Yom Kippur: el perdón hacia Dios, hacia uno mismo y hacia los demás. Un ejercicio colectivo y personal.

por JAIE MICHELOW, Arqueóloga, U. de Chile.

Iamim Noraim es la fecha del calendario judío en que reflexionamos sobre nuestras acciones, nuestros deberes y nos preguntamos si cumplimos con el estándar que esperamos de nosotros mismos. Además de las obligaciones religiosas, cuyo incumplimiento se considera una falta contra dios, la mayor parte de las faltas cometidas, las que están incluidas en el Viduy [confesión pública de pecados recitada en Iom Kippur] son transgresiones cotidianas de carácter social.

La confesión pública y colectiva es al mismo tiempo anónima, pues las faltas se expresan en voz alta y al unísono por todos los presentes, como una forma de manifestar todas las culpas, aquellas que reconocemos, aquellas de las cuales no nos hemos hecho responsables aun, así como también las que no nos representan, de modo que hacemos un acto de valentía y pedimos perdón también por esas otras faltas, cometidas por otros, en el marco de una sociedad  donde las acciones de cada uno afectan a los demás.

El Viduy es la instancia en que la comunidad actúa como una unidad, un solo individuo, tanto la kehilá particular conformada por los presentes, como el colectivo teórico de la comunidad religiosa que comparte la misma tradición, juntos se hacen responsables de la historia común y del destino compartido. En la tradición bíblica el destino no es un fenómeno fortuito sino que constituye un eco, una repercusión cósmica, consecuencia de nuestras acciones; y en ello radica la importancia del perdón, no solo como sanción de los pecados, sino como ejercicio de revisión, para observar si nuestro actuar es acorde a las normas que nosotros mismos fijamos y adscribimos, para lograr alcanzar el futuro que queremos construir [según el principio de Tikun Olam].

En otras tradiciones religiosas, el perdón deriva como una necesidad solamente desde el pecado, en forma abstracta, hacia la divinidad o bien la ley natural; a diferencia del judaísmo donde la dimensión divina del perdón no es sino una extensión sublimada del perdón concreto y cotidiano en el marco de la vida social. En Iamim Noraim se nos enseña que la contrición personal no será escuchada si no va acompañada de un proceso previo de Slijá [perdón] manifestado hacia nuestros familiares, amigos, todos y cualquier miembro de la comunidad que hayamos agraviado o afectado negativamente.

Este ritual anual, comprendido como examen de conciencia, balance espiritual o simple trazado de metas, tiene ya establecidas dos dimensiones explicitadas en nuestras fuentes religiosas: el perdón entre los individuos de la comunidad (de claro beneficio social) y el perdón ante la divinidad (cuya consecuencia principal es el afianzamiento de la tradición, al menos, por un año más, devolviendo al individuo hacia el trazado ideal de conducta).

El esquema religioso reforzado en los Iamim Noraim, cuya eficacia ha sido desplegada por cientos de años,  deja sin embargo un aspecto no tratado; el perdón hacia uno mismo. Hay situaciones que no constituyen faltas hacia los demás y que son parte de cualquier examen de conciencia, los cuales debemos identificar, reconocer y expiar, en la medida de nuestras posibilidades. En ciertos casos estas faltas pueden ser atribuidas al reino de la religión, rezar y obtener perdón; en otros casos la falta puede no ser tal, puede ser una falla por omisión, no haber compartido con otros el tiempo o las cualidades que merecen, no haber sabido exigir lo que creemos es justo en el momento adecuado… ¿quién perdona estas faltas?

El perdón hacia uno mismo es un requerimiento moderno, tangible e imperativo en el contexto de las sociedades modernas. El tejido social está conformado de individuos, cada uno de los cuales tiene derecho a desarrollar en plenitud sus potencialidades y procurar su propio bienestar interior. Las religiones occidentales no nos enseñan a buscar nuestro propio perdón, pues sería un acto subversivo, el buscar una opinión absoluta y resolutiva exterior a la divinidad, no es promovido, pues desafía el énfasis comunitario que es propio de la cultural tradicional.

Este año, en estos días, nos invito a realizar la inspección interior, como todos los años, ofreciendo nuestra más sincera petición de perdón allí donde la falta fue cometida; ya sea hacia el prójimo, hacia dios, o hacia nosotros mismos; a partir de este acto de valentía de atribuirnos el derecho a perdonarnos, podremos construir nuevas metas, desde un reconocimiento interior más honesto y más misericordioso.

Perdonar es liberar a un prisionero y descubrir que el prisionero eras tú.

[Anónimo.]

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