7% en 1962 y a un 50% para 1964. Esta forma de intervención social –la caridad– se comprobaba como ineficaz a la hora de combatir la miseria, y más bien parecía incentivarla, al transformar a ‘los pobres’ en personas dependientes de la beneficencia proveniente de los centros de poder.

Políticamente, los resultados de estas medidas eran aún más preocupantes para las clases dominantes. En las elecciones de 1958, si bien Jorge Alessandri, el candidato derechista, había triunfado con un 31%, el candidato del Frente de Acción Popular (FRAP), había obtenido un 28.6% del electorado, y si no hubiera sido por Antonio de Zamorano, más conocido como el cura de Catapilco, Salvador Allende se hubiera transformado, ya entonces, en el primer presidente marxista del mundo elegido por elecciones democráticas, y en el primer gobernante marxista del hemisferio occidental; antes de la tan significativa revolución cubana. La alta votación obtenida por la izquierda adquiere mayor importancia si se toma en cuenta que las elecciones del ’58 fueron los primeros comicios realmente democráticos en Chile, después que en 1957 la presidencia del General Carlos Ibáñez, en un espectacular giro a la izquierda, introdujera en el país la Cédula Única de Identidad que eliminaba casi por completo el difundido cohecho, y derogara la Ley de Defensa de la Democracia, que proscribía al Partido Comunista.

Sin el apoyo del electorado femenino, la derecha habría quedado fuera de la Casa de la Moneda. Alessandri obtuvo 148.009 votos femeninos (un 34%) y 241.900 votos masculinos (30%), mientras que Allende obtuvo sólo 97.084 votos de mujeres (22%), aunque superó a su contendor en las urnas destinadas a varones (32%).

El triunfo alessandrista del ‘58 tomó a partir del ‘62 el tono de una próxima derrota debido al escaso éxito de las medidas económicas del gobierno. Esto llevo a que tanto las derechas como el gobierno norteamericano, comenzaron a buscar nuevas formas de enfrentar el avance del marxismo en el extremo sur del continente. La respuesta vino del joven partido Demócrata Cristiano (D.C.), fundado el mismo año 1957 (como una nueva versión de la también joven agrupación Falange Nacional), y que gracias al carisma de su inapelable líder, Eduardo Frei, había obtenido un 20.5% del electorado en los sufragios del ‘58, situándose por encima del tradicional representante de la clase media, el Partido Radical (que obtuvo sólo un 15.2%).

La D.C. surge en los años cincuenta como resultado de  los cambios iniciados por el rectorado de Monseñor Carlos Casanueva al interior de la pequeña Universidad Católica (U.C.). La aceptación de la modernidad que vino después de la encíclica Quadragésimo Anno a principios de siglo permitió la formación de una tradición académica moderna y de prestigio, a lo que se suma la ampliación de la matrícula a jóvenes católicos provenientes de liceos laicos y la expansión a nuevas carreras menos tradicionales. En este ambiente de cambio que inunda la U.C. surge en los años ’50 la Falange Nacional, que cristalizaría la actividad de la juventud católica progresista, cambiando definitivamente el paisaje político del país hasta la actualidad.[1]

El mundo católico ya no se contentaba con cambios al interior de la conciencia de las personas (en especial de las clases acomodadas), sino que apuntaba a cambios estructurales al interior del sistema capitalista, considerado la razón de la terrible realidad de hambre e inmundicia con que los curas jóvenes se enfrentaban a diario.[2] Dentro de la búsqueda de nuevos programas de trabajo que no se conformaran con la caridad, pero que tampoco se dejen llevar por la ideología marxista, es que surge la noción de Promoción Popular. Este proceso inclinó definitivamente a la Iglesia hacia la D.C. en desmedro del Partido Conservador, con el que se había identificado en el último siglo.

El concepto de Promoción Popular nace de una serie de institutos de investigación social fundados por la Conferencia Episcopal y la congregación jesuita,[3] en cooperación con el Instituto de Sociología de la Universidad Católica. Su objetivo principal fue revertir el círculo vicioso de la pobreza a través de un cambio en la actitud pasiva de los pobladores urbanos y rurales. En contraposición del énfasis marxista en la explotación, las nuevas teorías atribuían las paupérrimas condiciones del pueblo a la marginalidad, tanto económica, social como política. En otras palabras, el subdesarrollo en que se encontraba el país no era producto del sistema capitalista y su división mundial del trabajo –como pensaba la izquierda–, sino de una deficiencia estructural del sistema liberal democrático, que no posibilitaba la real integración de nuevos sectores al proceso modernizador.[4]

Por supuesto que esta intensa labor ideológica tiene que ver con la cercanía de las elecciones municipales de 1963, donde el voto femenino era considerado fundamental. En ellas la D.C. obtuvo un sorprendente 22.8% transformándose en el partido político más popular del país, y en la fracción mejor posicionada para enfrentar las elecciones presidenciales que la nación esperaba para Septiembre de 1964.

