La superviolencia del superclásico argentino

por SEBASTIÁN ROSA, Est. Sociología, U. Nacional de La Plata, Argentina.

¿Qué sucedió la noche del jueves pasado en la Bombonera? ¿Por qué los jugadores de River fueron atacados con gas pimienta? A medida que pasan los días, vamos teniendo un mayor conocimiento de los sucesos del último y vergonzoso superclásico.

A pesar de los escepticismos para con la justicia argentina, tanto la ordinaria como la deportiva, debemos esperar sus resultados y respuestas. Pero entre tantas hipótesis, hay certezas. En el fútbol argentino, están las condiciones para que las múltiples violencias que lo rodean, existan y se reproduzcan.

Un grupo de hinchas de Boca intentó romper la manga con bengalas y atacar a los jugadores de River y a un miembro de su comitiva que insultó a esa parte específica de la tribuna. Como en la bandera “Si nos cagan otra vez, de la Boca no se ba nadie”, los hinchas asumen un rol protagónico, no sólo del espectáculo, sino también del juego. “Ser hincha de la hinchada” implica adjudicarse la capacidad de influir drásticamente sobre el resultado, legitimando cualquier medio, sobre todo los vinculados al amedrentamiento o la corrupción. El que no lo hace es bobo.

Una vez conocida la suspensión, mientras los jugadores de ambos equipos esperaban en el centro de la cancha con decenas de policías, miles de hinchas (plateistas, barras, de la popular, en los palcos, etc.) realizaron su propio espectáculo, demostrando a la policía, a River y a todo el mundo por televisión que en Boca son “más machos que nadie”. La autoridad sobre lo que sucede en la tribuna popular de los estadios es absoluto control de las barras bravas, de su núcleo más duro que mantiene relaciones económicas y políticas con dirigentes, y de los miles de hinchas que ponen el cuerpo por la causa, soportando (y generando) cualquier tipo de violencia.

Para que los hinchas hayan podido realizar el intento de quemar la manga con bengalas, tienen que haber contado como mínimo con el aval de la barra y de los miles de otros hinchas que no frenaron al ya tristemente célebre Panadero. El accionar policial no tiene ni conoce otra herramienta que la represión, y para colmo conviven con el negocio de barras, dirigentes y políticos garantizando zonas liberadas.

La seguridad deportiva está constantemente sospechada. Los hinchas sufren una paranoia excesiva que les asegura que su club es el más perjudicado, siempre de manera intencional y premeditada, tanto por la AFA como por los arbitrajes, la CONMEBOL, y la misma FIFA. Estos mismos organismos tardaron más de setenta minutos en definir la suspensión del partido, teniendo a más de cuarenta y cinco mil personas esperando en el estadio y millones pendientes por televisión de una resolución que no llegaba. La CONMEBOL resuelve el resultado del partido y las sanciones del caso antes que se esclarezca el mismo, totalmente incoherente en un marco de justicia occidental, pero no con resguardar el negocio de la Copa Libertadores.

Berni, Ministro de seguridad, destacó que el operativo fue un éxito, controlado la salida sin pasar a mayores: victoria. “No hubo bengalas” dijo, negando la realidad. “La culpa es de la CONMEBOL, de la Ciudad de Buenos Aires y de Boca” agregó, adjudicándole el hecho al macrismo, el club xeneize y de paso, proteger al Gobierno Nacional.

Los miembros del poder político estatal y los partidos tradicionales, con sus íntimos vínculos con las barras bravas, son responsables y cómplices por no haber realizado una política a largo plazo que cambie estructuralmente la situación. Cualquier sanción punitiva, si no va ligada con un trabajo para solucionar estas condiciones de posibilidad de la violencia será sólo insuficiente e insignificante.

