Mujer y Memoria, donde la muerte nunca muere.

por GABRIELA GATEÑO, Lic. En Literatura, U. de Chile.

Y, con el paso del tiempo, el recuerdo sigue ahí, imborrable e implacable como la arqueología más completa de los anhelos.

Con el paso del tiempo, el recuerdo se va cansando en la pupila de los hombres,  resguardando su permanencia en el tiempo,  mediante la experiencia de lo vivo.

El cambio de lo vivo por lo muerto.

“Isolda entierra todos tus muertos.

Piensa, recuerda, olvida. Que tu recuerdo olvide sus recuerdos, que tu olvido recuerde sus olvidos. Cuida de no morir antes de tu muerte”[1].

La mujer no olvida, ni entierra. Más bien, yace al paso del tiempo en sintonía con el recuerdo ya que, inevitablemente en ella, la muerte nunca muere.

La memoria de la mujer, es capaz de autorizar cualquier cosa, incluso el desfallecimiento, el corto circuito entre el entendimiento y  el conocimiento, pero es difícil que permita, la fugacidad del relato tan susceptible de olvido.

La memoria surge del ser en su estado más puro. Una zona de transición que puede ser considerada como sagrada y todo aquello que constela en torno a este espacio, remite a la memoria.

Quizás, una de las razones que puedan explicar este fenómeno es que la mujer es responsable de encadenar generaciones. La mujer madre, que encadena generaciones. Esto significa que el orden de fecundidad de la materia y del espíritu, van en el orden de lo trascendente y que, más allá de la reflexión, e inclusive del deseo, permanece.

Por otro lado, la memoria es el espacio del pensar, capaz de conectar el relato de lo vivido (relato de la objetividad) con el relato de lo experienciado (relato de la subjetividad).

“Sin camino no se anda, sin verdad no se conoce, sin vida no se vive”[2]

Bajo mi pulso al pulso de los muertos

Con un modo de insomnio subterráneo

-No tengo miedo-

La pena me ha crecido en la ceniza de la barba,

que otros olvidaron. Terriblemente sola

soy responsable de los velorios diarios,

del abandono y de las flores frescas

que cubren los pequeños senderos

de mi blanca comarca.

Sin memoria no hay camino.

Sin memoria, no hay pensamiento, ni lenguaje.

La memoria es la columna vertebral de todo relato.

La voz de la mujer que no calla

que no sucumbe

y que no envejece

por lo siglos de los siglos

y los siglos.


[1]  Vicente Huidobro, Temblor de Cielo, Marrid, Cátedra, 2001

[2] Teresa Wills Montt

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