Déjenos hacer nuestra pega: transición sin democracia

por ALONSO CALDERÓN, Est. Derecho, U. de Chile.

 

Si bien todos conocen (o desconocen) la historia de la dictadura militar, hay un legado que por años pasó desapercibido y que hoy, nuevamente, es denunciado y recriminado en las calles: el “Cierre de la política”. Después de 17 años de dictadura, los grandes partidos políticos fueron protagonistas de la denominada “transición pactada”, una transición que supuestamente restablecería la democracia en Chile, principalmente a través del traspaso del poder político desde las Fuerzas Armadas y de Orden hacia un presidente elegido democráticamente.

Hoy, después de 23 años, no es posible establecer con claridad la efectividad de este proceso, tampoco si es que estamos viviendo en la sociedad democrática que nos han prometido, si seguimos encaminados hacia ella, o si en realidad, la transición consistió en el traspaso del poder político de un sector a otro sin la intención de otorgar un verdadero carácter democrático al desarrollo político del país. Para algunos, es difícil hablar de la restitución de la democracia frente a la presencia de un sistema binominal, el cual mantiene a dos bloques tradicionales como poder legislativo, y una constitución “rigidísima” que representa el proyecto político y orientación del Régimen Militar. Ambos instrumentos políticos no se condicen con los avances progresistas presentes en las consignas de procesos de movilización social impulsados por la ciudadanía.

Después del supuesto retorno a la democracia, tuvieron que pasar muchos años hasta que surgiera una fuerza capaz de poner en duda el estado actual de la sociedad. Se identifican como principales causantes de esta demora: el temor remanente de la dictadura de presentar un pensamiento en oposición a la autoridad, y la fuerte represión hacia todo alzamiento consciente que los gobiernos de la concertación se preocuparon de mantener durante sus mandatos. Ya era natural la existencia de una juventud “ni ahí con la política”, es por esto que la revolución “pingüina” del 2006 se consagra como un año crucial para el futuro de la movilización.

Si bien los estudiantes secundarios incluían peticiones meramente economicistas (pase escolar gratuito, PSU gratuita) reclaman también, por primera vez en mucho tiempo, demandas que discrepaban directamente con el modelo educativo dejado por la dictadura (fin a la LOCE, des municipalización). No fueron sólo sus demandas las que sirvieron como aprendizaje y dinamizador para futuras movilizaciones, sino también el despojo y la traición llevada a cabo por el gobierno de la época. Los estudiantes vuelven a confiar en la institucionalidad, y promesas de cambio y fin a la LOCE se vieron ignoradas en la Ley General de Educación (LGE), la cual no contenía el espíritu de los lineamientos de la movilización pingüina y mantenía la proyección de la LOCE.

Todos sabíamos que el 2013 sería un año complicado para el movimiento social. Después de levantar un movimiento estudiantil que pusiera en jaque a la clase política, discutiendo frente a frente y demostrándole a la ciudadanía que la política no es entre cuatro paredes, se vuelve a levantar un movimiento social que hace evolucionar estas demandas educativas en ideas transformadoras y transversales a la sociedad, golpeando directamente al modelo imperante.  Después de todo este proceso, se presenta la coyuntura electoral, donde los mismos políticos de siempre vuelven a decir “Déjenos hacer nuestra Pega”. Se propone nuevamente un trabajo a espaldas de la ciudadanía y sin ninguna vinculación real con los movimientos sociales.

La vuelta total de la responsabilidad política a las instituciones heredadas por la dictadura es una muestra más de que la transición nunca fue la llegada de la democracia, sino un traspaso de poder político que sigue funcionando con la misma autoridad, represión y desvinculación de la sociedad, desde las fuerzas armadas hacia la añeja clase política.

Se intenta cerrar nuevamente la política, y es responsabilidad tanto de los estudiantes como de la sociedad en su conjunto asegurarse de mantener esa puerta abierta a la participación y transformación de la sociedad.

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