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Los peligros de buscar la Verdad: haciéndonos responsables de nuestras Vidas.

por SEBASTIAN LIBEDINSKY, Est. Ingeniería Civil, U. de Chile.

Nuestro mundo es construido por paradojas. Es imposible entender por qué los justos sufren, cómo tenemos libre albedrío si D’s sabe todo lo que vamos a hacer, por qué existe algo en vez de nada. No importa cuántos filósofos lo intenten, estas interrogantes se mantendrán sin solución. Son las preguntas, no las respuestas, las que definen nuestro universo. Sin estas contradicciones, si todos los misterios fueran resueltos, ¿qué nos quedaría? Un mundo que no le da la posibilidad al hombre de hacerse responsable de su entorno, donde la función precede al espacio y la ambigüedad no tiene lugar. Un mundo que no es mundo, una realidad profunda en la que todo es coherencia y perfección. Un nivel de existencia al cual no tenemos acceso por ser tan ajeno a la experiencia humana.

Cuatro grandes maestros espirituales, según la tradición judía, penetraron este nivel. En él vieron el pasado, el presente y el futuro, los secretos íntimos de la Creación, la identidad oculta del Mesías. Sin embargo, el ojo humano no está preparado para ver directamente la luz del sol. El primero de los cuatro sabios no resistió la revelación y murió, el segundo perdió su cordura, el tercero se convirtió en hereje y el último, Rabi Akiva, fue el único que logró entrar y salir en paz.

Aunque no hay comparación en términos de altura espiritual, me parece sorprendente la semejanza con la historia moderna de la lógica, la ciencia que busca unificar y entender los principios que están detrás de la matemática y el pensamiento deductivo.

Cuatro científicos son considerados los principales exponentes de esta disciplina. El primero de ellos es Alan Turing, quien amplió el alcance de la lógica al demostrar la posibilidad teórica de construir un computador. Se suicidó. El segundo, Kurt Gödel, demostró que en todo sistema matemático coherente existen paradojas que no tienen respuesta. Terminó sus días en un manicomio. Ludwig Wittgenstein se arrepintió de toda su primera etapa como lógico y decidió que el mundo debe ser entendido desde un punto de vista más humano, es decir, el hereje. Por último, Bertrand Russell, el único que entró y salió en paz.

No creo en las coincidencias. Oculto bajo el velo del mundo físico, existe una luz cuya potencia es capaz de desvanecer todas las contradicciones y, al mismo tiempo, nos puede enceguecer. Sin embargo, ¿a quién le importa? Nosotros, los habitantes de la oscuridad, creemos que perseguimos la luz en los pocos minutos al día que dedicamos a filosofar acerca del sentido de la vida y de todos los temas graves de los que hablan los adultos. El resto del tiempo podemos dedicarnos tranquilamente a vivir nuestra pequeña vida.

Yo creo que somos más que eso. Los seres humanos estamos hechos para buscar la verdad, no como un ejercicio intelectual, sino como una búsqueda emocional y espiritual, un proceso interno. Solo el miedo nos detiene, y con una justa razón: la verdad nos puede destruir. Todo lo que creemos, en lo que afirmamos nuestra concepción del mundo, puede derrumbarse. La única forma es entregarse, arriesgarlo todo, ser valiente y aceptar cualquier precio que pueda tener la búsqueda de la verdad. Como en la película “Matrix”, cuando Neo debe aprender a saltar de un edificio al otro, sólo logrará cruzar si tiene fe en su capacidad, si no teme la gran caída.

La parte más primitiva del cerebro se revela contra cualquier riesgo. El miedo penetra profundamente en nuestro subconsciente, y es casi imposible eliminarlo por completo. Salvo algunos santos, genios o locos, o como queramos llamarlos, son capaces de arriesgar su cordura o incluso hasta su propia vida por cruzar al otro lado y encontrar la verdad última.

Miro alrededor y veo la grandísima distancia que nos separa como sociedad de esta idea. La mayoría de la gente ni siquiera le dedica esos pocos minutos al día para meditar acerca del sentido de la vida o cualquier cosa similar, simplemente no les importa. Siquiera pensar en el siguiente paso es una utopía inalcanzable.

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2 comentarios

  1. Impactantes tus palabras. La pregunta es aterradora ¿por qué estamos aquí? ¿por qué existe un mundo? Si es que este mundo tiene un sentido (y yo creo que si) ¿qué es lo que debemos hacer estando aquí? El problema es que la respuesta es aún más aterradora que la incertidumbre; la incertidumbre nos permite ignorar la interrogante, una «respuesta» nos obliga a comprometernos, a actuar. Esta respuesta puede implicar desesperación, existencialismo, angustia por lo que no podemos comprender, o en el mejor de los casos (y me refiero entre otras posibles respuestas al judaísmo), un compromiso que implica un crecimiento personal y espiritual que en este mundo actual parece tan inalcanzable. Hay que atreverse a buscar algo en lo creer y ser consecuentes con aquella creencia, aceptando por un lado que esta respuesta jamás será absoluta pues claramente hay cosas que jamás podremos comprender, pero entendiendo también que formular la pregunta no en términos de palabras sino como imperiosa interrogante interior es el primer paso hacia una vida responsable y con sentido.

  2. Impactante de verdad. También el comentario de la tal Pitulevy.
    Yo tampoco creo en las coincidencias, y por tanto se pueden dibujar paralelos y uniones bastante profundas entre éste y el artículo que yo escribí en esta mismísmia edición (artículo antes modificado y ahora restaurado a su forma casi original).
    Primero en cierta forma este artículo viene a ser una forma de aplicar la debida mesura y prudencia, seriedad y responsabilidad, a la Búsqueda espiritual. Porque claro, yo dije algo bastante general, que debemos buscarla, con el intelecto, y que detrás de la ilusión física hay una realidad espiritual que la causa. Pero este artículo siento que viene a dimensionar LO LEJANO (y casi utópico) que nos será emprender dicha aventura.
    En segundo lugar, deseo destacar que al decir «búsqueda espiritual» NO estamos excluyendo, de manera alguna, al intelecto. Y en este sentido, al intelecto le duele más mientras más grande sea el Leap Of Faith (salto de fé). Es directamente proporcional. Por tanto, me parece que al decir pitulevy «atreverse a buscar algo en lo que creer» hay que aclarar que ese «buscar» involucra un trabajo intelectual relativamente importante (aunque para algunos más que para otros). En este sentido el judaísmo pretende ofrecer un procedimiento intelectual (racional) intachable para creer en él. El judaísmo pretende disminuir el Leap of Faith al máximo que éste lo permite (o que Dios lo permite, en todo caso). Restando un Leap of Faith que, como me dijo en alguna ocasión el mismísmo Sebastián, es probablemente más pequeño que el que hacemos para superar el solipsismo: el problema de la existencia o inexistencia de las otras mentes. ¿Interpreto bien lo que me dijiste, sebita?
    Nos vemos por ahí!

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