Reducir la brecha social en Chile: desafíos tanto en las garantías políticas del Estado como en un cambio cultural de la población.

por INBAL LANDAU, Periodista, U. Diego Portales. Tel Aviv, Israel.

Hace algunas semanas en Israel se hizo historia. Luego de casi dos meses de manifestaciones y carpas dispersas por el país en lo que partió como una protesta por el alto precio de la vivienda, 450 mil personas salieron a la calle a decirle al gobierno que este movimiento no se callará hasta tener respuestas contundentes frente a las demandas de justicia social. En Chile también se está haciendo historia. La decidida juventud no ha cejado en su lucha por una educación de calidad que sea accesible para todos. Y si bien ambas protestas y ambas sociedades tienen características muy diferentes, entre ellas hay un aspecto en común: las personas quieren vivir mejor y saben que sus exigencias son justas. Aprendieron que el gobierno sin el pueblo no puede llamarse democracia. Y que la democracia es también un derecho que se ejerce.

Israel es un país con una sociedad muy diversa que tiene complejidades y conflictos internos relacionados con las corrientes religiosas y las culturas que coexisten en él. Su población también tiene diferencias económicas, por supuesto, y sectores que se sienten postergados. Pero en Chile existe una verdadera separación de clases. El número de saldo en la cuenta bancaria –si es que tiene una- marcará el destino de los hijos de un ciudadano desde el momento de nacer. Y no sólo eso, en Chile las desigualdades comienzan cuando te ven la cara, cuando escuchan cómo hablas, cuando descubren de qué barrio vienes. Y si naciste realmente pobre, todo lo que no elegiste sino que simplemente te tocó, delineará invariablemente el camino que vas a recorrer a lo largo de tu vida.

Si bien se ha avanzado en su reducción desde que tenemos democracia, según la última encuesta Casen hay un 15,1% de la población que está bajo la linea de la pobreza (y hay otro tanto porcentaje que según la medición no entra en esa calificacion, pero que se sabe y se ha demostrado que sigue viviendo una realidad muy dura).

Cuando en enero de 2010 supe que Chile había ingresado a la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, compuesta por 34 países considerados los más desarrollados) lejos de sentirme orgullosa me pregunté en qué mundo vivimos. A muchos se les infla el pecho y demasiado pronto creen que esta calificación nos catapulta como “los jaguares de Latinoamérica”.

El país adquirió con la transición hacia la democracia una estabilidad política incuestionable (en alguna medida a costa de otros asuntos demasiado importantes para ser olvidados) que aún conserva y que ha repercutido en su favorable imagen internacional. Esa imagen internacional tan inspiradora de confianza en materia financiera, ha fortalecido las cifras de crecimiento económico y la suscripción de acuerdos comerciales, pero de paso también ha dejado en el olvido que la economía interna de cada uno de sus hogares no es tan próspera cuando hay que contar las monedas. ¿Cuántos malabares pueden hacerse con un sueldo mínimo de 182 mil pesos mientras un pasaje de micro cuesta 550 pesos?

Ahora, si dejamos de hablar de lo básico y nos adentramos en “el mundo de las oportunidades”, ¿cómo puede ser que Chile, el jaguar de la OCDE, el primer país sudamericano en ocupar un puesto ahí, a diferencia de países como Argentina, Brasil, Perú o Uruguay no tenga siquiera una universidad gratuita?

Aquí, gracias a la herencia de Pinochet que modificó la ley en 1981, las únicas opciones que hay si no se tienen los recursos para costear la educación superior son endeudarse por años con un crédito u obtener alguna beca. Y no hace falta ser economista para darse cuenta de que los precios de la educación universitaria son exorbitantes. Pagar al mes 300, 400 y hasta 500 mil pesos no es algo que la mayoría puede hacer sin demasiados sacrificios. La educación estatal es sólo un poco más barata que la privada, por lo que sigue teniendo un valor extremadamente alto para el bolsillo de un chileno.

