Viviendo al lado del camino

por ALEXANDER MINOND, Psicólogo, U. del Desarrollo. Ex Presidente Consejo Juvenil Sionista.

 

A mis 25 años, cuando la mayoría de la gente de mi edad está terminando sus carreras, trabajando en su profesión e incluso casándose, yo me encuentro al lado del camino, a miles y miles de kilómetros de distancia de mi casa, donde cada día trae algo distinto. No hay rutinas, todo puede cambiar de un segundo para otro. Estoy en una posición incierta, viendo que ocurre, que es lo que se me presenta, que tomo y sigo, y debo reconocer, no hay mejor sensación de libertad que ésta.

Durante mis primeros 3 meses de viaje, tuve la experiencia de trabajar literalmente al lado del camino, en una carretera, donde el pueblo más cercano se encuentra a 150 km. No hay señal de teléfono ni dónde ir. Una Roadhouse (estación de servicio con motel y camping) en el outback (desierto) australiano. Me llamaron un lunes y el martes tomaba un bus de 21 horas por la costa oeste de Australia para llegar a una parada en medio de la nada, mi nuevo hogar.

En el momento en que bajé del bus y tomé mi mochila, no sabía qué pensar, nunca había estado en una situación así, completamente aislado de todo, trabajando en una zona considerada aislada dentro del país. Las temperaturas en verano pasan los 50 grados de calor (por suerte era invierno y no pasaban los 35°). Me llevaron a conocer al lugar y la gente, más mochileros como yo y un gran grupo de mineros que viven ahí para trabajar en una mina cerca. Ello serían mi “familia”, y mi trabajo, ser el “bombero” de las bombas de bencina.

Mi vida consistió en comenzar a las 4 am sirviendo desayuno a los mineros, lavar los platos, revisar los estanques de bencina para ver cuántos litros había y si había que rellenarlos, y luego abrir la tienda. Muchos pensarán que en medio de la nada sería muy calmado, pero NO, a las 6 am ya había gente esperando, y yo que pensé que sería un trabajo tranquilo, me encontré con que era “non stop”. De 4 a 9 en la mañana y luego de 2 a 6 en la tarde, a veces trabajando extra llegando a las 12 horas diarias, para terminar el día con unas cervezas con mis compañeros y los mineros.

Además, está el trabajo de aseo. Limpié baños y recolecté la basura, y en medio del desierto, experiencia que cambió mi forma de ver muchas cosas. Pasé de trabajar como psicólogo a atender una bomba de bencina, entre arena roja, lagartos gigantes, calor, jefes mandones, camioneros y gente bastante loca, como también muchos viajeros con los que compartí y que puedo llamar amigos.

Viví trabajando de lunes a domingo durante un promedio de 10 horas diarias en medio de la nada, haciendo lo mismo cada día, donde muchos pensamientos y reflexiones pasaron por mi cabeza. Cuestionamientos, decepciones, rabias, emociones y a la vez felicidad.

Estamos acostumbrados a vivir dentro de ciertos márgenes, donde todo es “seguro”, donde todo está ahí a nuestro alcance. Si queremos algo, vamos y lo obtenemos. Si queremos a alguien, lo llamamos y acto seguido nos juntamos con esa persona. Pero cuando cosas mínimas como ir a un supermercado es un lujo por el que tuve que esperar meses, y ver a mis amigos y familia no es una posibilidad, la perspectiva de las cosas cambia.

El disfrutar de cosas muy pequeñas, de vivir una vida simple, sin preocupaciones mayores, donde ver a un lagarto gigante caminando es un espectáculo, donde ir a una estación abandonada por años a carretear es la salida del mes, donde que llegue alguien nuevo a vivir ahí es causa de emoción y expectación durante días, ahí es cuando te das cuenta que hay mucho más que lo que generalmente estamos acostumbrados, que hay cosas pequeñas que parecen insignificantes pero que pueden ser fuente de grandes experiencias, que somos ciegos ante muchas cosas que nos presenta la vida y ni nos percatamos que existen.

No creo que sea necesario irse a la mitad de la nada a trabajar limpiando baños y vender bencina para apreciar la vida, ese fue mi caso. Hay diversas situaciones que nos sacan de lo cotidiano, que nos muestran realidades distintas, que nos llevan a vivir de otra manera, a apreciar lo que no apreciábamos, a valorar lo que no valorábamos, a prestar atención y aprender de las vidas de gente con la que no nos relacionamos.

En definitiva, a abrir la mente, dar un paso al lado del camino para ver las cosas desde un punto diferente, desde una perspectiva distinta, dejar la rutina por un tiempo y aventurarnos a vivir de otra manera, aprendiendo de otros, de gente con vidas completamente distintas, a romper los estereotipos sociales de cómo tenemos que vivir la vida, a experimentar y seguir lo que queremos sin importar lo que digan los demás.

Puedo decir, luego de todo esto, que he cambiado, mi perspectiva de la vida ha cambiado, mi realidad ha cambiado, mis proyecciones a futuro han cambiado, pero lo más importante, luego de dar un paso al lado, doy otro adelante en mi desarrollo como ser humano, uno de los primeros pasos de un gran proceso.

Ahora me dispongo a seguir viajando, para tener experiencias diferentes, conocer,  compartir, romper mis propios esquemas mentales, abrir mi mente aún más, pero más importante, a disponerme a disfrutar la vida, el ser persona y el vivir en este planeta que tanto nos ofrece, que tanto descuidamos y que tan poco aprovechamos.

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