La razón detrás de la dominación

por SEBASTIAN ROSA, Est. Sociología, U. Nacional de La Plata, Argentina. Juventud Max Nordau.

 

“El concepto de razón es central. La burguesía no conoce otra idea más alta. La razón debería regular las relaciones entre los hombres”1. Con estas palabras, Max Horkheimer comienza su libro “Razón y autonconservación”.

Los autores de la burguesía habían planteado que la liberación de la humanidad, del sufrimiento y del sometimiento, sería garantizada por la razón, por su expansión y la consecuente ilustración de todas las capas de la sociedad, al tal punto que genere un progreso sostenido e ilimitado. Hobbes, Locke, Rousseau, y su máximo exponente Kant, como también Adam Smith y los teóricos del liberalismo económico, basados en la idea de la autorregulación del mercado (entendiendo al hombre como un ser irremediablemente racional e instrumental).

Libertad, igualdad y fraternidad serían los grandes logros, los valores sostenidos por garantía de la razón. Las ideas innatas de la razón serían puestas en práctica, siendo aseguradas la libertad y la propiedad privada como funciones elementales del ser racional.

Pero Horkheimer nos advierte que esto es una falacia. La razón sólo garantiza el cálculo: “El sistema deductivo no proyecta utopía alguna; sus conceptos universales no significan la universalidad de la libertad, sino la del cálculo.”1. El concepto de razón contenía en sí mismo, en un principio, el de la crítica. No obstante, el matiz escéptico de la razón (su tendencia a realizar una crítica constante) llevó a auto realizarse una crítica intempestiva, y con ésta una depuración de la razón de su propio sentido, la desarticulación del concepto.

Este proceso puede ser entendiendo como un “desencantamiento de la razón”, en términos weberianos, pensando que lo que está de fondo es la pérdida de las discusiones morales y políticas (respecto de los fines) en pos del debate en torno a los medios.

Lo que queda de la razón es sólo su calculabilidad, su sentido meramente instrumental, la búsqueda de los medios adecuados para alcanzar un fin, y en ningún momento, la garantía de los fines en sí mismos (la justicia, la igualdad, la libertad). Lo que este proceso implica es la utilización de los medios adecuados para la concreción de los objetivos deseados, que supone una planificación racional que minimice la posibilidad de error y que tome en cuenta cada aspecto de la vida. Bajo esta concepción, cada segundo es valioso y determinante, por lo que cualquier particularidad que se aparte del plan, o que quede por fuera de la planificación, es sinónimo de desperdicio de tiempo. Esto es lo característico del capitalismo moderno, el principio del proceso de racionalización.

El genocidio nazi puede representar, quizás como ningún otro evento del siglo XX, la aplicación metódica y racional de un plan que utiliza la lógica para alcanzar sus objetivos de manera efectiva, demostrando terribles consecuencias aparejadas al uso de la razón en pos de un fin que queda fuera de debate. Esta debería ser una herramienta más a la hora de pensar el debate en torno a la humanidad-inhumanidad del ejército nazi.

No cabe duda que la tarea de planificación de la forma más eficiente de matar fue característica del nazismo: la elección de las cámaras de gas como forma más eficaz de cometer un genocidio, la realización de un proyecto ferroviario para transportar la mayor cantidad de población en el menor tiempo posible y con el gasto mínimo requerido. La misma “solución final” es, ante todo, un plan sistemático para conseguir el exterminio de la población judía y de otras minorías.

El pensamiento racional instrumental es claramente humano y característico del hombre en tanto género, pero no de éste escindido de su contexto socio histórico.  Es propio del hombre y sus relaciones en el capitalismo moderno, forma en que alcanzó su máximo desarrollo el proceso de racionalización de la sociedad, como lo marcan Weber, Lucaks, Horkheimer.

El “consejo”  de la razón, nos dice Horkheimer, es la obediencia a las leyes. La ley es la forma en que se evidencia la búsqueda de establecer un equilibrio racional entre individuo y sociedad. Debería, entonces, el individuo hacerse violencia a sí mismo, y asumir que su vida particular está íntimamente relacionada con la vida en sociedad, y que para su propia auto conservación es necesaria la de la sociedad, ceder su libertad personal en pos del beneficio de la sociedad toda, sentencia fundante de la sociedad moderna desde Hobbes, Locke y Rousseau en adelante.

Para quienes no comprendan estas reglas, será el Estado, garante de la ley, quien lo encause: por medio de la persuasión, o sino por medio de la represión. La persuasión es lo que Marx denominó ideología, en el sentido de un engaño, una apariencia que presenta los objetivos de la clase dominante como los de todas y cada una de las clases. En casos más extremos, la represión, física e intelectual, para aplacar a los opositores del régimen.

El nazismo ha hecho gala de una habilidad excepcional para unificar a las diferentes clases sociales en pos de un enemigo común: los judíos y todo aquel que no represente a la raza aria, y mantuvo a partir de ello el orden social, económico y político, en una época de crisis como no había existido hasta entonces en el régimen capitalista. En este punto, es donde se evidencia la contradicción de la pretensión de universalidad que propone esta visión. Admitir que los intereses de mantener el orden social son del conjunto, tiene como telón de fondo el supuesto que la voluntad de toda la sociedad es una, haciendo caso omiso a la división de la sociedad en clases con intereses diversos.

Seguir el consejo de la razón instrumental, perder las discusiones en torno de los objetivos políticos de cada grupo dentro de la sociedad, reducir el debate a los términos de la lógica formal propia de la razón instrumental, todo esto ocurre durante el nazismo, que adormece a la sociedad debajo de la apariencia de la universalidad de intereses, negando las disputas de poder existentes al interior de la misma.

Dejarse llevar por la “razón” es negar la miseria, la pobreza, la opresión, la explotación. Es nuestra responsabilidad desenmascarar los mitos de la racionalización, la misma que permitió una catástrofe tal como el exterminio de más de diez millones de personas.  Exponer los límites de la razón instrumental es develar la voluntad de hacer pasar los intereses de las clases dominantes como intereses de conjunto, revelando una de las instancias de mantenimiento de la opresión y luchando por una sociedad diferente.

 

1 Horkheimer, M., “Razón y autoconservación”, en Teoría Crítica, Paidós I.C.E/U.A.B., Barcelona, 2000.

 

Bibliografía:

  • Horkheimer, M., “Razón y autoconservación”, en Teoría Crítica, Paidós I.C.E/U.A.B., Barcelona, 2000.
  • Horkheimer, M. y Adorno, T. W., “Concepto de Ilustración, en Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, Trotta, Madrid, 1998
  • Lukács, G., “La cosificación y la conciencia del proletariado” (primera parte), en Historia y conciencia de clase, Grijalbo, México, 1983.
  • Weber, M., La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península, Barcelona, 1969.
  • Weber, M., “Parlamento y gobierno en el nuevo ordenamiento alemán”, en Escritos políticos (Tomo I), Folio Ediciones, México, 1984.
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