Construcción del Olvido en mi Ciudad: la Responsabilidad del Actor social en el entramado urbano.

por PAMELA NUDMAN, Arquitecto, U. de Chile.

Mi ciudad tiene lo que casi todas las ciudades poseen: calles, casas, comercio, árboles, plazas, autopistas, supermercados, cines, faroles, edificios. La recorro todos los días, la pedaleo, la camino, la miro, la critico, la quiero, la siento. Mi mente me dice que posee todo lo que una ciudad debiera tener, pero siempre termino sintiendo que algo le falta. ¿Qué es entonces lo que diferencia mi ciudad de cualquier otra si los materiales se repiten, las formas se repiten, los errores y aciertos se repiten?

Hace algún tiempo llegué a la conclusión de que lo único que distingue a un lugar de otro son las personas que en ella viven y cómo éstas se relacionan con los espacios, cómo la construyen en su mente y corazón, en sus relaciones humanas, para finalmente forjarla en la realidad. La ciudad parece ser el reflejo de lo que la esperanza de las personas añora ver convertido en algo plausible.

Algunos han construido su ciudad a punta de guerras, conquistas,  de venturas y desventuras. Otros han construido la ciudad como un templo para el alma. Otros la han soñado y construido pensando en que lo primordial debía ser la función, otros como nosotros al parecer la hemos construido en base al olvido.

¿Pero cómo se puede construir algo a partir del olvido? El olvido es como una huella transparente pero densa de lo que fue, de lo que podría haber sido, no tiene una forma definida ni una densidad clara, sobre este vacío de la memoria hemos construido una ciudad que intenta recrear constantemente nuevos escenarios, colores e historias, pareciera como si hubiera algún tipo de obsesión social oculta que nos hace repetir al unísono que todo lo pasado no vale nada en comparación con todo lo nuevo que el futuro nos puede traer, siempre desconocido y refulgente.

Una ciudad del olvido parece ser entonces consecuencia de una sociedad del olvido, del desarraigo, que parece tener siempre una nueva forma que ofrecernos, pero que si observamos más detalladamente no tiene casi raíz, tiene unas bases débiles y ha nacido de un imaginario lejano, ajeno a nuestro propio lugar.

Es tal vez por esto que siempre que vuelvo a ella, siento que algo le falta, como si tuviera un secreto o una pena escondida que siento pero no veo. Las luces me encandilan rápido, olvido lo que había antes, como si el lugar y yo estuviéramos al mismo tiempo ausentes.

Según la Rae, memoria es “Facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado.” Al parecer entonces, no nos interesa retener y recordar el pasado, pues el culto a lo nuevo, lo brillante, lo que nos encandila un segundo y luego se apaga, se ha hecho presente en la última década con gran fuerza.

Esta construcción de ciudad, que no tiene de donde más nacer que de nuestras necesidades y deseos, está hoy manejada desde lo que nos dicen deben ser nuestras necesidades y deseos, y éstos finalmente obtienen una forma.

Llego aquí a un punto crítico que me hace sentir incómoda: ¿quién construye finalmente el lugar en que vivimos? ¿las personas? ¿los ciudadanos? ¿la televisión? ¿los diarios que nos bombardean y se nos meten descaradamente a la cartera cada mañana? ¿los noticiarios? ¿los programas de farándula de la televisión abierta? ¿las gigantografías coloridas y bien diseñadas de propagandas de bebidas que ofrecen la felicidad embotellada?

Me muevo buscando una posición que me de un poco de sosiego, pero concluyo que debo aceptar el sabio y popular dicho que dice que nada de lo que nos regalan en esta vida es gratis. La ciudad no ha sido sólo obra de malas (o a veces inexistentes) políticas urbanas, ni de políticos inescrupulosos o de empresarios descriteriados: es también obra de millones de ciudadanos pasivos y dormidos, que han dejado sin ningún arrepentimiento que otros hagan y deshagan nuestra ciudad a su antojo, que destruyan su historia, su patrimonio, sus esquinas, su vida de barrio,  sin ningún tipo de remordimientos.

He aquí la nueva ciudad que nos han regalado, y así la lista suma y sigue: nos han regalado millones de imágenes en calles y carreteras, programas de farándula, propagandas de infinitos e inútiles productos de inútil consumo, diarios sin información, música sin mensaje. Nos han regalado una educación que se ha enfocado en llenar la cabeza de los niños de información y no les ha permitido desarrollarse como adultos creativos, críticos y participativos dentro de su sociedad, una educación que no enseña a los niños a construir un mejor futuro para el mundo.

Nos esforzamos en creer que nos han regalado. A cambio de este bondadoso presente, los ciudadanos hemos entregado nuestra conciencia, nuestras decisiones, nuestros principios éticos, nuestros principios políticos, nuestros valores respecto a la sociedad y la familia. Nos hemos dormido en los laureles cual bella durmiente que un día despierta y ve de pronto asombrada en que se ha convertido ahora su mundo.

Entonces parece que el regalo no ha sido gratis como creímos, o nos hicieron creer. Debemos ver que detrás de cada imagen u objeto que han insertado en nuestra mente y hogares, ha habido un provecho: nos cambiaron bolitas de dulces por el lugar en el que ahora vivimos, casi en un cerrar y abrir de ojos.

Sólo me queda esperar y añorar al mismo tiempo, pasado y futuro unidos en estos conmocionados tiempos que vivimos, que logremos ver que la ciudad es la suma de los metros cuadrados de todos, es el bien común que debemos construir como quien construye un hermoso y acogedor hogar para su propia familia.

Sólo podremos construir lo que necesitamos sumando todos nuestros deseos y voluntades en pos del bien común, no parcializando la ciudad en mil pedacitos de lo que cada uno quiere, sino sumando y cohesionando esos mil pedacitos para lograr la armonía de la ciudad que realmente soñamos y necesitamos.

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