Cuando dejamos de mirarnos por mirarnos

por ANNIE BERGSTEIN,  Est. Psicología, U. del Desarrollo.

 

Tuve la oportunidad de estar hace un par de meses en un seminario de literatura sobre el Tiempo, la Memoria y el Registro. Una de las cátedras fue dictada por Humberto Giannini, destacado filósofo chileno.

Su clase fue dirigida a la comunicación que existe por estos días, definiéndola en palabras simples como “una acción, en la que se da a conocer el mundo”. Por ejemplo, un bebé se comunica antes de articular palabras. Por esto, la comunicación en primer lugar es vista como una acción, porque se está haciendo algo. “Por la palabra, hago lo que quiero”.

Además, la palabra/acción enajena el futuro. “te prometo, te perdono” va más allá de la palabra en sí, abarca un comportamiento, compromete un sinfín. Como en el ofrecer, donde se está implicando en el acto que ha nacido algo en mí para decirlo.

Por otra parte, nos encontramos con la vinculación. El mundo, se construye por la vinculación con otro. “Las verdades se rescatan diciéndolas”.

Pero este vínculo no es obligatorio. En un ascensor, cuando uno no conoce a nadie, cada sujeto desconocido se ubica en una posición generalmente de esquina, buscando la distancia adecuada.  No hay mundo porque no hay interés comunicativo, y las miradas no penetran ni tienen algún significado más allá. De hecho, las miradas en un ascensor, se convierten en miradas de huida, muchas veces mortificantes e incómodas.

Cuando niños, jugábamos a mirarnos a los ojos sin pestañear, a mirarnos por mirarnos, por pura competencia. Pero fuera de este juego infantil de competencia, ese “mirarnos por mirarnos” se tornó en una experiencia inquietante y perturbadora.

La comunicación se encuentra en la referencia común entre los que se miran. Implica un interés mutuo y una reciprocidad.

¿Qué clase de comunicación mantenemos hoy? Una comunicación en la cual un hombre ve televisión, y se limita a leer las noticias y comentarlas, una telefonista que contesta el teléfono y no sabe con quién está hablando, un amigo que rectifica que por whatsapp te llegó su mensaje y no sabe qué puede estar pasando contigo en ese momento.

Debemos prevenir y evitar una era de “soledades asociadas a una comunicación sin interacción”, lo cual nos llevará cada vez más a una comunicación ilusoria. No hay nada más real, sincero y expresivo que un contenedor abrazo, una profunda mirada o una plena sonrisa.

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