Consumo y desigualdad

por SANTIAGO GUIRALDES, Est. Psicología, U. de Chile.

 

Vivimos en un mundo que no detiene su producción. Si aumenta la delincuencia debemos producir más mecanismos de seguridad; si aumenta el estrés debemos producir más ansiolíticos; si aumenta la pobreza debemos producir más empleo.

¿No se pueden acaso trasladar tantos recursos (humanos como tecnología) destinados a áreas ampliamente explotadas (la moda,  la inmobiliaria y la industria automotriz) y trasladarlos a áreas más imprescindibles para el ser humano, como educación y a la salud? ¿No tendríamos acaso un mundo más similar al que planteamos en nuestros emotivos discursos, apelando a una sociedad más equilibrada bajo los principios de justicia?

Aun así, la mayoría prefiere gastar su dinero en bienes materiales, cuando muchos de éstos no brindan algo real ¿Por qué el afán de generar más y más bienes?, ¿por qué comprarlos? ¿Cómo atacar esto? ¿Acaso la producción llegará a un nivel en que el planeta no la soporte?

Debemos entender al ser humano como un animal que posee mecanismos que le permiten adaptarse a su ambiente. Sin pelaje abundante, ni grandes garras, ni una musculatura que nos permite escalar árboles o escapar de bestias salvajes con facilidad, nuestro principal mecanismo de adaptación es la utilización de instrumentos, pues sin bienes materiales no podemos sobrevivir. Por lo tanto, podríamos suponer que desde nuestros primeros orígenes, hemos tenido un apego hacia lo material y, las sociedades se han ido desarrollando junto con este apego, por lo que intrínsecamente en la mayoría de las culturas existe un afán inconsciente de producir bienes.

Por otro lado, encontramos el legado de la modernidad (concepción filosófica del término) en el sentido de la concepción del ser y del ente. En este contexto, el ente será cualquier cosa que “es”, desde una bicicleta hasta la felicidad. Por su parte, el “ser” es aquel que le permite al ente ser. Por ejemplo, si mi bicicleta es el “ente”, el “ser” seré yo, ya que yo le doy un valor a la bicicleta y la hago existir.

El problema es que en la época de la modernidad, cuando la ilustración se concebía desde una perspectiva meramente positivista, la ciencia toma fuerza como fuente de conocimiento, generando que la imagen del mundo se traslade desde el ser hacia el ente, en una concepción más superficial. El filósofo Habermas habla de una imagen representacional del mundo, ya que en la investigación científica, encasillamos el mundo en objetos que observamos y analizamos, definiendo así la verdad, cuando su esencia en realidad se encuentra en nosotros mismos, que por diversas razones, definimos dichos objetos al otorgarles cierta función.

¿Por qué no establecer más relaciones con entes (tales como la felicidad) que permitan forjar relaciones más profundas con el ser? Desde una perspectiva existencial, suponemos que las personas actúan y piensan en pos de darle sentido a su vida, ya que el vivir sin sentido no otorga motivación alguna. Una manera fácil de darle sentido a las cosas, es hallando un orden en éstas, adhiriéndose así a un sistema que atribuya causalidades a los fenómenos,  respaldadas por evidencias empíricas que sean fáciles de traspasar a números para así exponerlos, de manera simple, frente a una audiencia que respalde  la coherencia del sistema al que se adhiere. Por ejemplo, en muchas encuestas hacen preguntas tales como “¿cuántos televisores hay en tu casa?” o “¿cuál es  tu sueldo?”.

Esto sucede porque los entes en cuestión son fáciles de cuantificar, pero ¿qué hay con la felicidad, el cariño o el amor? Su ausencia se debe a que es prácticamente imposible diseñar una escala que mida el cariño de manera transversal para toda una población, por lo que generar un orden matemático con estas variables resulta complicado, mientras que por el otro lado, los objetos materiales son fáciles de ordenar en un sistema, anteponiéndose así a entes más profundos, en los cuales si hubiese una mayor indagación, las personas tendrían una relación más equilibrada con sí mismas, recurriendo así, a una menor cantidad de bienes materiales, potenciando ampliamente la desigualdad.

¿Cuál es la relación entre el materialismo y la desigualdad? ocurren dos fenómenos paralelos que generan que estos conceptos se potencien uno al otro. El primero, es el hedonismo con el que actúa la gente, ya que el adquirir un bien material otorga un placer instantáneo, mientras que el meditar acerca de la concepción de felicidad se vuelve una tarea más difícil. Frente a la segunda situación, las personas temen, ya que están inseguras respecto a si lograrán encontrar una respuesta por sí mismas, prefiriendo así adecuarse a los patrones de felicidad pre-existentes, tales como los que imponen los oferentes del mercado por medio de la publicidad. Así, entenderíamos que los compradores muchas veces caen en el juego de los vendedores. ¿Por qué ciertos oferentes tendrían esta clase de comportamiento? ¿Con qué fin  pretenden imponer sus patrones de vida en el resto de las personas?, La respuesta es igual a la del primer fenómeno: la inseguridad de los sujetos. El no poder valerse por sí mismos, genera que deban imponer sus modos e ideas a la sociedad, para así enaltecer su imagen de poder frente al resto.

Todos los argumentos anteriores son posibles causas de por qué la sociedad ha desarrollado tales patrones de producción y consumo. ¿Cómo solucionar el problema? Gracias a la innovación tecnológica, expandir ideas de un lugar a otro no es difícil. Para esto, debemos encontrar líderes carismáticos que convoquen gente, para que así logren difundir sus ideas a costa de las manipulaciones de información, y que dichas ideas vayan en pos que las personas entiendan mejor sus procesos mentales, para así entablar una mejor relación con sí mismas, y no tener la necesidad de imponer su modo de vida con el fin de validarse, o por otro lado, tener que acudir al consumo constante de bienes materiales que otorgan un placer instantáneo, frente a la complejidad que implica explorar si el sistema en el que participamos es realmente coherente.

Esto generaría una disminución en la velocidad de producción, y la gente dispondrá cada vez más de una mayor cantidad de tiempo para explorar las cuestiones planteadas, generándose así una retroalimentación positiva.

En fin, la sociedad de consumo promueve la desigualdad, y tenemos que atacar las falencias del sistema. Si eres un líder carismático y te hacen sentido estas reflexiones, difúndelas y a ver si así podemos hacer del mundo aquello que planteamos en nuestros emotivos discursos.

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