El placer de espiar a los demás

por ALAN GRABINSKY, Lic. en Filosofía, UNAM, México. Est. MA en Medios, Cultura y Comunicación, New York University.

 

No me acuerdo quien me lo regaló, la verdad no importa. El que haya estado dentro de un paquete largo, envuelto en papel celofán, tampoco es relevante. Creo, no sé, que en la caja había una imagen de un niño viendo las estrellas…

El punto es que ahí estaba, invitándome a usarlo cada vez que pasaba, imponiendo sus leyes, como si tuviera un centro de gravedad propio. Su presencia fue también una bienvenida, una membresía a un club—un guiño, quizás. Primero, un poco de contexto.

A los trece años se celebra en el mundo judío lo que viene siendo “el Bar-Mitzvah” que, para no entrar en discusiones de tipo teológicas, es algo así como una primera comunión, “jewish style”. Esta celebración es la bienvenida del joven a la comunidad de adultos y, como en cualquier festejo parecido (desde quince años hasta funerales) se dan regalos que, se cree, son representativos de la nueva etapa a transitar.

Cuando se puede (y, por lo general, se puede) durante el Bar Mitzvah se obsequian plumas, relojes, monedas, e incluso invocadoras de vello facial (o razuradoras eléctricas). El asunto de la hombría se toma en serio, y hay hasta varios tíos o primos que invitan al festejado a realizar su iniciación en algún congal de la Zona Rosa. Ah, pero esas cosas ya no se hacen, Benny, que ya no estamos en los sesentas. Ajá…

En esos tiempos yo vivía con mi familia en el onceavo piso de un edificio en las Lomas de Chapultepec. Desde nuestras ventanas, se podía ver hacia los cuatro vientos, el Periférico—esa avenida que, como si todo hubiera sido un mal chiste, había sido diseñada hace treinta años para circundar los límites de la ciudad—se veía cortando entre edificios corporativos, residenciales y comerciales.

En fin, todas las condiciones estaban puestas para que desde el apartamento se tuviera una gran vista, pero resulta que encima de tanta urbe se asentaba siempre una pesada nata de smog, a veces gris, otras café, que no permitía ver el cielo, mucho menos las estrellas. Por eso, creo que la persona que me regaló el objeto no pretendía iniciarme en una carrera de astrónomo, sino que me quería apuntar hacia algo más.

Fue el más preciado de todos los regalos, apenas regresaba de la escuela me sentaba a usarlo durante horas y horas. Enfocándolo, podía ver como se aclaraba la imagen y surgía una figura nítida: la espalda de un oficinista frente a su computadora, la gorra verde de un señor vendiendo periódicos en la esquina,  la sopa Maruchan de un policía sentado en su caseta de seguridad.

Al igual que yo, cada uno de los habitantes de la ciudad tenía un ritmo de vida, cada espacio, sus momentos de uso y desuso. Y yo me los aprendía todos, para poderlos mirar en plena acción. Los lunes, por ejemplo, hacia el oriente se podía ver un señor gordo que vivía sólo y se paseaba de un lado a otro en calzones, su barrigota descendiendo hasta las rodillas, hablando consigo mismo. Los jueves, en un segundo piso, se veía a un señor haciendo una secuencia de movimientos de yoga, su esposa leyendo una revista en la cama.

Después de varios meses de realizar recorridos diarios, me situé sobre una ventana localizada en un tercer piso, entre una sala de un departamento y una recámara, de un imponente edificio naranja que se veía hacia el sur de la ciudad. La luz de este cuarto se prendía de vez en cuando, al asentarse el sol (a las ocho de la noche de cada miércoles, para ser más exactos, a veces, también los viernes).

La primera vez, lo único que vi fue un plano vertical metálico, cuyos límites, por más que lo intentaba, no lograban ceder ante los ajustes del lente. Pronto me di cuenta que lo que creía ser una falta de enfoque era, de hecho, parte de la escena misma. La superficie, cuyos límites yo estaba intentando domar, eran los de espejo que se estaban empañando, lentamente, de vapor.

Era una regadera. Entonces la vi. Una chica, lavándose la cara y pintándose el maquillaje, frente a un espejo, desnuda. Encima de ella, un señor en condición vegetal viendo la televisión silenciosamente sobre un sillón, su cuerpo cubierto de un azul resplandeciente.

