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Construcción y Destrucción al interior del Movimiento por la Educación.

por MAXIMILIANO GRASS, Est. Ingeniería Civil, U. de Chile. Presidente de la Federación de Estudiantes Judíos.

Todo proceso transformativo consiste en una lucha constante entre dos grandes fuerzas, las constructivas y las destructivas. En el equilibrio entre ambas se encuentra la posibilidad de lograr cambios positivos, de los cuales la sociedad como un todo puede ser beneficiada, ya sea porque ese es el objetivo o de forma colateral.  Sin embargo, si en el deseo de romper el statu quo, los agentes promotores de cambio se dejan llevar por la impulsividad y no por la razón, el resultado final puede ser peor que las condiciones de partida.

El movimiento estudiantil que hoy ocupa todos los titulares de los medios de prensa tanto locales como internacionales está sujeto al fenómeno recién descrito y está en el mejor interés tanto de sus líderes como de la ciudadanía el monitoreado permanentemente, para que no desemboque en un rumbo completamente distinto al planteado inicialmente.  La reciente decisión de Giorgio Jackson de poner su cargo a disposición de la CONFECH, aceptando la posibilidad de que esto concluya con su salida de la vicepresidencia de la misma institución, da cuenta de que el movimiento estudiantil  cuyo objetivo es la noble misión de asegurar un sistema educativo más justo, accesible, y de mejor calidad que el actual, puede estar tomando un rumbo que no es deseable ni óptimo.

Si uno mira el camino que se ha recorrido desde el inicio del movimiento hasta el presente, uno podría decir que ha habido varias etapas, todas compuestas por instancias de construcción y destrucción. La primera etapa fue la de organización y aparición en escena de los líderes estudiantiles, con sus quejas contra el sistema, y sus demandas de cambio. La rápida resonancia que estos reclamos de justicia tuvieron en un porcentaje importante de la población, y la transversalidad en el apoyo que el movimiento rápidamente adquirió, logró estremecer al gobierno, levantando finalmente el velo que no les permitía ver la importancia del momento que se estaba viviendo, y la necesidad de reaccionar con prontitud. Sin embargo, entre esta segunda etapa de  realización y su traducción en verdadera acción pasó suficiente tiempo como para que tuviese que rodar la  cabeza del entonces ministro de educación, Joaquin Lavín, dada su incapacidad de presentar propuestas satisfactorias que no generaran desconfianzas en el estudiantado por su evidente conflicto de interés. En el entretanto, se volvieron frecuentes las prácticas represivas por parte del gobierno, quienes acusando al movimiento de ser culpables de la destrucción de propiedad privada que hacían unos pocos, destruían a su vez los fundamentos de una democracia en la cual puede haber libertad de expresión y asociación.

Uno habría entendido, en ese entonces, que ese era el clímax de la situación que se vivía, y que de ahí en adelante la lógica apuntaba hacia una tan deseada negociación. El nuevo ministro en la cartera de educación, el sr. Bulnes, fue puesto en su cargo esencialmente por su fama de buen negociador, y sus antecedentes de poder llegar a acuerdos con la oposición. Si bien por un tema tanto ideológico del gobierno, como de factibilidad económica y solvencia del estado, hoy no se pueden poner en marcha de la noche a la mañana todas  las peticiones de los estudiantes, el ministro Bulnes si ha logrado que el gobierno se muestre dispuesto a hacer concesiones en casi el setenta por ciento de las demandas estudiantiles.  Y es frente a esta situación que el movimiento encabezado por Camila Vallejo, no ha sido estratégicamente hábil. Si hay dos cosas que uno debe saber en cuanto a negociación estas son, primero, que uno tiene que ser capaz de reconocerle a la contra parte los méritos que esta logra (para mantenerse como un interlocutor válido, que no sólo critica), y segundo, que cuando uno quiere obtener algo, tiene que hacerle a la contra parte lo más fácil posible el entregárselo. Sin embargo, Camila no ha sido capaz de estructurar su discurso de la forma “reconocemos las concesiones que el gobierno se ha mostrado dispuesto a hacer, pero….”,  sino más bien de la forma “todo lo que nos proponen no sirve para nada”.  Para construir desde la crítica uno debe hacer un esfuerzo por, al menos, sonar conciliador.

No se trata de que al reconocer los avances que uno logra, dé por perdido lo que uno no ha logrado. Se trata de que parte importante del dialogo efectivo es la inteligencia emocional, porque finalmente nos guste o no, las decisiones que se toman no se toman sólo con la razón. Si el gobierno no se siente escuchado también, y siente que en realidad no es diálogo lo que se busca sino que sólo imponer y atacar, las posturas sólo se van a endurecer.

Dicho lo anterior, queda más que claro que los comentarios odiosos que el presidente del colegio de profesores, Jaime Gajardo, expresó con respecto al ministro del interior, no sólo muestran su ignorancia, antisemitismo, incapacidad para ejercer su cargo, sino también su falta de inteligencia emocional. Los mismos cacerolazos, ciertamente pacíficos, dan a entender que los líderes del movimiento no se han puesto a pensar el pánico que genera en un sector importante de la población adulta ver esa forma de protestar, que ya vieron antes y cuyo augurio no era bueno.  Nada de esto justifica los abusos que ha cometido Carabineros de Chile con los manifestantes, siendo el más reciente antecedente el del carabinero infiltrado entre la muchedumbre, pero si es que no se llega a acuerdo, para que en todo momento quede claro que no fue culpa de los estudiantes, estos no pueden perder el foco constructivo. Y uno se pregunta entonces, cómo un movimiento que está esencialmente conformado por estudiantes, que ha llegado tan lejos en su lucha por una educación más justa, que de una u otra forma le pide al gobierno mayor empatía, puede mostrar tanta falta de tacto.

La única explicación posible, es que dentro del movimiento mismo, en la mesa directiva de la CONFECH donde se toman las decisiones, no hay un único espíritu, sino más bien una duplicidad. Dentro de los dirigentes, hay quienes están luchando por algo mucho más radical que una mejora en el sistema, hay quienes están luchando por destruir el sistema, o al menos por botar a este gobierno. Al entender lo que sucede bajo ese paradigma, queda más que claro porqué Jackson puso su cargo a disposición de la CONFECH. Fue la impotencia, de querer hacer justicia y encontrarse trabajando mano a mano con gente que no quiere construir, si no destruir.

En la comunidad judía somos muchos los jóvenes y adultos que apoyamos el movimiento estudiantil desde sus bases, por lo que representa. Si bien dentro de las demandas del movimiento estudiantil, hay algunas que son completamente infactibles aun cuando puedan ser deseables desde el idealismo, la gran mayoría de las demandas son legítimas. Sería muy triste, y muy nocivo que quienes participan por una motivación sincera de mejorar la sociedad en que viven, que quienes buscan realizar la idea que nosotros definimos como Tikun Olam, sean opacados por quienes lo único que quieren es que este gobierno fracase. Podemos estar o no de acuerdo con quienes hoy nos gobiernan, pero los cambios tenemos que hacerlos desde la construcción y lo propositivo. Ojalá en esta lucha interna de fuerzas, ganen aquellas que buscan justicia y no venganza.

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