En dichas elección la candidatura de Eduardo Frei obtuvo un histórico 57% en las urnas, después que los Partidos Conservador y Liberal retiraron su apoyo a su propio candidato, a favor de la Democracia Cristiana. Esta altísima votación sorprende todavía más si se toma en cuenta que durante todo el siglo ningún candidato había obtenido el 50% de los votos.

Otro elemento a destacar de los resultados de 1964 es la enorme diferencia existente entre la votación femenina y la votación masculina. Mientras los hombres otorgaron un 49% de sus votos a Frei y un 45% a Allende, las mujeres votaron en un 63% a favor del candidato falangista y sólo en un 32% a favor del postulante de izquierda. Esta diferencia era abismal incluso para la tendencia de las mujeres chilenas de otorgar sus votos a la derecha. Incluso en los sectores populares de Santiago el voto femenino se concentró en el aspirante D.C., al contrario de sus pares hombres que se inclinaron en su mayoría a favor del FRAP.[5]

La D.C. basó su campaña electoral en dos mensajes principales: Por una parte Frei se presentó a sí mismo como el representante exclusivo de la chilenidad, a la vez que acusó a Allende y a sus partidos de antipatriotas y de ser agentes extranjeros del comunismo soviético y cubano. Debido a esta “patriótica” razón, el partido falangista extendió una millonaria campaña publicitaria financiada en gran parte justamente por elementos foráneos – la C.I.A.[6]

El segundo foco de la cruzada freista fue la mujer, un espacio que había comprobado su importancia en el triunfo de Alessandri en 1958, y que la derecha había dejado “libre” después de su retirada pocos meses antes de las elecciones. Elsa Chaney destaca el hecho que la Democracia Cristiana también en Francia y Alemania logró atraer el voto femenino al ser considerado un partido “respetable” y “católico”.[7] En Chile esta tendencia “natural” fue incentivada a conciencia por la campaña electoral de Frei; el mismo lema de electoral –“Revolución en Libertad”– apuntaba en gran medida a acentuar el miedo de las madres, a que sus hijos se vean atrapados por la maquinaria ideológica comunista.

Se debe sumar a la “campaña de terror” emprendida en contra de la izquierda, una amplia gama de promesas populistas que Frei ofreció a la mujer a cambio de su voto. La más difundida de todas fue la promesa de entregar una máquina de coser a todas las  dueñas de casa del país. Este ofrecimiento fue considerado sin fundamento por los contrincantes políticos de la D.C., sin embargo junto a la promesa de la máquina de coser se transmitían una serie de mensajes de especial importancia para los falangistas: el gobierno de Frei iba a ser un gobierno moderno, que buscará el progreso; dicho progreso alcanzará e integrará a todos; el desarrollo no implicará la destrucción de los roles tradicionales al interior de la familia, y especialmente el rol otorgado a la mujer.[8]

Esta exitosa campaña electoral hizo “saltar” de golpe la creciente tendencia femenina de participación electoral, triplicándose el número de mujeres que votaron entre 1958 y 1964, llegando a casi igualar a los hombres con un 48% del total del universo electoral.

El énfasis D.C. en el voto fémino contrasta con la tendencia de la izquierda a supeditar las demandas de genero a la lucha de clase. La candidatura de Allende no presento mensajes dirigidos exclusivamente a la mujer. De hecho, dentro del andamiaje electoral de los partidos del FRAP no existía un departamento o sección femenina. Según los actores políticos de la época esta actitud era coherente con el pensamiento marxista que veía en la opresión femenina otra faceta más de la dominación de clase, y en las demandas propiamente feministas un nocivo intento de dividir la causa proletaria. En el ámbito simbólico, este “olvido femenino”, da cuenta de un intento de la izquierda de “apoderarse” de la imagen masculina dentro de la política chilena: Nosotros, la izquierda, somos los guerrilleros, los activos, los luchadores, los hombres; mientras que la derecha son pasivos, retrógrados, cobardes al cambio, frívolos, femeninos. Desde mi punto de vista –cuarenta años después– esta coherencia discursiva parece un intento de disfrazar los exiguos resultados electorales obtenidos por la izquierda dentro del sector más postergado del paisaje chileno de la época: la mujer plebeya.

Dirigentes de izquierda denunciaron la repartición de máquinas de coser como una medida puramente populista, que recordaba la arcaica forma de hacer política y, en especial, la promesa que el Partido Republicano había hecho en los ’20 de “poner un pollo en todas las ollas”.[9] Sin embargo ambas medidas son esencialmente diferentes: por un lado el “pollo en la olla” crea una relación de clientelismo político entre el gobierno benefactor y la mujer que cada semana debe ir a buscar su alimento a la sede de la administración local; muy distinta es la situación de la repartición de máquinas de coser, las que permiten aumentar la independencia de la mujer con respecto al estado, y, quizás más importante aún, con respecto sus maridos.

