Monarquía bananera: incierto futuro de la corona española.

por PABLO BORNSTEIN, Lic. en Historia Contemporánea por la U. Autónoma de Madrid, España. MA en Estudios de Oriente Medio en la U. de Tel Aviv, Israel.

 

Haciéndome eco de las palabras pronunciadas por Beatriz de Orange en el acto por el que resignaba como Reina de Holanda en favor de su hijo Guillermo Alejandro: “El poder o la ambición personal no pueden dotar hoy de contenido a la Monarquía, que solo puede existir como servicio a la comunidad”, y sobre una de las grandes casas reales europeas, la de los Borbón en España, el Centro de Investigaciones Sociológicas español (CIS) ha hecho público recientemente un informe en el que la población española valoraba con la puntuación más baja en su historia a la institución monárquica, con un 3.8 sobre 10, profundizando una tendencia iniciada en Octubre de 2011 cuando la Corona recibía su primer suspenso histórico.

Parece que la aceptación social de la monarquía en la España actual queda muy distante de aquella donde el entrante Rey Guillermo goza de un 69% de aceptación. Atrás quedaron los tiempos en los que la institución que encarna Don Juan Carlos era la más popular del país, como cuando en 1995 recibía un 7.48 en una encuesta similar a la antes mencionada.

Bromas aparte, como la aventura africana de su majestad de hace apenas un año, que le costó una patética disculpa pública, o sus aireados escarceos amorosos, el asunto de más gravedad que está empañando la imagen del héroe de la Transición española es la causa judicial abierta contra el marido de su hija Cristina, el Duque de Palma Iñaqui Urdangarin. El asunto pivota alrededor de los asuntos sucios que éste tenía junto con su ex socio Diego Torres, ambos directores del Instituto Nóos, incluyendo cargos por malversación, fraude y blanqueo de capitales.

El clímax del escándalo se produjo cuando recientemente el juez del caso decidió imputar a la Infanta Cristina, considerando que al ser copropietaria junto a su marido de la sociedad Aizoon, que era usada presuntamente para desviar los fondos fraudulentos del instituto en ciernes. El punto estridente lo puso el fiscal del caso cuando decidió posicionarse en favor de la imputada y en contra de la opinión del juez, y la curiosa situación de ver a un fiscal pidiendo desde el inicio de forma tan directa la exculpación, creó en España una duda seria sobre la máxima de la igualdad de la Justicia.

Independientemente del desenlace del caso Nóos, y a la luz de las implicaciones que conlleva la reciente decisión de la Casa Real de incluirse voluntariamente dentro de la Ley de Transparencia que se está formulando en el Congreso español, parece evidente la existencia de una crisis de legitimidad de la institución monárquica, que más allá de errores puntuales y torpezas como las señaladas en el párrafo anterior, se muestra como el resultado de las debilidades estructurales con las que los españoles entraron en su etapa democrática a la muerte de Francisco Franco en 1975.

Aceptada por la izquierda de aquella época – incluyendo e incluso de forma especialmente expresa a los comunistas, liderados por el recientemente difunto Santiago Carrillo – como una necesidad innegociable si se quería pactar una transición democrática con los sectores conservadores del país, la Corona, a pesar de la popularidad adquirida por el papel de Juan Carlos durante los primeros años de la etapa constitucional y su voluntaria renuncia previa a los poderes absolutos que Franco le había conferido como heredero del régimen militar, fue percibida por importantes sectores del país como una institución arcaica que consagraba el principio de desigualdad.

Una vez pasados los años más delicados de la Transición y mientras el nuevo sistema democrático iba adquiriendo estabilidad, parece que la Corona sobrevivió por su propia inercia. Sin embargo, hemos llegado a un punto en que la ciudadanía le deniega la confianza, y la monarquía empieza a verse como uno de los ejes centrales de un sistema que hace aguas por todas partes. El futuro de nuestra Monarquía bananera está lleno de incertidumbres.

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