A plena vista, no se veían más que luces, se oía el zumbido de la ciudad, imperturbable, siguiendo su curso público afuera de aquellos vidrios. Pero nada más cerrabas un ojo, te agachabas y boom: en plena intimidad.

Dos minutos o más pasaron y yo, con una erección del tamaño del Popocatépetl, no podía dejar de verla. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué dejaba la ventana abierta los miércoles en la noche? Las personas de la calle no la podían ver, solo yo tenía acceso. ¿Me estaba dando un show solo a mí? Parecía que nunca iba a acabar, pero se dio cuenta y cerró las persianas.  Ni modo, se acabó. Yo, enganchado, quería más.

Cuando las personas viven junto o encima de otras, sus vidas adquieren el carácter de combinaciones como en un cubo de Rubrik. A partir de ese momento, traté de imaginarme las cosas que cada persona hacia durante sus día y empecé a escribirlas. Pensé en cortar la página a la mitad, o en tres partes, o más, para mostrar de manera visual como las cosas sucedían unas encima de otras, de manera simultánea. Pensé en cómo representar el elevador, el metro, o la calle, el cuarto, un baño.

Y empecé a espiar a la chica de manera descarada. Esperaba durante toda la semana a que llegara el miércoles por la noche y me terminaba mi cena lo más rápido posible, dejando a mi familia a medio comer para correr y arrodillarme frente a mi ídolo de metal. Mis padres se reían incómodamente de este fenómeno cuando tenían visitas: es normal, está pasando por la pubertad.

¿Cuántos baños, cuántas regaderas, existen en una cuadra de la ciudad? Por lo general, dichos baños son diseñados para que no se vean, pero siempre hay un ángulo, siempre hay una forma de mirar. Había uno en el séptimo piso de nuestro edificio, unos paneles que se veían desde la cocina y daban directamente a la regadera, donde se veía una silueta por las noches. Otro, en el edificio del gordo, se prendía por las mañanas, una franja amarilla, donde se bañaba una chica y a veces un chico. También los hay públicos. Cuando estaban en remodelación, yo y un amigo entramos por detrás de los baños de mujeres del Centro Deportivo Israelita y vimos a las señoras en las regaderas. En Israel, nos hicimos pie de ladrón para poder ver más.

Me gustaría decir que con el tiempo se me quitó el chistecito, que me di cuenta que espiar a los demás es algo intrusivo y que está mal. Pero no fue así. La mezcla de culpa y placer que sentía al penetrar la intimidad de los demás se fue haciendo más pronunciada con el tiempo. Esto fue lo que me atrajo de Nueva York: la cantidad de ventanas en la ciudad.

En Nueva York tu vida está, al igual que las mercancías de las calles, frente a una vitrina, constantemente; tu estilo de vida siempre ante el escrutinio de los demás. La iluminación de los departamentos, aunque sirve para uso interno, es también una invitación a mirar. Una vez, un austriaco multimillonario me mostró los dos o tres pares de binoculares que tenía en su casa, y me invitó a ver hacia fuera.

Pero hay algo más. El placer viene de ambas partes: de mostrarse y de mirar. Recuerdo una chica preciosa que mostraba su hermoso cuerpo desde un departamento en una esquina en Astor place, todas las ventanas abiertas hacia su cama, consciente que se estaba mostrando a los demás.

He llegado a pensar que, a pesar de lo que los más renombrados economistas urbanos digan, el voyeurismo es uno de los más grandes motores de la vida urbana. Los edificios, la idea de poner a gente encima de otra, no fue un invento diseñado para economizar terreno. El deseo de mirar, de participar en otras vidas, de mostrarse y ocultarse, es la clave de la vida en ciudad.

¿Y qué son las redes sociales sino la epítome de ese voyeurismo urbano? Navegar por Facebook es como mirar, a través de un telescopio, dentro de las vidas de los demás. Y la clave está en que la gente quiere que la vean, se muestra, constantemente. El texto que quería escribir–ése que mostraba vidas simultáneas sucediendo unas encima de otra– se ha vuelto el texto fundamental de nuestra vida social. Fotos en bikinis, de embarazos, de bodas y de otros momentos íntimos están constantemente al escrutinio de todos los demás. Uno se toma una selfie y se muestra ante los otros. Y a los otros “les gusta”. Todos estamos viviendo con las ventanas bien abiertas.

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