Otro punto importante al respecto fue la instauración de los Centros de Madres del CEMA en 1964. Con ellos comenzó un amplio debate en torno a la real influencia de dicha institución en el proceso de, lo que hoy llamamos, liberación de la mujer. Estas discusiones no sólo se intensificaron entre la oposición de izquierda y el gobierno, sino que envolvieron a las distintas tendencias de la Democracia Cristiana. Para la izquierda, este debate tenía un claro objetivo político-estratégico: penetrar y luego dominar un enclave que se veía hegemonizado por la D.C. A su vez, dicha lucha tenía bases profundas en las tradiciones teóricas del marxismo (que aspiraba a acabar con los roles tradicionales que permitían la reproducción del sistema capitalista) y del socialcristianismo (que deseaba cambiar la situación de marginalidad en que se encontraba el pueblo) respectivamente. Desde los círculos democratacristianos se hacía énfasis en el aspecto social de los Centros de Madres, se argüía que los CEMAs eran colectividades que permitían la participación real de la mujer en asuntos públicos, a través de una organización relativamente independiente que permitía la representación de los reales intereses de género.

Por otro lado, la izquierda reprochaba el hecho que los Centros reproducían los roles otorgados a la mujer tradicionalmente, como madre y esposa. Ellos argumentaban que según el modelo de los Centros de Madres la mujer seguía manteniendo un lugar secundario tanto en el aspecto económico, como en el aspecto representativo. También criticaban que a pesar de los esfuerzos, el CEMA con organización estatal, mantenía una actitud paternalista con respecto a las mujeres, que incluso llegaba a la utilización de las amas de casa con fines políticos ajenos a sus propias y reales conveniencias.

A favor de uno y otro argumento, encontramos múltiples ejemplos, y –como argumenta la socióloga Teresa Valdés–, lo que descubrimos es el “carácter dual” de CEMA, en cuanto ellos permitieron la expansión del “territorio” de las mujeres, pero expansión que se vio supeditada al cumplimiento del rol femenino “domestico”. Es decir, los CEMAs rompieron los barrotes externos del hogar, pero no liberaron a la mujer del padrón que se les otorgaba.

Para el final del gobierno de Frei, el mundo político había cambiado enormemente. El país se encontraba fragmentado en posiciones políticas irreconciliables, como hace por lo menos 50 años no lo estaba. La política ya no se trataba de un debate entre diferentes “sensibilidades” con respecto a los problemas que azotaban el país, sino que a una lucha entre distintas doctrinas más o menos elaboradas. La D.C. había logrado crear a través del concepto de Promoción Popular, una compleja y coherente estructura teórica-práctica capaz de combatir de igual a igual con las doctrinas provenientes de la izquierda política. Sin la creciente participación de la mujer en política y sin su participación activa en la sociedad a través de los Centros de Madres, este cambio paradigmático no hubiera sido posible.

Hoy en día si se quiere lograr un verdadero cambio social y avanzar en políticas acordes a la realidad actual, la mujer debe jugar un rol central en cualquier cambio ideológico y ocupando roles claves de liderazgo. Como en aquellos años, el cambio solo será posible si se piensa en la mujer, se piensa con la mujer y se piensa mujer.


[1] Gazmuri, Cristián, Eduardo Frei y su Época, Ed. Aguilar, Santiago de Chile, 2000, cap.II.

[2] Margaret Power (Right-Wing Women in Chile, 107) comienza su análisis sobre el partido Demócrata Cristiano con la siguiente fresa: “A key tenet of Christian Democratic ideology was the belief that Catholics had a social responsibility to work for the common good of all Chileans”. Me parece que historiadores chilenos (incluyéndome) no estamos capacitados para notar lo extraordinario e importante de este hecho que para nosotros parece obvio, y por ende sin importancia.

[3] La Conferencia Episcopal funda la Oficina de Sociología Religiosa y la Oficina Técnica de Planificación, mientras que los jesuitas fundan a través del Centro Bellarmino –dirigido por el carismático Padre belga Roger  Vekemans– el Instituto Latinoamericano de Estudios Sociales (ILADES) y el Centro para el Desarrollo Económico y Social de América Latina (DESAL).

[4] Tinsman, Partners in Conflict, 128-132.

[5] Power , Right-wing Women in Chile, 96.

[6] Correa, Power, Right-wing Women in Chile, 79-93.

[7] Chaney, Supermadre, 88.

[8] Más adelante extenderé mis comentarios sobre las repercusiones de la promesa de las máquinas de coser.

[9] Power, Right-wing Women in Chile, 109-111.

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