Los medios de comunicación son otro circo. Supuestos expertos en todo saber y materia, nos venden “la guerra del superclásico” para después hablarnos de fracaso, humillación y vergüenza, legitimando y masificando la cultura del aguante. Explican la violencia, sin ningún fundamento o estudio previo, a través de metáforas del cáncer de la sociedad, culpa de los inadaptados, salvajes y bestias, que encima (contradicción) son maquiavélicamente los ladrones de la pasión, trabajando de violentos, entendiendo al hincha común que nada tiene que ver con todo esto.

Así lo hace Olé cada día, condenando el drone con el fantasma de la B y muestra en otra nota “El color del superclásico”, apelando a montones de fantasmas, o reproduciendo las peores convenciones machistas como su tapa previa a un superclásico de verano: “Tu culichi me suena”. O Martín Souto, condenando la violencia mientras organiza un ranking de las hinchadas que más y mejor cantan, las que tienen más aguante. Niembro nos explicó como un soplete que nunca existió estaba siendo claramente utilizado, nos mostró que son los violentos de siempre y que nuestra imagen ante el mundo se derrumba con estos actos, y para finalizar nos aclaró que estas bestias existen por una crisis moral en los valores del país, exigiendo mano dura y seguridad, asumiendo la irracionalidad violenta desde un razonamiento elitista, generando demandas sin sentido.

La cargada por el descenso de River se refiere a un hecho específicamente deportivo, pero en este contexto violento es considerado una ofensa y debe ser contestado demostrando más violencia. Es indudable la ilegalidad del ingreso de un drone a la tribuna, y tuvo su momento de fama exactamente después de la agresión a los jugadores de River. Es irresponsable desconocer las consecuencias de una provocación.

También en las redes sociales. Toda persona con acceso a internet se expresa instantáneamente, abriendo el juego del aguante a lo virtual, donde el límite entre lo deportivo y la discriminación es prácticamente nulo: pareciera lo mismo decir te fuiste a la B que amargo, cagón, puto, negro o boliviano. En las redes, se disparó un fuerte sentido agresivo hacia la hinchada de Boca en particular, como si esto fuese una manifestación específicamente xeneize, y millones de prejuicios que la cultura del aguante masificó. Si era malo tener un Niembro en la TV, ahora hay millones a través de las redes sociales, hegemonizando el discurso sobre la violencia.

Y en este contexto, la muerte no es algo aislado entre las pésimas condiciones de los estadios. Falleció Emanuel Ortega, jugador de San Martín de Burzaco, de la primera C, después de 10 días en coma tras golpearse con una pared de cemento ubicada a pocos centímetros del campo de juego. En noviembre, murió un hincha de Belgrano al caer del estadio Mundialista de Córdoba, y en marzo, un seguidor de San Lorenzo en el Nuevo Gasómetro. Muy claro fue Pablo Alabarces, “Ya no queda el argumento de “están esperando que se muera alguien”, después de casi trescientos muertos”[1].

Los hinchas seguirán sufriendo ir a la cancha, indignados mientras gritan que matarán al rival. Los jugadores, técnicos y periodistas seguirán cómplices, vendiendo el negocio del espectáculo y viviendo de él. La policía seguirá reprimiendo cada vez que tenga la oportunidad de demostrar que se la aguanta más que cualquier otra hinchada. Los estadios seguirán inseguros, trampas mortales que auguran una tragedia más. Los organismos de seguridad seguirán trabajando, inoperantes, indiferentes. La justicia deportiva seguirá siendo cuestionada con mil cámaras cada fin de semana que no cobre ese faul en mitad de cancha que pudo o no ser amarilla por jueces investigados por la AFIP por irregularidades en sus cuentas.

Nos queda lo peor, la resignación de saber que esto trae sólo una oleada de represión y mano dura que aparenta buscar un cambio, mientras las barras seguirán estando y continuarán legitimadas por la cultura del aguante y los políticos y dirigentes que las protegen. Pronto escribiremos otra vez lamentando la nueva muerte que se cobra la violencia en el fútbol.

[1] http://www.revistaanfibia.com/ensayo/gas-pimienta-drone-misiles/

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