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Palabras que matan: la importancia del Lenguaje y Voluntad en nuestras Acciones.

por YONATHAN NOWOGRODSKI, Ingeniero Civil Industrial, U. de Chile. Diplomado en Educación Judía, U. Hebrea de Jerusalem.

“Se mata a la perra se acaba la leva” se ha convertido en la controvertida frase que la secretaria ejecutiva del Consejo del Libro puso en su cuenta de Twitter y que desató una marejada en medio de la tormenta que se vive por estos días en Chile en torno a la educación.

Ciertamente, con o sin la intención de que estas palabras fuesen interpretadas con un afán de amenazar de muerte a una de las líderes del movimiento estudiantil, éstas trajeron consigo recuerdos amargos de una época oscura de la historia de nuestro país.

Las palabras crean, dan vida. Simplemente vivimos en el lenguaje: a través de ellas nuestro ser intenta transmitir desde la infinitud de su esencia nuestras emociones, alegrías, dolores y expresiones. En ellas, como acuerdos tácitos para comunicarnos, depositamos cada parte de  nuestro ser para hacernos presentes en el tiempo.

Dice nuestra tradición que D’s, antes que todo, creó las letras. “בראשית ברא אלהים את…”[1] “En el principio creó D’s Alef-Tav”, es decir la primera y la última letra del abecedario hebreo, trayendo en medio de sí el abánico de letras restantes. Fue con ellas que el primer hombre les dio nombre a los animales, aves y bestias. Incluso, a través de ellas nuestro nombre esconde la esencia de nuestra alma.

Pero también las palabras matan, destruyen. No en vano en Tisha Ve Av recordamos a los doce espías, quienes luego de haber recorrido Canaan volvieron a reunirse con el Pueblo de Israel en el desierto. Diez de ellos hablaron mal de la Tierra de Israel, un minián, y por ello D’s no le permitió a esa generación ingresar a ella. En aquel momento el Pueblo Judío tuvo el potencial para haber conquistado la tierra con sus manos, sin embargo perdieron su oportunidad al no creer en sí mismos.

Hablar mal de otros habla mal de uno mismo, revela las deficiencias de nuestra autoestima cuando el resto actúa como un espejo de nuestro interior. Sin ir más lejos, en hebreo la palabra profanación se dice Jilul “חילול”, la cual comparte raíz con Jalal “חלל” – Espacio. Cada vez que usamos nuestras palabras con propósitos destructivos, creamos un espacio, un vacío entre los hombres.

Ciertamente es preferible tomar un poco de aire y analizar las consecuencias que puede traer lo que sentimos en un momento en que nuestra razón es dominada por nuestras emociones. Si no se repara el daño a tiempo, a largo plazo la rabia, el orgullo y el descontrol pueden dejar más heridos que una batalla entre dos ejércitos. Es más, el Lashon Harraa, לשון הרע (la lengua del mal) puede actuar como una espada afilada que asesina a una persona. La mala intención de nuestras palabras puede llegar a destruir templos, quemar libros, construir cámaras de gases y desatar guerras mundiales.

Cada vez tenemos mayor libertad de expresión por medio de las redes sociales que antes no existían. Por ello, el desafío crece: ahora debemos cuidar aún más lo que sale de nuestra boca, dicho modernamente “de nuestro teclado”, ya que mucho más gente puede leer lo que escribimos y sentimos en cierto instante. Recogiendo parte del legado del Pirké Avot, quien guarda silencio es dueño de sus palabras.

Sin embargo, esto no infiere que todos se queden callados para otorgar. Muy por el contrario, siempre es deseable que haya crítica y opinión, que abunde la proliferación de ideas constructivas y no de armas destructivas. Que las palabras que salen del corazón, entren al corazón siempre acompañadas de una buenas intención.


[1] Génesis 1:1

 

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