Incluso acá en Israel, donde el sueldo mínimo supera los 1100 dólares y aun cuando la vida es más cara que en Chile, las universidades son ostensiblemente más baratas. A modo de ejemplo, se puede tomar el arancel anual de la carrera de Arquitectura entre dos instituciones estatales y prestigiosas de ambos países. Mientras en la Universidad de Chile su valor asciende a 2.806.000 pesos, en Betzalel, facultad de artes que pertenece a la Universidad Hebrea, cuesta menos de la mitad.

En cuanto a la educación escolar, luego de aceptar al país como miembro, la propia OCDE publicó un informe llamado “Estudio Económico de Chile, 2010” con una serie de recomendaciones a seguir. En el documento, la educación primaria y secundaria es mencionada en reiterados pasajes y algunos de ellos resultan realmente deprimentes. El informe señala en relación a la encuesta PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, de la organización) en Chile que “los resultados guardan una mayor relación con el estatus socio-económico de los alumnos que en ningún país de la OCDE” y que “los profesores de educación básica reciben una formación general y los conocimientos que adquieren sobre las materias no resultan suficientes ni siquiera para los cursos iniciales”.

Mientras Chile da esta imagen de país que avanza a pasos agigantados por las sendas del desarrollo, muchos van quedando en el camino. Son los que no tienen alternativa y tienen que conformarse con las migajas que les deja el sistema. Para la OCDE, ciertas políticas económicas chilenas fueron más importantes en la calificación de Chile que la dura realidad educacional que reconocey frente a la que sólo hace una especie de llamado de atención.

Tal vez la imagen que se ha fraguado Chile en el mundo ensombrece las realidades más duras o nos comparan con nuestros países vecinos que están en peores situaciones. Pero ese no es consuelo para nadie. Falta un largo camino por recorrer. Un camino que se construye sobre pilares de educación y salud accesibles y de calidad y viviendas y trabajos dignos para todos. Sin esos derechos mínimos ni siquiera llegaremos a los talones de un jaguar.

Cuando todos podamos partir de las mismas garantías, podremos recién empezar a hablar de un desarrollo real. Porque un desarrollo real tiene que ser uniforme, tiene que recorrer el largo y angosto territorio por completo.

Estoy segura de que ese día alguna vez llegará y para entonces tengo guardada otra pregunta. Chile es un país en que el apellido y los rasgos físicos separan a las personas tanto como sus capacidades monetarias. Entonces cuando todos sus habitantes cuenten con las garantías mínimas e igualitarias para poder desarrollarse independientemente de la cuna que les tocó, ¿habrá integración entre gente de estratos socioeconómicos distintos?

La parte de la sociedad con más poder adquisitivo es especialmente arribista, y por más que en el discurso hable de atenuar las diferencias, en los hechos lamentablemente muchas veces busca acentuarlas.

Recuerdo la polémica columna de Felipe Berríos que hablaba de los universitarios que estudian en la “cota mil” y por lo tanto no ven el verdadero Chile, sino que solamente el de los barrios altos. Quedarse en la cota mil es una opción. No mezclarse con el verdadero Chile es una decisión. Y la mayoría de la juventud adinerada no tiene ninguna intención de moverse desde ahí. Por eso cabe preguntarse cómo se supera esta otra brecha social: la de la imagen, la de los prejuicios, la de la hipocresía.

Para graficar lo que digo me vienen a la cabeza dos ejemplos. El primero es que recuerdo haber leído que Sebastián Silva luego de presentar la película “La Nana” en algún festival extranjero no estaba muy contento en la conferencia de prensa porque en vez de preguntarle por la película, la gente le preguntaba por la realidad de las empleadas domésticas en Chile. La película representa a una parte de la sociedad chilena que es capaz de tener a alguien 20 años no sólo trabajando (y criando a sus hijos), sino que además viviendo en su casa (y no desarrollando una familia propia), pero esa persona va a seguir relegada todas las noches a cenar sola en la cocina.

