Siria, 7 años de Infierno, y 8 mil millones de cómplices

por URIEL NAJUM, Est. Ingeniería Comercial, U. Adolfo Ibáñez.

Ya van casi 7 años de guerra en Siria, 7 años en que un extenso país árabe se convirtió en un infierno, y de manera casi inexplicable, los horrores, el fuego y el demonio, se han posado sobre los inocentes, tanto tiempo como lo hicieron en Afganistán, Vietnam, Corea o Irak. Es un horror que va más allá de nuestra comprensión. Los bandos, que a esta altura cuesta mucho entender qué buscan, han desolado un país próspero y lo han convertido en escombros y cenizas, en sangre, hambre y dolor. ¿Podemos, desde la comodidad de nuestras casas, llegar a dimensionar la realidad que se vive en Siria?

Ya van más de 400 mil muertos, por lo bajo, entre ellos cerca de 190 mil civiles incluidos niños y mujeres. Otros 1.5 millones de personas han resultado heridos, personas comunes y corrientes, que quedan al medio del fuego de bandos que no tienen ninguna apreciación por la vida, y que pareciera además escapar de toda lógica. ¿De qué sirve dominar un país sin vida humana ni riquezas naturales porque en la guerra de conquista las destruiste todas?

Cerca del 50% de las infraestructuras del país han sido completamente destruidas. Imaginemos lo que cuesta la construcción y el desarrollo, y destruirlo todo en un par de años, todo transformado en polvo. Son siglos de retroceso, borrando el esfuerzo y el progreso, y no sólo edificios de gobierno o viviendas, monumentos, arte y ciencias, sino además plantaciones y agricultura, destruyendo la tierra, quemándola hasta lo inservible.

Más de 5 millones de personas están constantemente huyendo de aquel infierno, 5 millones de personas que se vieron obligados a dejarlo todo y partir con lo puesto. Una experiencia donde uno realmente entiende, a la fuerza, que la vida es lo más importante, quizás lo único importante, donde obligadamente tenemos que correr y escapar para sobrevivir. Los nuevos 5 millones de refugiados, si tienen suerte de pasar las fronteras de su destruido país, se van cruzando mares en barcazas repletas con más de 500 personas, con unas probabilidades ínfimas de sobrevivir. Si lograste sobrevivir a las bombas de la guerra, ahora debes sobrevivir al hacinamiento en altamar. Es una horrenda paradoja de elegir entre morir por el fuego quemado o morir por el mar ahogado.

Otros, los que tienen el capital para hacerlo, pagan grandes sumas de dinero a traficantes e intermediarios para que los ayuden a llegar a Europa, todo esto para evitar caer en un campo de refugiados, lo más parecido a una prisión, destino seguro de la mayoría de los pobres miserables que dejaron sus casas y sus vidas para convertirse en prisioneros, sólo que los refugiados no son culpables de nada, es una prisión de inocentes con tratos igual de denigrantes. En los campos, el hacinamiento se mezcla con las duras condiciones climáticas casi al intemperie: soportar más de 40 grados durante el día y, cuando cae la noche, aguantar grados bajo 0. La vida en los campos también está rodeada de abusos, de tráfico de personas, de maltrato y opresión. Los que tienen más suerte, en el mejor de los casos, viven para esperar pacientemente la ración de comida y agua, mientras cuentan los minutos viendo la vida pasar. Pensaron que iban a ser unas semanas, quizás un par de meses, y así algunos ya llevan años prisioneros. Todo esto custodiado por soldados armados que no te permiten salir por tu propia voluntad. Algunos de los refugiados prefieren incluso regresar a sus lugares de origen de donde huyeron, que pasar el resto de sus vidas en una cárcel abierta en Europa.

Los primeros 4 años, la guerra pasó casi desapercibida de los medios. Cientos de miles de personas muertas, y a nadie le importaba, porque la vida de un Sirio vale muchísimo menos que la vida de un europeo. Pero recién cuando los refugiados comenzaron, por milagro, a llegar hasta Europa, pareciera ser que el conflicto tomó una importancia aparentemente mayor, aunque todavía la situación no se entiende como crítica, porque cuando las cosas se hacen críticas, se intervienen de manera fáctica para terminarse, y la guerra en Siria prosigue sin un final aparente. Los titulares europeos se preguntan si vivimos la tercera guerra mundial. ¿Contra quién estamos peleando esta vez?

Y acá, a miles de kilómetros de distancia, podemos escuchar diariamente notas y reportajes de cómo las personas sufren. Oímos y nos acongojamos con historias, como la del pequeño Omran o el triste destino de Aylan. Los cascos blancos dan su vida por rescatar un ser humano que lo más probable es que ni siquiera esté vivo.

¿Pero de qué sirve comentar estos datos inútiles? Los escuchamos en el día a día en los noticiarios, los normalizamos, entendiendo en este tiempo que es normal que cientos de miles de niños mueran por bombas, que sean traficados como mercancías y usados de las maneras más crueles, que las mujeres estén siendo tomadas por esposas a la fuerza, violadas a diario y obligadas a profesar religiones ajenas, como si nuestro planeta fuera un verdadero infierno para largas poblaciones humanas que tuvieron la mala suerte de nacer en el lugar incorrecto.

Y todos nosotros, dentro de nuestra comodidad de un iPhone y una cama King, decimos, “ay que pena, pero no puedo hacer nada para cambiarlo, y bueno… ¿lo pido envuelto en salmón o en palta?”. Pero lo cierto es que somos más que unos míseros observantes a miles de kilómetros.

¿Hay algo que podemos cambiar? Sí, sí podemos. Hay algo que se vislumbra entre tanta oscuridad: la educación y el amor. Con esas dos herramientas se logra el cambio, juntas no hay nada que las detenga. Educar con amor es ayudar a un desconocido, enseñar algo nuevo, ser amable, respetar al otro, respetar las diferencias, respetar los colores, respetar las razas y géneros, ser empíricos y amables, que cada uno de nosotros haga un ínfimo esfuerzo, estamos logrando un cambio, porque si bien suenan clichés hippies, lo que estamos haciendo realmente es fundando una nueva forma de sociedad, fraternal y empática a las necesidades del otro, a las urgencias de los demás.

Como decía Marc Renton en Trainspotting: “…. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura…” . Yo elijo la educación con amor.

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