El miedo al Populismo en una sociedad con escasa representación y participación.

por SOFIA SACKS, Est. Ciencia Política, PU Católica.

 

En nuestro continente, el populismo es un fenómeno con el que estamos familiarizados. Podríamos listar a dos, quizás a tres gobernantes indiscutidamente populistas sin necesidad de pensar mucho tiempo ni de detenernos a pensar en qué significa.

Sin embargo, es difícil pensar en una definición concreta del populismo como suceso político. Ni siquiera la literatura de la ciencia política logra ponerse de acuerdo sobre todas – o la mayoría de – las condiciones necesarias o suficientes para lograr una clasificación unánime, lo que nos deja aún más confundidos en un país donde, por sobre todas las cosas, pensamos en populismo como algo negativo.

El populismo es un fenómeno latinoamericano del que hemos intentado distanciarnos por sobre todas las cosas. Las imágenes de Eva Perón entregando personalmente frazadas nos parecen ridículas, el enamoramiento de los pueblos con sus gobernantes nos aterran, y la idea de un gobierno pensado para las grandes mayorías es simplemente incompatible con la imagen del país con la que nosotros mismos nos hemos convencido: somos un país ‘serio’, sea lo que sea que eso signifique.

Sin embargo, sobre una cosa la ciencia política está de acuerdo en relación al populismo: es un proyecto incorporador. Esto quiere decir que activamente decide llevar a cabo un proceso de integración política, no solo aceptando a quienes ya están, sino haciendo esfuerzos por incluir a los nuevos actores de la vida social a la ciudadanía. El proceso original se llevó a cabo en gran parte de América Latina principalmente tras el fin de la II guerra mundial, pero escuchamos hoy hablar de ‘neo-populismos’, que se refieren principalmente a proyectos que responden a una segunda ola de integración, más profunda que la anterior, atrayendo a los actores que dejó fuera: grupos originarios, grupos marginales económicamente no pertenecientes a los sindicatos y, principalmente en el caso de Brasil, provenientes de los movimientos sociales. Todos estos grupos han sido incorporados a la ciudadanía por los nuevos populistas.

A pesar de las críticas que uno pueda hacer hacia el modelo, creo que quizás a nuestro país le hace falta un populista. Claramente no por el gusto de tener uno, sino porque nuestro proceso de incorporación, pre y post dictadura deja mucho que desear. Ni siquiera hay que ir tan lejos como a los movimientos sociales, o a los grupos originarios para encontrar faltas de representación; basta preguntar a cualquiera que no entre en la lógica del binominal. Nos presentamos a nosotros mismos como un país serio, que no se deja engañar por ‘medidas populistas’, cuando, sinceramente, creo que un populista no nos vendría tan mal.

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