El segundo es de 2010 cuando falleció el padre Renato Poblete del Hogar de Cristo. Me tocó cubrir el tema y entrevistar a gente que lo conoció, gente de buena situación económica. Yo no podía creer que entre una persona y otra se repetía la misma idea. Lo más valorable que tenía, a diferencia de todos ellos que lo admiraban pero eran incapaces de imitarlo, era que trataba igual a ricos y pobres. Qué frustración e impotencia. ¿Por qué en nuestra sociedad eso tiene que ser considerado como un valor?

En Chile, en general, cuando las personas de situaciones más acomodadas se sensibilizan, lo hacen con un discurso paternalista. Son individuos que creen que la justicia se hace con caridad y no con integración. La frase bonita, la frase hecha, está ahí y se vende al por mayor, pero creo que ya nadie la compra.

Siguiendo la tendencia, esos mismos son los que en un futuro ocuparán varias sillas en el parlamento o en otras instancias de poder. Vivimos en una sociedad hipócrita que define cuándo el que no tiene podrá acceder o no a la píldora del día después, en una sociedad moralista que decide por los que menos tienen cuando lo mínimo sería que precisamente los que menos tienen tuvieran el consuelo de poder elegir sobre sus vidas privadas.

Me pregunto por qué el concepto es de ayudarlos y de asistirlos a ellos los pobres y nunca de aprovechar que nacimos con opciones que otros no tuvieron y agradecer porque podemos aportar a este mundo para que esos otros tengan las mismas oportunidades. No para que estén siempre parados sobre un escalón más abajo, sino  para que alcancen el mismo que nosotros y tengan nuestras mismas chances de seguir escalando. De eso se trata vivir realmente en sociedad.

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Una respuesta a “Reducir la brecha social en Chile: desafíos tanto en las garantías políticas del Estado como en un cambio cultural de la población.

  1. Inbal Shalom,

    Soy miembro del Directorio del Instituto Israeli Chileno de Cultura.
    Tu articulo me gusto mucho ya que da una mas clara idea sobre como marcha la Democracia y la Economia de dos paises que recientemente se los ha aceptado en la OCDE. Mas aun, dos paises
    que se distinguen de los demas que viven en sus cercanias y a veces historicamente se puede decir aislados de los demas.

    Como Director de los ¨Amigos de la KIDMA Hashomer Hatzair Chile¨ tengo un gran circulo de Amigos no solo en Israel sino tambien en Chhile y otros paises. Editamos el unico libro de un Movimiento Juvenil Sionista Latinoamericano cuyos findadores fuimos refugiados de Europa que se salvaron gracias a la accion benevola de Chile ante de la Segunda Guerra Mundial. Por ello Chile decidio reconocer este libro ( hebreo y español) como parte de su historia. En 2007 fui invitado a su lanzamiento en la sala O’Higgins.

    Yo soy muy activo a todo lo que se refiere Medio Ambiente Regional.Levante una de las Empresas de rehuso de agua servida en Regadio reconocida por la UN-F.A.O. , una Empresa de Electricidad Verde. Soy miembro de la Comision Estatal del Medio Ambiente de Emek Hefer y Director del Grupo
    “Neemani Nahal Alexander” que cuidan y guian al publico a lo largo de el con sus Parques .Rio que desde 1996 fue transformado de una acewuia edionda en un Parque que recibio por ello el Premio Anual Mundial de Rehabilitacion de Rios.
    Ahorita, acaba de estar el Sr. Embajador y Consul de Chile de visita, la Municipalidad lleva adelante el Proyecto Nacional de Israel de la “Separacion de Basuras Caseras” en 11 clasificaciones transformando ellas en materias reutilizables.

    Muchos Buenos deseos para el Dieciocho de Septiembre. Tal vez nos veremos en la casa del Sr. Embajador.

    Shana Tova, Zeev Hagali

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