Buscando el verdadero perdón: la responsabilidad de construirnos a nosotros mismos y a la sociedad.

por SEBASTIAN LIBEDINSKY, Est. De Ingeniería Civil, U. De Chile.

“Errar es humano, perdonar es divino.” Que frase tan absurda. Al menos así diría la antigua escuela cínica del maestro Diógenes Síncope, y nuestro emblemático personaje televisivo Dr. House. Todos mienten. Nadie cambia. El concepto del perdón esta intrínsecamente ligado a la creencia de que el ser humano puede cambiar, arrepentirse de sus males y convertirse en un nuevo ente reformado. Bella teoría –cuando éramos niños nos enseñaron a creer esto- con un único pero: es falsa. El hombre cae en los mismos errores del pasado, y es quizás el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. El ladrón nunca deja de robar, el adúltero nunca va dejar de traicionar a su pareja, el mentiroso no puede dejar de mentir. Todos mienten. Nadie cambia.

No sabemos perdonar, pero sí sabemos olvidar convenientemente lo que no queremos o no nos conviene seguir recordando. Un protocolo más en una sociedad llena de máscaras. Cuando decimos “Te perdono”, lo que verdaderamente queremos decir es: “Estoy dispuesto a hacer el esfuerzo de no fijarme exclusivamente en el error que cometiste”. Olvidamos los errores de los demás que nos perjudican directamente, no porque estemos “honestamente” perdonando, sino para demostrarle a los demás, y quizás también a nosotros mismos, que lo que nos perjudicaba ya no nos hace daño, que puedes golpearme cuantas veces quieras y saldré indemne. Es más una omisión por conveniencia que un perdón.

El acto de perdonar, en este sentido, es esencialmente egoísta.  Una vez que el enojo se enfrió, y se considera que la falta cometida no es suficientemente grave como para terminar la relación, se informa al otro de la situación al decir, cínicamente, que lo perdonamos. La hipocresía de vivir en sociedad se filtra hasta en nuestros pensamientos más íntimos.

Un verdadero perdón va necesariamente acompañado de la creencia que el hombre puede cambiar. No perdonamos porque dejamos de estar enojados, en el sentido egoísta y narciso, sino porque creemos en la reforma interior del ser humano. Tenemos fe de que el hombre tiene la capacidad de cambiar, de convertirse en alguien mejor. Si alguien nos ofendió, para perdonar debemos creer que es posible que en la angustia de su arrepentimiento se desprendan las faltas cometidas, se reconstruya a sí mismo y se convierta en una nueva persona, en una persona que nunca nos ofendería nuevamente, que nunca nos volvería a traicionar, que nunca recaería en realizar el mal provocado. Decir perdón es reconocer en el otro un proceso de reconstrucción que determina un perdón genuino y no simplemente un olvido conveniente.

Y como toda fe que tenga verdadero valor, no es una fe irracional. Este concepto queda fielmente retratado en los estudios que se han realizado durante los últimos 20 años acerca de la plasticidad neuronal. Cada vez resulta más claro el tremendo potencial que tiene nuestro cerebro para cambiarse a sí mismo. Para adaptarnos a las circunstancias más diversas, nuestro propio cerebro se adapta, genera conexiones nuevas, rompe conexiones antiguas, se cambia a sí mismo y abre caminos neuronales nuevos. Llegamos a este mundo para aprender y nunca dejamos de hacerlo.

Así como nuestro cerebro puede cambiarse a sí mismo. Al ser un objeto físico, cuánto más alteramos y modificamos nuestro mundo interior y nuestros valores, nuestra mente o alma pueden también ser alteradas en su escencia más íntima si realmente lo queremos.

En estos días de Rosh Hashana, recién pasado el mes de Elul, deberíamos tener este concepto más presente que nunca. Si bien es cierto que después de cometer un error, quizás caemos en lo mismo una y mil veces más, debemos tener fe en nosotros mismos y en el resto, fe en el ser humano de que podemos cambiar desde lo profundo y convertirnos en mejores personas, más honestas, más felices, que forman relaciones más reales. Solo debemos sumergirnos en lo más profundo y tomar conciencia­ de que la responsabilidad de ser quienes somos, de construirnos a nosotros mismos, recae exclusivamente sobre nuestros propios hombros.

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