La “falacia” de la Paz Social: reconciliación impuesta como solución a las heridas de la Dictadura en Chile.

por MICHELLE HAFEMANN, Periodista U. Diego Portales, Tesista de Magíster en Ciencia Política, U. de Chile.

Reconciliación, Bien Común y Paz Social. Si hay tres conceptos manoseados y citados hasta el hartazgo en el discurso político-valórico de los últimos 20 años en Chile, deben ser éstos. Inicialmente, y a poco del retorno a la democracia, eran levantados como escudo para la defensa de la estabilidad política y como garantes de la gobernabilidad, ante la amenaza de que las divisiones sociales generaran, nuevamente, un quiebre político como el vivido en 1973. Sin embargo, y hasta el día de hoy, cada vez que se producen eventos como -por citar el más reciente- el bullado homenaje al brigadier (R) Miguel Krassnoff Martchenko, realizado a fines del año pasado en un recinto de la comuna de Providencia, queda en evidencia que la Paz Social en Chile y en particular respecto de nuestro pasado traumático, no es más que una figura ficticia.

En una sociedad democrática consolidada como la chilena, con los defectos de todas las democracias (porque convengamos que no las existen perfectas), y aún con el recuerdo del pasado reciente vivo, es absurdo pensar que ante la memoria del Golpe de Estado de 1973 y del Régimen Militar que le sucedió, no se van a enfrentar visiones opuestas ni se tenderá a una polarización de las posiciones políticas. Estos eventos son los que Alexander Wilde llama “Irrupciones de la Memoria”, en tanto Steve Stern los llama “Nudos de la Memoria”. Y esto da cuenta que en Chile existen visiones irreconciliables al momento de evocar, evaluar y resignificar el régimen autoritario de Augusto Pinochet.

Stern, en “Remembering Pinochet’s Chile” (2006), planteó que en nuestro país coexisten cuatro memorias emblemáticas respecto de nuestro pasado traumático reciente: la memoria de la salvación, la memoria de la ruptura, la memoria de la persecución y el despertar, y la memoria como caja cerrada. La primera de ellas valora los hechos que sucedieron al Golpe de Estado de 1973 como la salvación de la dictadura marxista y la inminente guerra civil, y si bien inicialmente omitía o simplemente justificaba las violaciones a los DD.HH. cometidas por los funcionarios de Pinochet, después de 1990 matizó su discurso, pero sin dejar de respaldar el quiebre democrático. La memoria de la ruptura, en tanto, se refiere a la herida abierta que dejó lo que sobrevino al 11 de septiembre de 1973, una llaga que nunca termina de sanarse. Se refiere al quiebre que se produjo en las vida de las víctimas y familiares el accionar del aparato represivo del régimen autoritario y las diversas políticas que reprimían las libertades individuales y de asociación.

La memoria de la persecución y el despertar, en tanto, apunta al renacer de los ideales y valores personales en el contexto de la represión, lo que puede considerarse como una resistencia al autoritarismo de Pinochet. Se explica, en el fondo, en el fortalecimiento de los compromisos sociales y la validación de los valores y de las identidades personales en contraposición a la persecución política. Finalmente, la memoria como caja cerrada apela al dar vuelta la página, a dejar la experiencia traumática reciente en una caja fuertemente sellada, guardada en algún armario escondido, donde no se revisa, resignifica ni evoca. Responde, de cierta forma, a lo que el investigador catalán Ricard Vinyes caracteriza como la “Ideología de la Reconciliación”, que es en el fondo la imposición por parte del Estado de la idea de la superación del pasado conflictivo y de cualquier confrontación, para dar paso a una “buena memoria” (¿a una Paz Social?) la que es –finalmente- una desmemoria o política del olvido.

Sin embargo, pretender olvidar o borrar lo que sucedió entre 1973 y 1990 es imposible. Quienes sufrieron -como víctimas, como testigos, como opositores, como resistentes, como personas indiferentes o a favor, como sujetos activos o pasivos- de la confrontación social y la violencia política que antecedió y derivó del Golpe de Estado, están mayoritariamente vivos, constituyen una memoria viva. Y como en todas sociedades, en la chilena actúan mecanismos de transmisión de memoria, o de aprendizaje de memoria, que determinan que sus hijos y sus nietos tengan una posición frente a nuestro pasado reciente, ya sea a favor, en contra o de indiferencia, aun cuando no hayan vivido los hechos que se discuten. Entonces, asumiendo todo esto, y entendiendo que no nos podremos desligar de esta dolorosa herencia, debemos entender que la Paz Social no pasa porque ante la convocatoria a homenajear a un personaje vinculado al régimen militar como Krassnoff Martchenko no se genere una movilización de personas que se manifestarán en contra de este acto en virtud de la participación del sujeto en cuestión en violaciones a los Derechos Humanos en centros de detención y tortura como Villa Grimaldi, así como la participación de otras personas que decidirán que es la oportunidad para evocar la salvación que para ellos representó el término de la Unidad Popular y la caída del marxismo en Chile.

Está claro que sería impensable que en Alemania, por citar un ejemplo, se convocara públicamente a homenajear a Adolfo Hitler y se presentaran en el lugar detractores y simpatizantes, cada cual a evocar y honrar la memoria que le corresponda. Esto, porque después de la Segunda Guerra Mundial la sociedad alemana fue sujeto de una fuerte “desnazificación”, mientras que la sociedad chilena nunca tuvo su correspondiente “despinochetización”. Pero esto ya es materia de otro artículo.

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