Segregación entre Iguales y la constante evasión del chileno hacia el conflicto.

por NICOLAS ZISIS, Egresado de Derecho, U. de Chile.

Que poco habituados estamos a enfrentarnos a situaciones de conflicto en nuestra sociedad chilena.

El sábado en la noche, uno de mis mejores amigos me invitó a mí y a mi polola a un asado con su polola y los amigos de ella. Llegué allá de buen ánimo y con ganas de pasar un rato relajado. Sin embargo, me llamó muchísimo la atención el tipo de conversaciones que se fueron tejiendo en la mesa, a las que no estoy para nada habituado entre mis propios grupos de amigos. Hubo una serie de comentarios que me parecían muy chocantes, de corte clasista, homofóbico y racista que yo no podía entender y me irritaron bastante. Pero para ellos era absolutamente normal, incluso divertido. Eran comentarios que probablemente ellos no reproducirían en un medio público, no al menos de esa forma, pero que dentro de sus propios círculos eran la norma. Ante esta situación, en lugar de enfrentarlos, decidí irme muy temprano, inventando alguna excusa.

En otra oportunidad, mientras cumplía con el deber de actuar como vocal de mesa durante las elecciones para concejales y alcaldes, me ocurrió una situación que si bien era contraria a la anteriormente descrita, luego de reflexionarlo un poco caí en cuenta de que era parte de un mismo rasgo de nuestra sociedad. A las siete y media de la mañana me encontraba con mis compañeros vocales con los que tenía que pasar cerca de doce horas sentado codo a codo. Éramos personas de distintas edades, distintos orígenes, distintas formas de pensar y ahí estábamos teniendo que tratar de pasar el mejor rato posible y ponerle buena cara a la mala suerte de haber sido sorteados. Para graficar esta idea, les puedo contar que uno de nosotros era estudiante de teología en la Universidad Católica, mientras que otro había llegado a cumplir con su deber cívico con una polera de algún grupo de música pesada que yo desconozco, que decía en letras grandes y prominentes “Enemy of God”. En este caso, me pareció extraña la dificultad que existía para entrar en ciertos temas que sabíamos que podían ser conflictivos dadas nuestras potenciales diferencias. No queríamos conversar de nada que pudiera enfrentarnos o hacer evidentes nuestras formas distintas de pensar. No me refiero aquí a cuestiones políticas, que, por el contexto propio de la actividad que estábamos desarrollando no procedían, pero sí a toda suerte de potenciales temas conflictivos que atisbaron aparecer (recuerdo algunos como la legalización del aborto por ejemplo) y que fueron rápidamente desviados hacia otros como el calor que hacía.

A partir de estas dos situaciones la reflexión que quiero compartir, es que en nuestro día a día estamos habituados a relacionarnos sólo con personas que piensan como nosotros mismos. De otra forma, yo no me habría sentido tan incómodo con los amigos de la polola de mi amigo, ni entre ellos tan a gusto. Tampoco me habría llamado tanto la atención que existan círculos donde se pueda hablar de esa manera. Y probablemente tampoco me habría ido sin manifestar mi repudio por algunas de las cosas que oí. Por otro lado, ellos no se sentirían con la libertad de hablar como suelen hacerlo, sino supieran que la gente que está ahí piensa exactamente de la misma forma. Sienten que son todos iguales, y que la gente que piensa distinto tiene que estar en “otros lugares”, reunidos quizás en otros asados con otra gente que piense como ellos.

Si nosotros estuviéramos más acostumbrados a relacionarnos en la diversidad, no habríamos, en la segunda situación descrita, evitado a toda costa entrar en temas difíciles o más dados al conflicto. Creo que si existiera más diversidad en nuestros tratos cotidianos, no huiríamos de eso que ahora nos hace sentir incómodos.

Pienso que el ejercicio de enfrentar a una persona que piensa distinto a uno es sano, entre otros motivos, porque nos obliga a hacer pasar por un test de racionalidad y razonabilidad nuestras propias ideas. Si las enfrentamos a alguien dispuesto a contra argumentarlas con razones, tendremos que esgrimir nuestras propias ideas para optar a presentarlas como válidas. Y eso, quiérase o no, es el mínimo esfuerzo que debemos hacer para poder sostener que una idea es eso y no sólo una herencia familiar, un deseo, o algo que nace desde la voluntad antes que de la cabeza.

Esto sólo es la consecuencia de una sociedad en que existen colegios, universidades, barrios y un larguísimo etcétera de formas de segregarnos, en que nos dividimos entre cientos de pequeños núcleos homogéneos entre quienes piensan igual u ocupan una posición socioeconómica similar. Y no me refiero sólo a las divisiones sociales (que es la más grande y primera división entre nosotros), sino que dentro de cada una de ellas también nos dividimos entre tendencias, ya sea por religión, política, etnia, sexo, género u otros. Así, hay colegios de clase alta, media o baja, católicos, de otros credos o laicos, o de derecha, izquierda o centro, y así también se van combinando estas posibilidades para aumentar la diversidad del universo. Finalmente, los jóvenes y niños se ubicarán en los colegios en que sus padres quieren y pueden matricularlos, moldeando y definiendo sus grupos de pares, experiencias personales y oportunidades futuras.

De esta forma, tendemos a relacionarnos únicamente con iguales a nosotros durante toda la vida, llevando al mínimo las posibilidades de conflicto. Creamos barreras entre “nosotros” y el resto, haciendo surgir la desconfianza, y no ponemos a prueba nuestras propias ideas al no contrastarlas con los que piensan distinto. Así es fácil que todo el mundo esté de acuerdo consigo mismo. Vamos mal. Viva el conflicto.

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